The Irishman, el mundo secreto de Martin Scorsese

El mal, el crimen, las oscuridades humanas, lo inevitable. The Irishman, como antes Taxi Driver, medita sobre la ambición como centro motor de las decisiones. Una cinta sobre la ambigüedad de la razón moderna empaquetada en un relato largo, pausado, complejo, elegante y sofisticado

En 2019, Martin Scorsese crea la que es, quizás, una de las obras más meditadas y profundas de su estupenda filmografía: The Irishman recorre por caminos distintos, las mismas reflexiones que le obsesionaron en Taxi Driver, pero ahora, también hay un interés turbulento, angustiado y provocador por la oscuridad de los hombres, el reverso en sombras que les convierte en ambiguas visiones del bien y el mal, al mismo tiempo villanos y héroes.

Han transcurrido cuarenta años desde que un taxista inquietante recorriera Nueva York y cambiara el cine —o al menos, el pulso entre el cine y la realidad— para siempre. En 1976, Taxi Driver escandalizó y aterrorizó a partes iguales para sentar las bases de un nuevo tipo de creación cinematográfica más cercana al dolor y a la filosofía del miedo urbano que a la idealización del medio. El filme se convirtió en un hito inmediato y en una descarnada visión de la soledad moderna que aún asombra por su durísima propuesta.

Ahora, de la misma forma, The Irishman es una pesarosa reflexión sobre el mal contemporáneo, pero también medita sobre la ambición como centro motor de las decisiones de una cultura que asume lo criminal como inevitable. Para Scorsese el mundo está lleno de grises y tanto Taxi Driver como The Irishman dialogan desde perspectivas semejantes sobre la ambigüedad de la razón moderna.

Para Scorsese, la cámara es un ojo que mira sin parpadear, un tiburón en claro avance perpetuo que en The Irishman atraviesa la escena con la obsesiva atención de un observador inquieto. Inspirada en el libro I Heard You Paint Houses de Charles Brandt, la película es un recorrido por las memorias del verdadero Frank Sheeran (interpretado por Robert De Niro), lo que brinda al argumento suficiente libertad como para especular sobre el origen de las decisiones morales y los motivos por los cuales, los principios del bien y el mal subjetivo importan muy poco en medio de la codicia contemporánea.

Scorsese toma la decisión de convertir el libro en una versión documental de una larga confesión en primera persona. Como si se tratara de una confesión —y en cierta forma, lo es— el argumento se detiene no sólo en lo que Frank cuenta, sino en cómo lo hace, lo que permite que la cinta tenga cierta cualidad de memoria escindida y compartida, a través del secreto y cierta profanación de lo íntimo a través de un dialogo imposible.

Algo semejante intentó Nic Pizzolatto en la tercera temporada de True Detective (HBO, 2019), en la que jugó con los vericuetos de la memoria de sus personajes pero a través de cierta connotación periférica. Para The Irishman, el guionista Steven Zaillian crea una atmósfera tensa que evade las explicaciones sencillas: las capas de información se superponen unas a otra y, mientras el argumento rodea y reflexiona sobre el misterio central, también elabora conjeturas inquietantes sobre lo que ocurre fuera de cámara.

¿Es cierto lo que nos cuenta Frank? ¿O se trata de otra de las tantas formas en que mal, el crimen y la pasividad sobre ciertos horrores cotidianos se justifica a sí mismo? Las preguntas que plantea la película son tramposas pero también tiene un firme componente de análisis sobre la realidad y las líneas que se tocan en lo tangible. La película profundiza en la premisa y prosigue el tono lóbrego de un tipo de terror devastado por lo cotidiano y lo vulgar.

En The Irishman, la lenta confesión de Frank lo es todo y Scorsese la sigue con una metódica y obsesiva mirada que parece resumir su visión sobre el mundo que le rodea, su profundo animadversión hacia la ciudad e incluso hacia sí mismo. Scorsese filma una puesta en escena lenta, serena, muy dura, casi asfixiante. El director lo observa todo, actúa como la voz de la conciencia, pero no juzga. La historia avanza, haciéndose cada vez más angustiosa, alucinante y demoledora. Es entonces cuando Scorsese insiste, tenaz e inevitable, en mostrarnos el mundo de Frank con limpia crudeza, con un ritmo y montaje considerados casi perfectos y una técnica cinematográfica que desborda cuidada planificación.

Robert De Niro logra quizás su actuación más mesurada y sólida en años, imprimiendo a Frank una naturalidad perversa y a la vez conmovedora que resulta conmovedora en los momentos más inesperados. Por momentos no hay diferencias entre el personaje y el director. La cámara observa, siempre benevolente y al final, pareciera que el Scorsese artista se regodea de su existencia: un creador que admira a su criatura e incluso, llega a brindarle en sus últimos momentos, una cierta y desconcertante dignidad.

The Irishman tiene un brillo intrigante relacionado con su ritmo pausado pero, sobre todo, la intuición de Scorsese para contar una historia larga y por momentos compleja, con un aire elegante y sofisticado. En la cinta no hay buenos o malos, sino una colección de hombres que luchan para mantenerse a salvo en medio de la violencia y hacen lo que deben hacer para justificar su propia crueldad.

Por supuesto, The Irishman podría haberse convertido en una obra convencional en la que el recorrido de un asesino a suelto se beneficiaría sobre debates maniqueos acerca de la conciencia cultural y colectivo. Pero con Scorsese nada es tan sencillo. Como creador, insiste en asumir su lenguaje fílmico como una mezcla desconcertante de elementos que se complementan unos a otros para crear un producto visual único: desde la ultraviolencia a la delicadeza, lo onírico a lo dolorosamente bello, ninguna expresión creativa parece ser ajena a la aguda percepción de Scorsese.

La película es recorrido arriesgado en tres momentos históricos distintos que podrían superponerse entre sí, pero que el guión logra construir como piezas superpuestas de información. El esfuerzo supone, además, el uso de todo tipo de efectos digitales que aunque en ocasiones son notorios también son lo suficientemente sutiles para no entorpecer la narración. En realidad, se trata de Scorsese haciendo lo que mejor saber hacer: ese recorrido lento, incidental y casi anecdótico con la que suele retratar la caída a los infiernos de sus personajes.

The Irishman es una pieza oscura que de nuevo reaviva el debate si el director “glamoriza” la capacidad para la transgresión criminal, la violencia y el absurdo de la crueldad desprovista de cualquier otro atributo. Scorsese tiene una amplia filmografia en la que medita sobre los extremos y lo hace desde una mirada tan preciosista que, al final, resulta lícito preguntarse si se trata de una mirada inquieta sobre el crimen como pecado colectivo o una interpretación casi sensual de la capacidad del hombre para desobedecer.

Pero también, The Irishman es una película de actores y es probable que sea imposible analizar su impacto sin mirar la forma cómo los grandes símbolos del cine adulto de nuestro siglo llegan para demostrar su valor y su enorme importancia. Mientras Robert De Niro dota a Frank de una sensibilidad callejera y mundana muy cerca del desastre, Al Pacino crea quizás la interpretación más desconcertante de la cinta, al dotar a su Jimmy Hoffa de una cualidad humana inesperada, fragmentada y por momentos, por completo conmovedora.

Resulta inevitable comparar su interpretación con la de Jack Nicholson que encarnó al mismo personaje en 1992, dirigido por Danny De Vito, pues ambas son reflejos casi complementarios de una única versión sobre la corrupción, el miedo y la dualidad del espíritu humano. El Hoffa de Pacino es delgado, nervioso y despreciable. El de Nicholson era tenaz, brutal y atemorizante. Hoffa, que en la película de De Vito era una especie de héroe de las mayorías desposeídas corrompido por la ambición, se transforma para Scorsese en una ruin antesala a la maldad como propósito.

Scorsese juega con sus símbolos favoritos: la calle se convierte en escenario de un recorrido hacia las sombras, y sus personajes testigos de la destrucción progresiva de sus vidas, que acaecen en pequeños golpes de efecto que el director muestra desde una perspectiva de dura perplejidad. Al final, The Irishman es la culminación de los temas recurrentes de un director que encontró en cierto lenguaje una forma depurada de narrar los secretos que se esconden en la transgresión, la violencia y lo criminal. Y lo hace, con una extrañísima belleza que convierte a la película en una peculiar una obra de arte.