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"Avatar: El camino del agua": un logro de ambición y belleza

James Cameron se propuso superar su propuesta y reinventar las mismas reglas que creó en varias de sus mejores obras. Y lo logró con la secuela de "Avatar"

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James Cameron no es un hombre fácil de comprender. No encaja fácilmente en la estructura de Hollywood. Es uno de los cineastas más talentosos de su generación, pero también es un artista con un ego considerable que le precede y en ocasiones, entorpece su camino. Entre ambas cosas, esta figura inclasificable, capaz de formular sus propias reglas, cambió a la meca del cine en más de una ocasión. La primera con “Terminator” (1984), con la que demostró sus ambiciones y su capacidad para producir un clásico con recursos limitados.

La segunda, con “Aliens” (1986), cuando le entró a una película de culto para llevar a cabo una secuela que la superó con creces. Pero sería con “Terminator 2” (1991) con la que Cameron dejó claro que su ególatra mirada sobre la tecnología — “mis aportes son duraderos y de un valor fundamental”, dijo a Variety ese año — y sus ambiciones tenían sustento. Tanto, como para decidir que cualquiera de sus siguientes producciones serían creaciones directamente influyentes en la forma en que lo cinematográfico dialoga con el público.

“Titanic” (1997) se convirtió en el siguiente clásico en la lista. Uno cursi, sublime, con un apartado técnico tan deslumbrante como para dejar boquiabiertos a la mayoría de los críticos y al público. Pero sería “Avatar” (2009) la obra que marcaría un antes y un después en el público. La épica medioambientalista cambió por completo al cine de ciencia ficción. No por su historia trivial, sino por la osadía de James Cameron de construir un mundo a la medida de una codiciosa y precisa visión sobre el cine como espectáculo.

“Avatar” se coronó como un logro tecnológico de marca mayor. Y también como la película más taquillera de la historia. Ambas cosas impulsaron a Cameron a obsesionarse con la posibilidad de profundizar en ese mundo extraordinario que imaginó. La secuela se anunció de inmediato, pero le llevaría nada más que trece años llegar a la pantalla grande.

Mientras tanto, la gran pregunta era si el film que Cameron pregonaba cambiaría nuevamente la historia del cine, en realidad merecía la década y un poco más de trabajo que le tomó.

El proyecto pasó por todo tipo de dificultades, se convirtió en algo confuso, que atravesó varios niveles de especulación y al llegar la fecha definitiva la nueva interrogante era si el director había podido construir el mundo de “Avatar” en un nivel por completo nuevo. ¿Lo logró? No solo lo hizo, sino que dejó claro que el realizador está convencido del valor del cine como una percepción del poder personal. Tan total y sólido como para crear universos enteros.

Una épica con un gran corazón 

En Pandora el transcurrir del tiempo otorga experiencia, valor y sentido de la identidad. Al menos, es lo primero que plantea “Avatar: El camino del agua”. Han transcurrido diez años desde que Jake Sully (Sam Worthington) recibiera el prodigio de Eywa en el Árbol de la Vida. Su identidad humana desapareció, o mejor dicho, evolucionó a una comunión total con Pandora. Su mirada es la de un Na’vi y esa es la gran revelación que el argumento escrito por James Cameron, Rick Jaffa y Amanda Silver deja claro. El espíritu aventurero del personaje es un reflejo de su planeta adoptivo.

Pero a la vez, del misterio cálido que envuelve cada elemento que le rodea. Tal y como se estableció en la primera película, nada en este entorno poderoso y vital está desvinculado del centro mismo de la vida. Nada está fuera del asombro que envuelve y sostiene la narración como una travesía hacia un paraje de desconcertante belleza.

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Esta largamente esperada secuela es una experiencia. Antes que un recorrido, una historia o incluso, una exploración a un nuevo mundo, el film es una osadía visual que hipnotiza. El nivel de realismo y detalle sobrepasa toda posible predicción sobre el trabajo de Cameron y convierte a “Avatar 2: El sentido del agua”, en puro poder narrativo.

La película no necesita más de un primer tramo vertiginoso para mostrar sus cualidades. Pero más allá de eso, utiliza cada recurso a su disposición para destacar su espléndida premisa. Cameron está consciente de que su film depende de su corazón tanto como de sus efectos digitales o prodigios técnicos. Por lo cual, la secuela de “Avatar” es una historia que comienza por el pulso de un planeta vivo.

Tan realista, minucioso y cuidadoso que es evidente que el cineasta apostó el todo por el todo para una sensacional mirada a un universo que apenas nace. “Avatar” fue un anuncio discreto del portento sensorial que construye en su secuela. También es un reconocimiento de que la película, fruto de años de esfuerzo y un indudable pulso autoral, es una obra de arte en varias formas distintas.

No solo a nivel tecnológico, con su alto rango dinámico a 48 fotogramas por segundo. Al mismo tiempo, en el hecho de haber sido creada para un 3D que es mucho más que una excusa para un espectáculo en sala. “Avatar: El camino del agua” necesita de la tridimensionalidad para contar varias historias a la vez.

Algunas tan sutiles como el tránsito del agua a través de un mar infinito. Los movimientos de sus personajes y ese misterio vivo que es Pandora. El planeta se aparta de ser un escenario colorido para sustentar su propia gama de matices sensoriales. Cameron logra hacernos sentir que cada punto es real: desde el sonido del viento a la periferia hasta el rumor de los árboles.

El nivel de complejidad del film es asombroso justo por su precisión al narrar de forma sustancial la experiencia en el entorno. De modo que la historia comienza mucho antes de que el relato argumental sea el centro de todo. No es, claro está, una decisión al azar. Cameron está consciente de que el éxito de “Avatar: El camino del agua” depende de qué tan creíble sea Pandora como escenario. Y logra que lo sea. Tanto como para conmover — en algunos momentos, hasta las lágrimas — y deslumbrar a un nivel total. Este universo está vivo, es por completo realista, con un peso visual e inmersivo propio.

Viejas historias que comienzan en tierra nueva

Para Jake Sully el mundo es generoso. Su historia con Neytiri (Zoe Saldaña) fructificó en una familia. Esta familia de cinco es el corazón vivo de Pandora. La mejor forma de comprender la naturaleza del planeta, esta vez mucho más meticulosa como hábitat de lo que nunca fue en la película original. Pero no solamente por la exploración hiperrealista, sino porque condensa la idea del amor (la voluntad de vivir) como un sólido recurso narrativo.

Si el film original fue criticado por su historia sencilla y trillada, su secuela supera esa frontera limitada y abandona los lugares seguros. Tal vez por eso sorprenda que la familia de Sully sea tan peculiar como la historia misma del personaje. La pareja engendró a tres hijos biológicos que son la experiencia real del argumento. Eso sin menospreciar la de sus padres como figuras centrales. Neteyam (Jamie Flatters) y Lo’ak (Britain Dalton), son adolescentes y están en el tránsito hacia la independencia.

Una decisión narrativa que permite comprender a los Na’ vi desde sus diferentes rituales de paso. También está la hija más pequeña Tuk (Trinity Jo-Li Bliss), que es el reflejo de su madre a esa edad. Hay una condición emocional sobre el vínculo que une a Jake con Neytiri y tal pareciera que cada uno de sus hijos son parte de su historia. En el más peculiar de los casos, un recuerdo de lo que vivieron y sufrieron para llegar a ser las criaturas que ahora son.

Pero Sully también acogió bajo su cuidado a dos personajes que simbolizan el vínculo con su extraño origen. Kiri (Sigourney Weaver) es un milagro biológico. La demostración definitiva de que el misterio de Pandora es mucho más real, amplio y elaborado de lo que podría esperarse. El personaje es la hija biológica de la difunta Grace Augustine, concebida en su forma de avatar.

James Cameron toma el riesgo de refundar el concepto mismo de la vida para otorgar una segunda vertiente a este planeta. Y también le otorgar un sentido nuevo a cómo se concibe el origen de la identidad y el individuo. Es un paso arriesgado — tanto, como el retorno del villano de la película — pero en el caso de Kiri es de sustancial importancia. Pandora no es únicamente un planeta, es una concepción total acerca de la existencia.

Por último, también hay un miembro humano en la familia. Spider (Jack Champion), es un sobreviviente a la primera evacuación y lleva un secreto a cuestas. Es inevitable que Spider nos recuerde a la desamparada Nuts (Carrie Henn), la niña sobreviviente en “Aliens”. Para Cameron, ambos personajes tienen el mismo sentido de la inocencia y la fragilidad de la supervivencia. Pero en especial, es la forma en que recuerda el origen de Jake Sully y su vida en Pandora. Mucho más cuando la identidad de su padre se descubre para dejar claro a qué deberá enfrentarse este huérfano con un pasado peligroso.

El líder y las grandes decisiones

Al mismo tiempo que la vida en Pandora transcurre en pacífica comunión, en la Tierra la posibilidad de supervivencia es limitada. Y esto provoca el retorno de una avanzada agresiva de corte militar contra el planeta. En esta ocasión no se trata de la búsqueda de un mineral de incalculable valor, sino una invasión a toda regla. Quizás uno de los errores del guion es que la decisión del retorno de la agresión humana sea tan sorpresiva, cuando su posibilidad era obvia. Mucho más, cuando hubo indicios en la primera película de que la vida en nuestro planeta agonizaba.

Ahora es un hecho que obliga a decisiones terminantes: una toma forzosa que implica, deforestación y desocupación. Cameron dirige entonces toda la energía de la película en mostrar a plenitud el peligro de la voracidad humana. Ya no se trata de un proyecto minero a largo plazo, la explotación de la riqueza infinita de Pandora. Ahora el espectro de la colonización se hace más vil e inmediato. Además, comandado por un líder que odia no solo la posibilidad del retorno, sino sus consecuencias.

Desde el general Francis Ardmore (Edie Falco), hasta el retorno levemente disparatado de Miles Quaritch (Stephen Lang). La conquista de Pandora será a la fuerza. Este último, al que se le vio morir en la primera película, regresa en una paradoja en sí mismo. Su identidad — recuerdos — fue implantada de manera total en un avatar modificado como una maquinaria orgánica avanzada de guerra. Más rápido, fuerte y ágil que un Na’vi común, es un monstruo que rebosa odio, rencor y a la vez, una rara dualidad. ¿La naturaleza de Pandora influye en una criatura semejante? El guion no responde la cuestión, pero deja que la interrogante gravite sobre el personaje.

De modo que Quaritch es el reverso oscuro de Jake Sully y la película hace énfasis en ese enfrentamiento con un subrayado innecesario. Mucho más, cuando a ambos les une un vínculo que será parte de la historia de uno y de otro a futuro. Pero por ahora, el terreno es movedizo en cuanto a este villano, enfurecido, enloquecido y cuya identidad se hizo más oscura. “Puedes matar a los que peleamos, pero nos reencontramos en el infierno”, gruñe el personaje.

Hasta ahora, Jake Sully ha sido un líder querido de los Omaticaya y buena parte del primer tramo de la película muestra su poder y autoridad. Sin embargo, la llegada de la avanzada humana y en especial el odio violento de Quaritch, hace que Sully deba tomar decisiones para protegerles. En uno de los momentos más confusos del argumento no queda del todo claro si el escuadrón del villano obedece órdenes o solo está enfocado en la venganza.

Esa extraña ambigüedad, unida a la violencia desatada en los territorios Omaticaya, termina por obligar a Jake a huir. Es entonces cuando comienza el real viaje por Pandora. Aterrorizado, el personaje lleva a su familia a los arrecifes en los que habita el clan Metkayina. Tonowari (Cliff Curtis) y su esposa Ronal (Kate Winslet), líder espiritual de la tribu, aceptan a los recién llegados. Pero es obvio que se trata de una decisión arriesgada.

La violencia va en busca de Jake y esa brutalidad — que Quaritch encarna a plenitud — deja claro que Pandora necesita comprender el peligro que corre. En especial, cuando es evidente que el poder de fuego humano y su propósito inmediato sobrepasan la destreza y la bondad intrínseca de la población nativa.

La belleza, el dolor, el poder de un espíritu invisible

Para su segundo tramo, “Avatar: El camino del agua” rinde tributo a este enorme ecosistema vital que enlaza a cada criatura viva. De nuevo, es a través de los más jóvenes que el guion muestra su nueva energía. Aonung (Filip Geljo) hijo de Tonowar y Ronal, es la encarnación del miedo. Pero su hermana Tsireya (Bailey Bass), es la bondad pura de Pandora en toda su espléndida expresión. Kiri, demuestra que el secreto de su existencia es algo más que un accidente biológico y es evidente que hay una conexión profunda entre ella y Eywa. Lo que deja entrever que este nuevo personaje será la ruta — futura — hacia una exploración de la misteriosa espiritualidad del planeta.

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Es durante la convivencia en los arrecifes cuando es más notorio que nunca que James Cameron rinde tributo a lo antropológico. Que además, cumple su promesa de brindar a Pandora personalidad y profundidad. Los Metkayina, con sus rituales, tatuajes y su apariencia física levemente distinta a los Na’vi Omatikayas conmueven por su energía y fuerza. Son la encarnación de la vida marina de Pandora y de sus innumerables posibilidades.

Por supuesto, es el despliegue de tomas submarinas el punto más fuerte de la producción. Asombrosas, de una minuciosidad realista inédita, demuestran que el film no es solo una secuela: es también una travesía a través de un elemento visual desconocido hasta ahora.

Al final, llega la violencia

Finalmente, Quaritch descubre el escondite de Jake Sully y la última hora de la película es una celebración visual a una batalla a océano abierto alucinante.

Uno los de los puntos más altos de “Avatar 2: El camino del agua”, es suidentidad autoral a pesar del despliegue técnico. Esta obra enorme, por momentos pura emoción, es una pieza de arte con la firma de Cameron. Una espléndida y radiante mirada a su poder narrativo.

Para sus últimas escenas, cuando el mar brilla y Pandora, como potente núcleo de la belleza, resplandece, algo queda claro: esta historia apenas acaba de empezar. De nacer, de surgir. Y de celebrar su origen y toda su poderosa trascendencia.

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