Cine y TV

"Al descubierto" y "Ellas hablan": la mirada femenina sobre el abuso sexual

Ambas películas analizan un mismo punto controversial: la credibilidad de las mujeres que son víctimas de agresiones y abuso sexual. Y logran reflejar el desamparo legal y cultural que una víctima suele sufrir 

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Tanto en la película “Al descubierto” -«She said»- de Maria Schrader como en “Ellas hablan” -«Women talking»- de Sarah Polley, las víctimas de violaciones no desean explicar lo que les ocurrió. El punto en común entre ambos argumentos profundiza en el miedo a la revelación, a contar, detallar y admitir la agresión sexual. 

Mucho más cuando no hay pruebas físicas -no inmediatas ni evidentes- o de cualquier otro tipo. Lo que se juzga en ambas historias es la credibilidad de las mujeres y a la cultura que señala y menosprecia su testimonio y evidencia.

 “Al descubierto” -o «Ella dijo»- es la gran primera película basada directamente en el movimiento #MeToo y “Ellas hablan”, el aterrador relato de un abuso sexual colectivo. El sentido al subtexto es el temor, la pérdida de la identidad y la deshumanización de la víctima. El cine, finalmente, parece haber comprendido el poder de la experiencia femenina sobre su cuerpo, la forma como las historias sobre hechos de naturaleza brutal tienen una connotación mucho más complicada que su definición legal.

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Patricia Clarkson, Carey Mulligan y Zoe Kazan

Ya sea bajo la sombra de Harvey Weinstein o en un poblado de Bolivia, las víctimas se enfrentan al mismo vacío: al temor de ser juzgadas, no creídas. A pasar por un juicio violento por parte de la cultura y la sociedad a la que pertenecen. El más doloroso y crudo de todos.

De modo que contar la experiencia de las mujeres, es el objetivo de dos producciones que basan su poder fílmico en la elegancia. De hecho, uno de los puntos que más sorprende de la película “Al descubierto”, es su sobriedad al narrar varios casos que podrían haberse beneficiado de una mirada más estridente o urgente y también por la solidez ecuánime de su puesta en escena.

El caso Weinstein

La directora Maria Schrader está consciente de que la película es, quizás, la más grande después del movimiento #MeToo y sus consecuencias. La más elaborada, inteligente y la más meticulosa al narrar los hechos. De modo que toma decisiones sobre el guion de Rebecca Lenkiewicz que favorecen la sensación de épica anónima y basada en el trabajo duro.

Como adaptación cinematográfica de un libro de no ficción el film de Schrader elabora una versión cuidadosa sobre los testimonios que rodean al caso Harvey Weinstein. La puesta en escena es detallada para mostrar redacciones, oficinas, el ámbito en el que el periodismo real prospera. No hay exageraciones para mostrar la valentía de las víctimas o el poder de la decisión de relatar sus historias de violencia.

Schrader sabe que la opinión universal acerca de los casos sigue fresca en la memoria colectiva. También, que la visión de lo ocurrido con el movimiento que rodeó las declaraciones y confesiones de las víctimas necesita un entorno sobrio para comprenderse. Particularmente, luego de los grandes debates públicos y el actual juicio del abogado principal, que recién finaliza. Para el momento de la filmación de la película, todavía el juicio era una posibilidad lejana, pero en cierta forma, inevitable. De modo que “Al descubierto” muestra el terreno inquietante en el que se construyó una lucha legal semejante.

Megan Twohey (Mulligan) y Jodi Kantor (Kazan) son dos periodistas del New York Times acostumbradas a la investigación puntual. Esto es, al recorrido cuidadoso y bien planteado a través de una colección de pruebas que deben ordenar para encontrar un indicio de la verdad.

El largometraje sorprende por evitar embellecer la labor del periodista. Incluso en una época que ofrece incontables recursos técnicos a su disposición, el valor del trabajo individual es mucho más importante. El guion, además, utiliza la misma técnica del libro homónimo para sostener la tensión en su narración. La atención de la premisa está enfocada en cómo pudieron un grupo de víctimas luchar contra el todopoderoso Harvey Weinstein. Pero a la vez, la manera como el periodismo de investigación logró rebasar todo tipo de escollos y obstáculos a través de paciencia y una dedicación sostenida.

Verdades en lassombras

“Ellas hablan” de Polley, corre incluso un riesgo mayor que el que atravesó Schrader con “Al descubierto”. El caso que narra está basado en el libro de Miriam Toews, cuyo sentido de lo verídico todavía se debate. Incluso así, la película es un esfuerzo considerable para plantear la necesidad de ser creídas de las víctimas y la ferocidad con la que el entorno puede convertirse en una segunda forma de violencia.

Cuando ocurrió el caso la noticia pasó desapercibida en buena parte de Bolivia y el resto del mundo. Las llamadas “violaciones fantasmas” que sufrieron un grupo de mujeres de una comunidad menonita del país parecía una fantasía escabrosa. No obstante, la insistencia de las víctimas -quienes se enfrentaron a la comunidad e incluso a sus familias para declarar a policías y otros funcionarios públicos- logró demostrar lo impensable.

Un grupo de ocho hombres drogó a familias enteras y por casi diez años violó a mujeres de todas las edades. Con casi trescientas víctimas, el caso tomó repercusiones mundiales y de pronto, la discusión sobre la religión, la voz de las mujeres y su credibilidad estaba en todas partes. Pero además demostró los alcances de los límites arbitrarios y violentos que se imponen a las mujeres en determinados grupos religiosos y sociales.

En el juicio que se llevó a cabo en el 2011 ninguna de las víctimas -desde niños menores de edad hasta ancianas- pudo declarar sobre su caso. La comunidad menonita lo prohibió y envió a los padres y esposos para hacerlo en su lugar. Al final, el juicio fue otra controvertida muestra de la violencia contra las mujeres y se convirtió en el reflejo de una aberrante concepción sobre la violencia sexual bajo la noción de lo religioso y lo arcaico.

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Jessie Buckley en «Women Talking»

La película de Polley otorga rostro y voz a las víctimas, muchas de las cuales continúan siendo anónimas. No se trata solamente de una versión cinematográfica de un caso atroz, es una reconstrucción de un sistema de valores y nociones religiosas que convierten al abuso en algo mucho más duro de asimilar. Polley ha insistido en que “sintió la obligación de mostrar la historia sobre estas mujeres”.

“Se trató de un crimen de silencio”, dice Toews en el libro homónimo: “Se ignoró porque se trataba del testimonio de mujeres. Se les consideró dementes, se les insistió en que debían rezar, pero nadie se tomó verdaderamente en serio lo que ocurría”. El largometraje de Polley logra narrar la historia de una forma respetuosa, pero sin restar el horror oculto en esta tragedia.

Tanto Maria Schrader como Sarah Polley saben que sus respectivas películas son cajas de refracción de un mensaje complejo, del poder de la palabra de la víctima por encima de las circunstancias que apelan a minimizar su influencia.

El trabajo de ambas directoras es, sin duda, la percepción más elaborada que pudiera lograrse de las circunstancias que narran. Tanto una como la otra, brindan una elegante versión sobre las connotaciones acerca de la verdad en el mundo contemporáneo. Pero también, analizan cómo la mujer es percibida por la cultura en la que nació y el contexto que le rodea. Una recreación necesaria en medio de tiempos duros para la validez de la identidad femenina. 

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