La fascinación narcisista
¿Qué tienen en común Donald Trump, Recep Erdogan y Vladimir Putin? ¿Qué rasgos de personalidad comparten con la del difunto Hugo Chávez o la de Silvio Berlusconi?
¿Qué tienen en común Donald Trump, Recep Erdogan y Vladimir Putin? ¿Qué rasgos de personalidad comparten con la del difunto Hugo Chávez o la de Silvio Berlusconi?

El año pasado, en un programa de televisión, el médico turco Mustafá Altioklar señaló que el presidente Erdogan sufría de un trastorno narcisista de personalidad.
En palabras coloquiales y sencillas, Altioklar, perseguido luego por la justicia, enumeró una serie de síntomas presentes en el gran líder turco: se siente el centro del mundo y cree que no hay nadie más importante que él, los sentimientos de grandiosidad permean todos sus actos y discursos, está absolutamente seguro de sí mismo, está sobrado, piensa que tiene derecho a todo, declara constantemente su éxito y habilidades, muestra una actitud insolente y arrogante, abusa de los demás pero quiere la aprobación de todo el mundo en todo momento.
Con la resaca moral de las elecciones norteamericanas, ahora que la humanidad entera empieza a procesar el asombro ante el hecho cumplido de que la más grande potencia del globo eligió para dirigir su destino a un patán capaz de agraviar y ofender a todo el mundo, a un ser humano embebido en un discurso de racismo, misoginia, xenofobia y odio, conviene preguntarse, de nuevo, ¿por qué los hombres buenos y humildes, guiados por sentimientos morales, alcanzan el poder tan pocas veces? ¿Por qué la gente siente una particular fascinación por las personalidades psicopáticas y narcisistas? Transcurren los siglos y sigue vigente la estrofa del poeta y dramaturgo del Prerrenacimiento español Gómez Manrique:
“Los mejores valen menos
Mirad que gobernación
ser gobernados los buenos
por los que tales no son
Los cuerdos fuir debrían
de dos locos mandan más
que cuando los ciegos guían
guay de los que van detrás.”
Las rusas que he conocido admiran el autoritarismo de Putin, su imagen de hombre duro y fuerte, de macho. De Erdogan me acuerdo cuando, refiriéndose a sí mismo, se dirigió a sus seguidores diciéndoles: “Recuerden que tienen el mejor primer ministro del mundo.” De Berlusconi resaltaba su egolatría y su manera burlona de pavonearse sobre sus éxitos sexuales. De Chávez me llamó la atención su convicción de haber estado predestinado para mandar, su determinación a mantenerse el poder.
Siempre me asombró su falta de sentido del ridículo, su capacidad para decir o hacer la mayor sandez con la absoluta convicción de su genialidad y grandeza. En la campaña electoral americana me sorprendió la falta de arrepentimiento de Trump, su manera de responder a la crítica por sus exabruptos y agresiones con más y mayores exabruptos y agresiones.
Lo que nos mantiene atónitos en el siglo XX no es la volatilidad del voto o su uso como instrumento de venganza, sino la pasmosa necesidad de las poblaciones de idealizar a las personalidades narcisistas, el estrecho vínculo entre la superficialidad, la estupidez, la egolatría y el poder.
@axelcapriles