Las películas malas y que incorporan la estética Whatsapp también engruesan (nunca tan bien dicho) el acervo de eso que todos amamos y que se llama cine. Frente a cada candidata grandilocuente al Oscar, el mono y la mona como en Animal Planet. Hagamos de abogados del diablo y defendamos la secuela de Cincuenta sombras de Grey (2015), que en este mismo momento debe estar siendo destrozada por 50.000 críticos sombríos.
1. Porque es más ágil. Empezando porque la primera duraba dos horas y pico, y esta no llega a las dos horas. El nuevo director, James Foley, es mucho menos pretencioso que su antecesora Samantha Taylor-Johnson, y va directo al grano: Anastasia y Christian se reconcilian porque la pasan bomba. Él tiene dinero, ella es sexy y ya está. Toda historia necesita conflictos, pero Foley los despacha de una manera tan absurda (el nuevo jefe de Anastasia, la ex sumisa heroinómana celópata, un presunto accidente aéreo que parece un videojuego) que no hay otra lectura posible sino que el tipo se está vacilando el material original. ¿De qué otra manera interpretar esa gloriosa línea de diálogo en la que Christian le echa en cara a las toxinas botulínicas de Kim Basinger: Tú me enseñaste a tirar, pero Ana me enseñó a amar?
2. Porque hay una piedra sobre la que construir la iglesia. Lo mejor de la saga definitivamente es la elección de Dakota Johnson, una de esas tipas que no moja pero empapa. A esta secuela se le puede atacar por cualquier flanco, menos el de una protagonista cuyas mucosas corporales revientan con la expresividad de una planta carnívora. Una actriz con la que las mujeres pueden identificarse y a la que los hombres pueden desear. Una todoterreno que responde donde la pongan y con lo que le pongan.
3. Porque el sexo siempre atrae. Sí, la secuela también es extremadamente pacata. La protagonista es desesperantemente pasiva. No hay penes, no hay vaginas, y de manera totalmente absurda, Anastasia se levanta por la mañana con las pantaletas puestas. Tampoco hay tal cosa como unas sombras más oscuras. Y sin embargo, hay que entender la importancia que tiene esta saga en su contexto cultural. Los nostálgicos culturosos siempre van a hacer comparaciones desfavorables con clásicos eróticos como El último tango en París, El imperio de los sentidos o El Decamerón, pero estamos en la era de los centros comerciales, de las salas multiplex y de la rentabilidad que no se puede lanzar una censura suicida. Igual la gente va a hablar de la escena del ascensor, de las bolitas, del aceite de coco, del corotico que sirve para mantener las piernas abiertas, de las nalgadas, de Christian haciendo gimnasia y de la tensión sexual que introduce el nuevo jefe de Anastasia (Eric Johnson), más allá de lo mal parado que queda cuando anda pendiente de un acoso. Siempre, siempre es bueno que se hable de sexo.
4. Por la banda sonora. Te puede gustar o no, pero negar que la música está canónicamente bien empleada en las escenas de sexo blando (o como lo quieras llamar) sería una estupidez. El soundtrack es una fotografía representativa de la sensibilidad de una época, incluso aunque te parezca que despida la espontaneidad de una publicidad de perfume, y además regala alguna chatarrita cool tipo The Police.
5. Porque el dinero sí compra todo. Según información que suministra el propio Christian en la película, sus ingresos ascienden a 100.000 dólares por hora, lo que da para aproximadamente un millardo al año y le permitiría, si acaso, colarse entre los últimos de la lista Forbes de los 400 más ricos del mundo. En todo caso, de eso se trata el cine, de fantasear, y hacia ese target apunta esta saga: ¿qué pasaría si pudieras conocer a un hombre que te comprara la empresa en la que trabajas o el cargo al que aspiras? Según estudios recientes, el dinero sí hace la felicidad y rebaja los niveles de ansiedad. “Prefiero la hartura grotesca de los ricos al dolor sublime del hambre”, diría un personaje de la gran Teresa de la Parra.