El antro electoral

Llegó el día de la “fiesta”, las regionales con su CNE de estreno y la consolidación de nuevos colores, la salida a flote de profundas divisiones, disputas encarnizadas y muchas metidas de pata y versiones de reguetón que nos hacen pensar “para qué”. Pero vamos a ir a la cita: no todo está perdido. | Por Elías Aslanian

El antro electoral

Las convicciones políticas que alguna vez sacudieron las calles venezolanas han sido arrasadas por la vaguada: hay una crisis de liderazgo; una crisis de confianza. Una semana antes de las elecciones regionales de 2021, una encuesta de ORC Consultores apuntaba que los independientes se han convertido en una pluralidad: 43% de los venezolanos dicen no sentirse identificados con ningún bando de la telenovela política. 42% se identifican con la oposición. El chavismo, dependiendo de quienes se mantienen fieles a sus convicciones pseudo-religiosas, ha quedado reducido a 15%.

Sin embargo, las calles caraqueñas parecen sacudidas por la decoración de la fiesta electoral: los afiches de Fuerza Vecinal, con David Uzcatégui rodeado del séquito de alcaldes de la versión azul de Primero Justicia, cubren cada poste y cada pared del este de Caracas. Las publicidades del alcalde de Chacao, levantando dudas de peculado de uso, recubren avisos de trabajos de la alcaldía. Pareciese que en cualquier momento se asomará un eslogan de Fuerza Vecinal en el ala de alguna guacamaya o sobre las letras del Tamanaco o el Paseo Las Mercedes. Grupos de la Mesa de la Unidad caminan por Los Palos Grandes llevando la palabra como peregrinos exhaustos en el desierto. Las fotos de Georgette Topalián vestida de verde, candidata chavista desprovista de todo rojo y todo Chávez, recubren las calles de Santa Fe. Los jingles, y las copias de canciones de reguetón resuenan desde pickups destartaladas.

La propaganda de Fuerza Vecinal ha asfixiado al este de Caracas

“En tanto el chavismo va ‘desrojizando’ su discurso”, dice el escritor Héctor Torres, “es cada vez más difícil diferenciar las ofertas [entre oposición y chavismo], porque los procedimientos son bastante ‘lo mismo’: caravanas, jingles tontos y pegadizos y una inexplicable sonrisa de optimismo para todas las fotos”. Como explica Rafael Uzcátegui, coordinador general de Provea, “ser ‘antichavista’ dejó de ser suficiente para estimular la participación electoral de la gente”.

Con el colapso del gobierno de Guaidó y la pax bodegónica que ha desatado la dolarización, y con la fatiga y la desilusión general, la polarización parece haberse diluido: el rechazo al chavismo, o el amor a este, ya no es suficiente para movilizar.

¿Cómo esperar que suceda lo contrario? Veamos más allá de los juegos truculentos del CNE, las castraciones constantes del Tribunal Supremo de Justicia a la Asamblea Nacional opositora, la abolición del referéndum revocatorio de 2016 por meros caprichos de Tibisay y los fraudes descarados que hemos presenciado en los últimos años: el liderazgo opositor está comunicacionalmente quebrado, desprestigiado, desprovisto de cualquier heroísmo o virilidad y visceralmente rechazado por gran parte de la población antichavista.

¿Cómo no estarlo? El gobierno interino de Juan Guaidó, alguna vez la movilizadora esperanza de la vasta mayoría del país, se ha convertido en sinónimo de corrupción e ineficacia: sea por los bochornosos incidentes con Calderón Berti, los incidentes de Cúcuta, los desagradables episodios de nuevo rico de varios de sus integrantes y allegados en el exterior y la caja incesante de escándalos que ahora es Monómeros. Además, Voluntad Popular parece haber integrado un gobierno de las sombras en El Salvador, donde “demócratas” venezolanos aseguran una nueva dictadura latinoamericana. Para la población, las diferencias entre naranja y rojo ya no son tan marcadas.

Por otro lado, el personalismo que ha permeado a la oposición por mucho tiempo se ha vuelto invivible: sea por las constantes divisiones entre la Mesa de la Unidad, Fuerza Vecinal y la Alianza Democrática de los alacranes en estados como Táchira, Bolívar, Nueva Esparta y Miranda. ¿Dónde han quedado las primarias, la voluntad de los ciudadanos, para resolver las bochornosas luchas entre Ocariz y Uzcátegui o la debacle entre un talento emergente como Patiño y el rostro conocido de Guanipa? Tan solo hay imposición directiva, una cachetada con eurovisión incluida –entre Di Grazia y Yusef en el estado Bolívar– o un papel de cuaderno firmado en el Maute Grill que Ocariz, incapaz de notar la vergüenza de aquello, presume como prueba de un acuerdo.

La página de cuaderno con la que Ocariz buscó asegurar la unidad…

¿Y Vente? Por mucho tiempo la más notable crítica opositora al liderazgo principal del antichavismo, el partido se ha convertido en la loca del muelle de San Blas: esperando sola, sola con su espíritu, por la llegada fantasiosa de los marines norteamericanos. Uno de sus activistas quizás es el mayor símbolo del callejón en el que los seguidores de María Corina Machado –sin embargo, admirablemente fiel a sus ideas– han quedado varados: hablándole a la nada, al vacío, a fantasmas, a visiones esquizofrénicas.

Así, en tiempos de innegable hegemonía roja, nos encontramos ante la quiebra de las alternativas y la clase política: basta con observar al antro electoral, a sus liderazgos políticos, para dejarnos morder por la podredumbre.

Pepas, pepas, pepas

Pareciese que las ideas del Instituto Mises han calado en los candidatos políticos del antro electoral: abolir las patentes y los derechos de autor. Eso parece indicar el uso indiscriminado, y readaptado, de toda suerte de canciones de reguetón y hasta de hard rock para los tiktoks y videítos electorales que buscan hacer a los venezolanos sacudir el cuerpo en esta fiesta. ¿O será que simplemente las han expropiado, al mejor estilo venezolano?

Rosales intenta repetir el éxito de su readaptación electoral de “Atrévete” de Calle 13 en las elecciones presidenciales del 2006. Ahora nos da su propia versión de “In Da Getto” de J Balvin y “Pepas” de Farruko: en el primer caso, la música instrumental de Balvin resuena tras “Esto se prendió, la vecina ya se cansó, el vecino ya se animó (…) todo el mundo no es bobo, el Zulia ya no está solo, yo solo sé que llegó… ¡Manuel Rosales! ¡Todos con Rosales!”. En el segundo caso: el “Todo el mundo en pastilla en la discoteca” es reemplazado por “¡Con Manuel Rosales, el Zulia se respeta!”.

Por supuesto, no es el único fanático de superéxito que ha sido “Pepas”: Juan Carlos Fernández, el candidato de Fuerza Vecinal para alcalde de Maracaibo, también lanzó su propia versión personalizada. Y Lacava, el candidato chavista para gobernador de Carabobo. Y Piero Maroun, un independiente en Monagas.

Pero no todo es el ritmo caribeño del reguetón: la campaña de Fuerza Vecinal en Maracaibo también se ha apropiado del éxito “We Will Rock You” de 1977 de la banda inglesa Queen. “¡Sólo Juan Carlos vence al rojo!” grita la canción en reemplazo de “We will, we will rock you!”. Desde el mainstream de reguetón hasta sus detractores roqueros, hay música expropiada para todos los gustos.

Algo huele mal en el este de Caracas

Hace cuatro años, el abstencionismo político del antichavismo –tras el fraude constituyente– entregó el este de Caracas a una serie de alcaldes rebeldes que cortaban con el amarillo de Primero Justicia. Unos años después, los nuevos amos de la Caracas sifrina se han transformado en la Fuerza Vecinal: una suerte de Primero Justicia azul y paralelo, que le ha declarado la guerra a muerte a la antigua oposición tradicional de los cacerolazos y las siete estrellas.

Los afables habitantes del este no parecen muy contentos. Las quejas abundan: la tala indiscriminada de árboles llena la ciudad de troncos y ramas, Las Mercedes es ahora un acto de violencia urbanística, las leyes de zonificación se desvanecen de las calles residenciales de Los Palos Grandes donde ahora pululan bodegones y chorrúns (showrooms en lengua tusi), algunos comercios reportan hostigamiento fiscal de las alcaldías y los más pesados boliburgueses parecen tener la voz de mando en los municipios. “Entre los intereses del PSUV y la nueva burguesía, así queda la candidatura de Miranda”, dice el sociólogo Juan Manuel Sánchez.

Sea cierto o no, los alcaldes de Fuerza Vecinal parecen haber olvidado su rol de servidores. Chacao produce un video cinemático y hollywoodense, un “Fast and Furious 10: Chacao Boogaloo”, en el que el peso entero de los nuevos Mustangs de Polichacao persiguen velozmente a un malandro que le arrancó la cartera a una señora mayor. La persecución es veloz, llena de adrenalina, y culmina con el criminal rodeado de policías armados, carros brillantes rodeándolo y hasta camiones que bloquean su escape. Unas semanas después, dos malandros roban a todos los comensales y empleados del café Franca de Los Palos Grandes.

El periodista Eugenio Martínez, en su Twitter, critica el patrullaje en el área. El alcalde Gustavo Duque responde: “estás errado cuando afirmas que el sector LPG de Chacao ‘Está marcado por la delincuencia’, es FALSO e IRRESPONSABLE”. Poco menos de un mes después, el dueño del café Savignano en El Hatillo denuncia en su Instagram al alcalde Elías Sayegh –integrante de Fuerza Vecinal– y dos concejales hatillanos por clausurar su negocio, multarlo y no aprobarle permisos: alega que lo hicieron, en el más refinado estilo chavista, por suponer que maneja una cuenta de Twitter que “reclama el mal estado de servicios”. La ONG Espacio Público lleva el caso a Twitter. El alcalde tuitea el mismo día: “Da RISA (y vergüenza) como siempre que vienen elecciones se activan campañitas de difamación y descrédito”.

Las críticas, para la clase política del este de Caracas, son FALSAS y dan RISA. Y aunque en redes sociales, los vecinos denuncian, frustrados, los aparentes abusos fiscales de las alcaldías, el café Savignano es clausurado por –supuestamente– criticar la gestión de una alcaldía “opositora”.

¿Auge del chavismo azul?

La mamá de la mamá de la podredumbre

Sin embargo, la gran estrella del antro electoral es Leandro Domínguez: previamente diputado suplente de Un Nuevo Tiempo en la Asamblea Nacional, su figura tomó prominencia mediática una vez que se transformó en candidato alacrán para la copia de Voluntad Popular que creó el Tribunal Supremo de Justicia. Con labios nuevos, rellenos hasta el extremo con fillers, y una gama de videos camp en sus redes sociales junto a una pintura de Bolívar y una estatuilla de San Miguel Arcángel; Domínguez se apropió la canción “La mamá de la mamá” de El Alfa para hacer un sinfín de videos donde baila al son de “La mamá, de la mamá, de la mamá de las pelas… a la corrupción” blah, blah, blah. Y no es el único: José Brito, el rey alacrán, perrea en su campaña por la alcaldía de Barcelona. “¿Qué le vamos a meter?”, grita sobre su rival. Y suena: “la mamá, de la mamá, de la mamá” mientras Brito sacude frenéticamente su pelvis frente a la audiencia.

Pero el espectáculo incesantemente vergonzoso de Domínguez no revela el corazón de la podredumbre: en cambio, este se encuentra en una serie de videos denigrantes donde expone poblaciones míseras mientras les regala un balón, un bastón o alguna otra insignificancia. Una mirada a la manera como muchos políticos entienden a los venezolanos: como una turba zombie de hambrientos, arrastrados y no-pensantes que entre las ruinas de miseria esperan alguna migaja banal de un político que lo expondrá humillantemente en redes sociales para sus estrategias de marketing pseudo-filantrópico. Observen: una muestra del desprecio que gran parte de la clase política siente por la población, a la cual ve como un pozo interminable de abuso y explotación para sus propios egos mezquinos. ¡Más marginalización, más resentimiento y más alienación! ¿Pero por qué no votan por nosotros, los bonachones políticos?

Basta con ver las caras molestas, humilladas y vaciadas de cualquier tipo de alegría de aquellos ciudadanos pobres a los que Domínguez regala alguna tontería: es la pobreza como un Tiktok, la perpetuación de la dependencia y la explotación de las necesidades de los ciudadanos que –en teoría– los políticos representan. Una afrenta a la dignidad humana.

Transilvania

Pero volvamos a lo burlesco: a Transilvania, el oscuro reino de castillos embrujados y enjambres de murciélagos que alguna vez se conoció como el estado Carabobo. Allí, Rafael Lacava –el estrafalario gobernador el chavismo que se ha creído el papel del Conde Drácula– reemplazó los ojitos de Chávez, levantando la ira del chavismo más ortodoxo, con toda una gama de calcomanías de murciélagos para traer a la vida al reino transilvano: autobuses “Transdrácula” con murciélagos en sus vidrios, DracuCervezas, Dracuarepa, Poli-Drácula con murciélagos verde limón pegados en las patrullas, la Plaza Drácula en Valencia, etc., etc.

Y, a pesar del vampirismo estatal, los proyectos demagógicos de Lacava y la aparente estabilidad que ha traído el reinado de Drácula han logrado lo que parecía imposible en la Venezuela revolucionaria: un liderazgo chavista que ha trascendido la polarización, ganándose una carnavalesca popularidad tanto en los barrios valencianos como en algunas de las caras catiras del Guataparo Country Club. Esto ha forzado a sus oposiciones a responder al orden transilvano: por un lado, los afiches de la propaganda electoral de Miguel Pineda –candidato a gobernador del chavismo disidente– muestran el rostro del candidato en el cuerpo de Van Helsing delante de un murciélago volando entre el Arco del triunfo de Carabobo. Por el otro, el candidato Santiago Rodríguez –de Unión y Progreso, una escisión de Copei– hace un video meta y autoconsciente donde encarna un vampiro bailando para luego criticar la demagogia y los espectáculos burlescos del reino.

Carabobo: murciélagos, vampiros y cazadores de monstruos.

Candidatura del chavismo disidente en Transilvania, Carabobo

El chavismo en la ducha (y en la cama)

Es que el chavismo, dedicado siempre a los más estrafalarios excesos del kitsch, no se queda atrás: en lo absoluto. En el municipio Sucre de Caracas, el alcalde chavista José Vicente Rangel hijo promociona su Instituto de la Mujer diciendo que “aquí le vamos a buscar macho a todas las mujeres, a sus gustos, del tamaño que quieras: aquí estaremos complaciéndolas a todas”. Aparece su esposa y les asegura un espacio a los hombres de Sucre “porque nosotras somos unas cuaimas, ¡Y a las cuaimas hay que controlarlas!”. Chavismo feminista, que controla a las cuaimas y complace a las damas.

Y también se baña en tu casa: en El Tigre, el candidato chavista para gobernador de Anzoátegui comprueba el restablecimiento del servicio de agua en un barrio grabando un video desde la ducha de la casa de un elector. Así, en traje de baño y bajo el agua, hace su promesa: “¡Venceremos!”

El chavismo arcoíris

Pero el chavismo –en tiempos de nueva ley de hidrocarburos, de zonas económicas especiales, de diez mil bodegones por calles, de grupos empresariales de súbito y asombroso crecimiento, de rumbas de rayos verdes en el Humboldt, de G-Wagon acorazadas y Ferraris fosforescentes en Las Mercedes, de dólares, de dólares, de dólares– ha mudado su piel: atrás ha quedado el marxismo y el PSUV, atrás han quedado los ojitos y el color rojo rojito. En su lugar, el candidato chavista a Maracaibo afirma con letras de miles de colores y sin referencia al chavismo que la ciudad renacerá, suponemos que de la propia hecatombe que causó su partido. Georgette Topalian, en Baruta, ha eliminado toda referencia a Chávez y el PSUV: viste verde copeyano, con fondos rosas o azules.

Propaganda de Georgette Topalián para las parlamentarias del 2015 y para las regionales del 2021

El candidato chavista a Nueva Esparta ahora viste de azul. El candidato de Nueva Esparta, viste rosa con fondos azules y verdes. Los independientes por Lacava muestran afiches azules y beige con hombres en camisa y adolescentes cargando yorkshire terriers. Una modelo, en vestimentas estilosas, lo promociona en su video. La oligarquía roja ahora proclama: “Venezuela tiene con que”, pero la valla es tricolor. Se acabó lo monocromático. Chavismo burgués.

La clase media por Lacava

Alacranes del mundo, ¡Uníos!

También estamos viviendo la primavera de los alacranes: una nueva bandada de la “oposición” que, a cambio de cargos formales desprovistos de verdadero poder o beneficios económicos, ha rendido la posibilidad de una transición a la democracia para servir como ‘oposición prêt-à-porter’ en la fachada democrática que pretende el régimen. Conglomerados en la “Alianza Democrática”, la gemela malvada de la Mesa de la Unidad, quienes trataron de usurpar la Asamblea Nacional hace un año ahora lideran copias idénticas –creadas por obra y gracia del TSJ– de los partidos de oposición: un falso Acción Democrática, un falso Copei, un falso Voluntad Popular, un falso Un Nuevo Tiempo, un falso Bandera Roja, un falso Movimiento Ecológico, un falso NUVIPA, un falso Primero Justicia (llamado Primero Venezuela), etc., etc. Y el verdadero Avanzada Progresista, el partido de Henri Falcón.

Así, vemos a Falcón caminando entre una multitud con un vaso de cerveza y un sombrero azul para luego –ante el grito de “¡Henri! ¡Henri! ¡Henri!”– beber rápidamente del vaso y lanzarlo hacia arriba, dándole una ‘lluvia de oro’ a sus militantes.

En Distrito Capital, Antonio Ecarri –que ha recurrido a la falsa equivalencia de igualar a la MUD con el chavismo– camina por la Plaza Bolívar prometiendo encarnar a Uslar Pietri: da un recuento histórico, desde el cacique Tamanaco pasando por los próceres hasta el albor del siglo XX, en el cual él –por supuesto– es el fin de la historia.

Y en El Hatillo, intentando hacer una Irene Sáez de mala calidad, el Acción Democrática alacrán tiene como candidata a la Miss Mundo chavista Ivian Sarcos para la alcaldía. Similarmente, en Chacao, Gloria Pinho –una jueza televisiva en Venevisión Plus, al estilo doctora Polo– explota también la figura de Sáez: con el apoyo de las copias de AD y Copei, vaticina “el regreso de una mujer a la alcaldía”. ¿Resolverá los problemas vecinales en su programa televisivo? ¡Los árboles de Los Palos Grandes no serán talados! ¡Caso cerrado!

Algo bueno está pasando (de verdad)

Pero, a pesar de todo, las elecciones difuminan la neblina del camino y revelan la visión retorcida que la clase política –las mil formas de chavismo– tiene de los ciudadanos a los que promete servir y representar: la ciudadanía como una población de paupérrimos bufones, de imbéciles y descerebrados, que encantarán, que comprarán, que manipularán, que joderán, que robarán, con sus versiones personalizadas de canciones de reguetón, sus jingles incesantes, su bombardeo de afiches y consignas en cada minúsculo espacio, sus espectáculos burlescos, su griterío, sus regalitos, sus lluvias de cerveza y todo su circo de mamarrachadas y burlas cínicas y arrogantes. No sorprende, por ello, la apatía general –el desencanto, la desconexión– que ahora reina en Venezuela.

Y no somos bufones. Lo vemos todo, lo entendemos todo: como las caras molestas y cansadas de quienes reciben regalos. “No voy a votar por nadie”, me dice una señora de un barrio en Catia: “A todos esos solo les interesa llenarse los bolsillos”.

Pero no todo es terrible. Quizás, haya pequeños logros en algunas entidades administrativas: que los concejales, por ejemplo, sirvan de resistencia contra alcaldes y liderazgos dudosos. O quizás, en un extraño momento esclarecedor, los dirigentes de una oposición desgastada entenderán que retomar las actividades políticas, la movilización, la creación de redes locales y el proselitismo de ideas será sumamente necesario para evitar otra debacle ante la posibilidad de un referendo revocatorio o unas elecciones presidenciales en 2024.

O entenderán, en otro momento esclarecedor, que el medio y el mensaje requieren urgentemente una transformación: que no somos bufones, que no queremos escuchar más consignas, que no queremos espectáculos, no queremos jingles, no queremos trilladas frases como “Política con P mayúscula” y “hay que hacer una gran movilización de todos los sectores” y no queremos ver más la prostitución interminable de la palabra cambio.

O entiendan, como dice el columnista Luis Peche, que “la unidad a la que aspiramos para enfrentar el régimen y buscar una solución para nuestro país debe tener límites éticos para que pueda ser funcional. De nada nos sirve buscar y aglomerar dirigentes por cantidad si haciéndolo solo incorporaremos nuevos ‘caballos de Troya’ que nos traicionen en un futuro”.

Pero, sobre todo, hay otra gran victoria en el antro electoral: el surgimiento de nuevos liderazgos jóvenes, esforzados y creyentes de sus ideas, que finalmente permitan que entre un aire fresco; caras juveniles, limpias del escándalo y la arrogancia de señor feudal de la clase política contemporánea, que nos asoman que sí existe la posibilidad de una Venezuela mejor.

Más allá de los reguetones electorales, de la cerveza voladora, de los candidatos vampiros o duchándose, hay un Gabriel Santana: candidato a concejal en la Alcaldía de Chacao– con su impecable estrategia comunicacional, sus propuestas pragmáticas (distantes de las fantasías que promueven muchos candidatos de la oposición) y su interés en situaciones desatendidas como la tala de árboles de Chacao. O hay un Andrés Schloeter, candidato por la MUD para el municipio Sucre, que se ha dedicado a una política inclusiva y entregada a que mejore la calidad de vida de un municipio tan retador. Y hay un Roberto Patiño, quien aspiró a ser candidato de Libertador y se ha dedicado a mitigar la hambruna en varios municipios por medio de su ONG. Y hay –de la misma forma– una Yeissel Pérez, un Orlando Chacón, una María Pereira, un Antonio Tarrazzi y una Stefany Gónzalez: y muchos, muchos, más.

Por ellos -y por todos los gremios, personajes y organizaciones de la sociedad civil que no han tirado la toalla ante la monstruosidad- no todo está perdido. Así, entre las pilas de la mugre y entre las ruinas del circo, surgirá un respiro nuevo desde la resaca del antro electoral.

Sé que soy optimista, pero creo que algo bueno está pasando.

 

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