El disimulo

No es necesario cavar muy hondo para poder extraer la conclusión: los experimentos comunicacionales ensayados desde el gobierno, salvo algunas excepciones, vinculadas directamente a la figura de Hugo Chávez, han constituido un rotundo fracaso en materia de audiencia.

El disimulo

Una suma de canales y periódicos predecibles y monocordes, que sumados todos no sobrepasan los diez puntos en el share de sintonía, y que completan la parábola del sectarismo intrascendente y militante.

A nadie debe sorprender tal circunstancia. El grueso de la dirigencia chavista está integrada por funcionarios medianos que militan en la extrema izquierda, atrapada por un elástico y gelatinoso atajo de prejuicios, que si se expresan con claridad en el campo de la información, toman un enorme e inadvertido aliento en el terreno del entretenimiento. Los chavistas son, por repetitivos, terriblemente aburridos. No tienen tema de conversación. En rigor, no saben hablar de alguna cosa distinta de la revolución que afirman estar protagonizando.

El alto gobierno pensó que alguna vez podría ser posible cooptar la atención de las masas apoyándose en sus medianos ensayos comunicacionales, afincados en una vulgata marxista completamente superada.

En virtud del fracaso que glosamos, y al corriente del costo político que entraña la censura abierta, los funcionarios oficiales han decidido transitar una ruta secreta, algo más larga, pero definitivamente mucho más efectiva: salir a hacer mercado. Comprar medios, artistas, directores de firmas encuestadoras, diputados, y, ocasionalmente, periodistas. Una ejecución que suele ser tercerizada, y que se apoya en capitales amigos, financieros en ocasiones, deseosos de ser útiles con el poder y siempre dispuestos a ejecutar la encomienda.

Con ello el chavismo viola las leyes que ha promovido, y violenta lo que se supone que son sus principios: la propia Ley de Bancos impide a los empresarios del mundo financiero participar en este proceso de traspaso de activos. Claro: resulta que el asunto es un secreto. El país no sabe quienes son los nuevos dueños de algunos de los medios más importantes del país. Algunos casos, como el del rotativo Ultimas Noticias, y su director, Eleazar Díaz Rangel, son particularmente patéticos.

Lo que sí queda claro es que son los protagonistas del estado general de disimulo que impera en este momento. La paradoja, sin embargo, es la misma: los números no mienten. El enfermo no mejora. El público no se toma en serio estos amagues. El panorama mediático nacional está cercano a una brusca metamorfosis, que revolucionará el consumo de información, y los medios que ha comprado el chavismo forman parte de esta crisis.