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Elecciones midterm: ¿qué pasa si el partido de Trump pierde?

La presidencia no está en juego, pero el 3 de noviembre el Partido Repúblicano va a unas elecciones "de mitad de mandato" con la popularidad de Trump afectada, entre otras cosas, por la inflación en Estados Unidos

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Después de una semana intensa de elecciones —desde la victoria insuficiente de Netanyahu en Israel hasta la remontada de Lula en Brasil, con fuga de Bolsonaro incluida, pasando por el gran resultado europeísta en Serbia con la derrota del prorruso Vucic—, ahora le llega el turno a EEUU.

Todas las elecciones son importantes, pero la del martes que viene, las legislativas de mitad de mandato, es trascendental para ese país y para el mundo. Si los sondeos aciertan y los demócratas logran el control de la Cámara de Representantes —el Senado es más complicado, pero no se descarta—, la Casa Blanca va a tener profundos baches en el camino a las presidenciales de 2028 y el país va a experimentar nuevas tensiones. Un 63% de norteamericanos creen que el país va en la dirección equivocada.

El nombre de Trump no está en las papeletas, pero eso es lo de menos. En primer lugar, las legislativas de mitad de mandato son un referéndum sobre cómo lo está haciendo la Casa Blanca, un referéndum sobre el presidente. Lo habitual es que gane las elecciones la oposición, los que están en contra del partido que ocupa la presidencia. A esto hay que sumarle las pésimas encuestas de Trump: su popularidad está en el 32%, y es él quien se ha empeñado en ponerse en el centro de estas elecciones.

El valor de los sondeos generales es limitado, de todas formas. Las legislativas tienen sus propias normas, sus matices entre los estados y los distritos, y ahí los republicanos tienen algunas ventajas. Pero hay un denominador común en estas elecciones: el enfado de los ciudadanos con la inflación y el precio de los combustibles, por las nubes debido a la catastrófica intervención en el Golfo Pérsico —comenzó el 28 de febrero y todavía no ha concluido, con lo que el estrecho de Ormuz sigue semiparalizado— y a los destrozos que los drones ucranianos han causado en las infraestructuras petroleras rusas.

Trump, que bate todos los récords de comentarios delirantes que sugieren un probable deterioro cognitivo, ha dicho que si ganan los demócratas, EEUU arderá como Francia. Es una campaña —no hace falta explicar mucho sobre esto si se conoce la situación política española— en la que la verdad y la mentira se confunden y el poder utiliza todos los recursos a su alcance para tratar de atemorizar a la población.

Y no es extraño que Trump —o cualquier otro dirigente que quiera evitar las consecuencias políticas de una derrota, y que teme lo que puede venir de las investigaciones parlamentarias y de los tribunales— se emplee a fondo para tratar de evitar la derrota de los suyos. El control de las cámaras es fundamental para aprobar presupuestos, para cualquier reforma fiscal y para los nombramientos, además de ser clave para poner en marcha las comisiones de investigación. Perder la mayoría en el legislativo es una catástrofe para la Casa Blanca.

Además, están los ajustes internos de cuentas. Trump tendrá ya a estas alturas una larga lista de nombres a los que culpar en caso de derrota. La cohesión de los dos últimos años saltará en pedazos si los resultados son adversos; ya ha empezado a quebrarse en las últimas semanas, con filtraciones y despidos. El espectáculo más increíble ha sido la salida de la nueva secretaria de prensa del presidente, Katie Zacharia, después de cinco días en su puesto. Lo nunca visto. Toda una señal de las improvisaciones, el nerviosismo del círculo presidencial y la crisis de autoridad de Donald Trump. Lograda a pulso, por cierto.

Elecciones: y si…

Si los republicanos solo pierden el control de la Cámara de Representantes —en la que se renuevan sus 435 miembros—, los demócratas podrán bloquear cualquier iniciativa relacionada con nuevas rebajas de impuestos y grandes paquetes económicos, reactivarán investigaciones frenadas y pondrán en marcha otras nuevas, además de poder activar el mecanismo de impeachment o destitución.

Si los demócratas ganan también el Senado —la renovación alcanza solo a un tercio del centenar de miembros—, el juego ya sería otro totalmente distinto. Trump seguiría siendo presidente dos años más, pero se vería obligado a negociar cualquier ley ordinaria y cualquier presupuesto. Su principal arma sería el veto presidencial de bloqueo, salvo que la oposición lograra una mayoría cualificada en las cámaras.

Por desgracia —y siempre en caso de que los sondeos acierten, porque hasta el 3 de noviembre faltan unos días, y puede pasar cualquier cosa—, una eventual derrota de los republicanos no alterará la política exterior de Trump, que ha roto casi todas las líneas básicas de consenso del último medio siglo. Pero seguramente habría más posibilidades de resolver la guerra de Oriente Próximo y quizá se pudiera frenar la política pro-Putin en la guerra de Ucrania, además de mejorar —no es difícil, dada la situación actual— las relaciones con Europa.

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