Esta fue la llamada que recibí a las 20.30 del viernes. Primero pensé que se trataba de esas llamadas en las que te dicen que un familiar o amigo está secuestrado y te piden rescate. Por mi cabeza pasó aquella persona que me hace más vulnerable. Entré en pánico. Seguí escuchando y entendí. O mejor dicho, entré aún más en pánico, porque no entendía de dónde sacaron mi número –no sé quién es A.-, y por qué me llamaban a mí, que no he cubierto nunca la fuente de sucesos, no he visto una cárcel en mi vida ni he pisado la Morgue de Bello Monte.
Hablé con un periodista de sucesos para contarle. Me explicó con la voz calmada de quien ya tiene la piel curtida en estas lides: “Es normal”.
Un motín en una cárcel porque los presos piden mejorar las condiciones en las que están.
El secuestro de la directora de la prisión por parte de los reos para hacer llegar éstos sus solicitudes.
La plomazón de la Guardia Nacional a los presos para contenerlos.
Que varias horas después del suceso aún no hubiera autoridades que informaran sobre el caso. Nadie de la Guardia Nacional Bolivariana, ni del Ministerio del Poder Popular para el Servicio Penitenciario. Por televisión, radio, Twitter, lo que sea. Llamar a varias ONGs y que atiendan con desgana, nadie se haga cargo del tema o digan “esa no es mi competencia”.
Que un preso o un familiar llamen a un periodista o le pasen mensajes de texto para que, si tiene a bien publicarlo, los venezolanos sepan qué está pasando en una cárcel nacional.
Que haya arsenales dentro de las cárceles con la aquiescencia de las mismas autoridades que salvaguardan nuestras vidas; que sean micro Estados basados en la ley del más fuerte y del que más plata tiene; que la utopía de que los presos entran allá para ser rehabilitados y luego reinsertados en la sociedad haya degenerado en lo que hoy son universidades del crimen donde salir licenciado de malandro suma cum laude.
Perdonen, señores, pero no. No es normal.