El mandamás de la FVF es un gran estratega político; no hay indicio alguno que nos lleve a pensar que toda la fuerza que ha ido acumulando a través de los años sea producto de la casualidad. Inspirado en la frase de Michael Corleone (interpretado por Al Pacino en el film El Padrino) que invita a mantener cerca a sus amigos, pero aún más cerca a sus enemigos, su estadía en la cima ha sido una lucha permanente: a lo largo de todos estos años (1988-2015) ha sabido derrotar a sus contrincantes hasta el punto de convertirlos en simples y pobres seguidores de su causa. ¿Cómo? Al más puro estilo de Corleone, sin amenazas ni gritos; les enseña lo solitario y oscuro que puede ser el mundo sin él.
La historia se repite sin que los nuevos protagonistas se den a la tarea de estudiar el pasado. Cada uno de ellos, en una muestra de soberbia casi similar a la de los constructores del Titanic o la Torre de Babel, creen que una vez dentro del organigrama federativo pueden establecer algunas alianzas que ayuden a combatir, y eventualmente derrotar, al eterno presidente. No reconocen el animal político al que adversan y este, casi como un ser superior, juega a los dados y se divierte con las actuaciones de aquellos a los que ha dado algún protagonismo.
La pronta eliminación de la Sub-20 venezolana ayuda a comprender esto que escribo. Mientras un proyecto juvenil criollo fracasaba -al mando de un entrenador apuntalado y apoyado por alguno de sus viejos detractores-, Rafael Esquivel le recordaba sutilmente a la audiencia quién es el que manda. A su regreso de Asunción, Paraguay, donde estuvo participando en el Comité Ejecutivo de la Conmebol, el presidente no hizo alusión alguna a la eliminación de la Sub-20 ni al pobre desempeño de ésta; se dedicó a rememorar que su cruzada, su lucha por modificar el calendario de las eliminatorias al mundial, por fin había encontrado el éxito, y que todos, en Venezuela y en Sudamérica, deberíamos estar agradecidos por su entrega y dedicación a una tarea que parecía estar reservada para elegidos como el “Llanero Solitario”.
Esquivel es así: usa su poder para conquistar su perpetuidad; le da caramelos a quienes se creen mejores que él para luego disfrutar con su indigestión. No olvida, no perdona ni deja pasar nada; su carrera, basada en el viejo axioma “divide y vencerás”, es un monumento a la estrategia y la dominación del rival. Reconoce a sus enemigos pero jamás les dará la importancia que estos desean. Todos conspiran y todos fracasan; cada uno de ellos ha pasado por el doloroso trámite que significa caer y volver a casa del jefe con el rabo entre las piernas. Con cada derrota, el viejo zorro les recuerda que no es suficiente aspirar mayores cuotas de poder sino que se requiere tener una idea muy clara de qué hacer con esos privilegios, y que estos señores no tienen las virtudes necesarias para estar a la altura de semejante disputa.
Es por ello que nadie lo puede vencer. Hasta el mismo César Farías, hijo de este sistema, sabe que hasta que el oriundo de Tenerife quiera, o la naturaleza intervenga –no crean los falsos rumores acerca de la salud del pope- nada va a cambiar en las oficinas de la FVF. Y lo que es más grave: no hay un candidato a sucederlo que posea las herramientas para modificar la telaraña de sospechas, miedos, obstáculos y amistades que ha construido el presidente en estos últimos veintisiete años.
Séneca, filósofo y político romano, llegó a afirmar que “el poder y el despotismo duran poco”. Queda claro que el fútbol no era materia a considerar en el imperio romano, así como que aquellos que deseaban el poder se preparaban para ejercerlo, no solamente para obtenerlo. Mientras estas luchas recuerdan a una partida de ajedrez –con Esquivel como un Bobby Fischer en permanente evolución-, ninguno de los protagonistas de esta historia parecen acordarse del juego que les dio protagonismo: el fútbol venezolano.
El poder embriaga, el poder transforma. El fútbol, desde la perspectiva de estos señores, es sólo una herramienta para acercarse a ese poder que todo lo puede.