Como suele ocurrir (parte 1), pocas Adrianas Azzis o analistas serios previeron la aparición del Ejército Islámico, que difícilmente se trata de un pequeño problemita que será resuelto a corto plazo por los drones de Estados Unidos, sus aliados en la OTAN y en la región e incluso por sus no aliados como Irán.
Como suele ocurrir (parte 2), nuestra primera reacción como occidentales es el “ahí viene el lobo”, el horror (¿recuerdan al Ébola?, antes que la comprensión. No queda duda de que el Ejército Islámico, en buena parte, es una respuesta a aspiraciones que no quedaron satisfechas luego de la denominada Primavera Árabe. Y de aspiraciones que, en general, no están siendo satisfechas en el tercer mundo, mientras los países desarrollados avanzan en terrenos como la inteligencia artificial o la manipulación genética.
El Ejército Islámico asusta, claro que sí, y a mí me asusta mucho.
Pero en ese 50% de Siria y 25% de Irak (¿caerá luego Líbano?) ocupado por las fuerzas del EI, hasta que se me compruebe lo contrario, siguen viviendo personas que cotidianamente hacen más o menos lo mismo que nosotros: ponerse las sandalias, comer, pensar, ir al baño, comerciar, reproducirse, enfermarse, morir. Dudo que sus vivencias diarias consistan solamente en una interminable contemplación de espectáculos de decapitaciones de infieles y martillazos a antiguas reliquias babilónicas.
Más allá de sus extremismos y horrores, quitarle a los integrantes de Ejército Islámico (y a quienes viven bajo su control) la calificación de seres humanos es una simplificación y facilitación del pensamiento que no pienso cometer. Que me perdone también el criminólogo Fermín Mármol García, que sostiene que en Venezuela ha surgido una nueva casta de delincuentes llamada los “coco seco”, no-humanos, zombis descerebrados así sin más ni menos, lo que automáticamente nos libra del penoso trabajo de acercarnos a analizar su universo de motivaciones y valores.
Preguntas que me hago hoy sobre el Estado Islámico. Ayúdeme, si quiere, a reflexionar sobre posibles respuestas:
1. A largo plazo, ¿esto que se está ha formado en una franja ininterrumpida entre Irak y Siria será un nuevo Estado que forzosamente tendrá que ser reconocido en algún momento por las Naciones Unidas?
2. De la misma manera, ¿será aceptado algún día el Ejército Islámico por la FIFA y el Comité Olímpico Internacional? ¿Disputará las eliminatorias de los Mundiales de Rusia 2018 y Qatar 2022? ¿Jugará con un uniforme negro, como su bandera, a pesar del calorón?
3. A mediano plazo, en el peor de los escenarios, ¿asistiremos a la creación de un imperio islámico extremista que se extenderá por vastas áreas de Asia y África y amenazará a la civilización occidental y al sistema organizado de naciones que conocemos?
4. ¿Cómo es hoy la cotidianidad de los ciudadanos comunes y corrientes que habitan en las porciones ocupadas por el Ejército Islámico en Irak y Siria? ¿Cómo son sus sistemas de distribución de alimentos, servicios públicos, finanzas y aplicación de justicia? ¿Qué pasa sí, a pesar de todos nuestros prejuicios de horror, esas personas comunes y corrientes se sienten más satisfechas con su calidad de vida actual (como quiera que sea definida “calidad de vida”, lo que incluye también aspiraciones espirituales, religiosas y sociales) en comparación con el pasado?
El Estado Islámico llegó, y creo que para quedarse un buen tiempo. Haríamos bien en comprenderlo.