Chile: el reclamo de #justiciaparalvarito y la xenofobia real
El terrible accidente ocurrido a un niño en un colegio chileno fue manipulado para atizar la xenofobia contra los venezolanos

El terrible accidente ocurrido a un niño en un colegio chileno fue manipulado para atizar la xenofobia contra los venezolanos

Nada de lo que diga aquí podrá borrar el daño ya hecho. La xenofobia no tiene retroceso, tampoco control Z. Es un camino de una sola vía: el odio avanza y la estigmatización queda clavada en el imaginario colectivo, como una herida que no sana. Los titulares que incendian, las palabras que sobran, los rumores que no se desdicen con la misma fuerza con que se lanzaron… todo eso ya ocurrió, y lo peor es que persistirá. Pero como soy venezolano, igual lo diré, porque ser venezolano es un poco sisifesco: así que toca seguir empujando la roca, aun sabiendo que más pronto que tarde, volverá a rodar cuesta abajo.
14 de octubre de 2024: Álvaro, niño de 10 años con TEA, sufre un accidente en el colegio. La dirección describe el hecho como un “accidente escolar” en el que un compañero lo empuja y él termina cayendo sobre un tubo de una estructura metálica, resultando gravemente herido.
4 de diciembre de 2024: El medio BioBio Chile publica una noticia —dos meses después del accidente— cuyo titular utiliza el término «empalado» para referirse a lo que le ocurrió al niño y atribuye a la madre de Álvaro la afirmación de que los responsables eran compañeros de colegio venezolanos.
6 de diciembre de 2024: El colegio desmiente que haya extranjeros involucrados y califica el hecho como un accidente escolar.
7 de diciembre de 2024: La familia de Álvaro emite un comunicado aclarando que nunca mencionaron la nacionalidad de los menores involucrados y lamentan la tergiversación de sus palabras.

Lo ocurrido fue una tragedia desde todo punto de vista. Un niño de 10 años, con TEA, sufrió un accidente que dejó su vida y la de su familia marcadas para siempre. Pero como si el sufrimiento no fuese suficiente, la cobertura inicial agregó capas de distorsión y daño.
El titular que usó la palabra «empalado», aunque médicamente pueda ser correcto, es periodísticamente inmoral.
«Empalamiento» no es solo un término médico; es una palabra cargada de historia, violencia y horror. Trae consigo imágenes de tortura, actos deliberados y crueldad máxima. Usarla en el titular de un accidente escolar en el que niños están involucrados, sin ofrecer un contexto adecuado, no es solo cuestionable: es irresponsable.
En el imaginario colectivo «empalamiento» implica intención. Es una palabra que desborda lo clínico y se instala en lo moral. Los lectores —la mayoría no pasará del titular o de lo que exhiba como trofeo alguna cuenta anónima en X— no verán un accidente; verán un crimen premeditado. Esto se agrava porque el término no vuelve a aparecer en el cuerpo del artículo, contraviniendo principios básicos de redacción periodística. Según estándares como los del Manual de Estilo de El País o el Manual de Redacción de la BBC, un término con tanto peso semántico debe explicarse y sustentarse en el contenido. Su ausencia en el desarrollo del texto refuerza su carácter sensacionalista.
Entonces, ¿por qué usarlo en el titular? La respuesta es obvia y dolorosa: porque decir que un niño fue “empalado” genera clics.
Pero no se trata solo de las visitas necesarias para monetizar una campaña de banners, quizá sea algo más profundo. Se ha vuelto un chiste en redes sociales decir que los venezolanos siempre decimos que todo lo que no nos gusta es xenofobia. Y es cierto: que te multen por conducir sin licencia no es xenofobia, que te reclamen por poner música a todo volumen tampoco.
Pero, ¿qué pasa cuando sí está presente el elemento de la xenofobia?
¿Es posible que la periodista y el medio que publicaron esta nota tengan una agenda xenófoba? Esa pregunta es válida cuando se observa cómo el término “empalado” fue estratégicamente acompañado de la todavía por comprobar nacionalidad de los responsables.
Esto no es solo sensacionalismo: es parte de una narrativa que buscaba alimentar un discurso antivenezolano, aprovechando el dolor de una tragedia para perpetuar prejuicios y atizar un odio que hace rato se ha instalado en la mayoría de los medios de comunicación.
En un clima de creciente inseguridad en Chile, se hace demasiado obvio que cuando un delito involucra a inmigrantes —y especialmente a venezolanos— se recalca su nacionalidad. Sin embargo, cuando los responsables son chilenos, ese dato suele omitirse. Esta diferencia en el enfoque no solo estigmatiza, sino que también construye una percepción sesgada que culpa de manera desproporcionada a las comunidades migrantes de los problemas del país.
Cuando los medios priorizan la espectacularidad sobre la verdad no solo fallan en informar: activan dinámicas peligrosas que afectan vidas reales.
En este caso, el Liceo Cervantes, donde 70% de los estudiantes son inmigrantes, principalmente venezolanos, se convirtió en el epicentro de una narrativa tóxica. El viernes pasado, un grupo de personas, autoconvocadas a través de X —pareciera que X es el peor país de Chile—, se manifestó frente al colegio, no contra el bullying ni exigiendo medidas para proteger a los niños, sino protestando directamente contra la nacionalidad de sus alumnos. Este acto expone cómo una narrativa irresponsable puede transformar un espacio destinado a la educación en un blanco de odio y rechazo.
Lejos de reconocer el valor de un lugar que apuesta por la inclusión y la diversidad, el dato de que la mayoría de sus estudiantes son migrantes se usó en redes sociales como un arma para discriminarlos.
Los niños migrantes, que ya enfrentan los retos propios de la migración y la adaptación, ahora cargan con el peso de una narrativa injusta y peligrosa.
Algunos piden abiertamente que se cierre el Liceo Cervantes, al que llaman despectivamente «secta globalista» o «fábrica de delincuentes». Este discurso estigmatiza a los estudiantes y revela un contrasentido preocupante: privar de educación a niños migrantes no sería más que acelerar el camino hacia aquello que tanto temen. Una escuela que cierra sus puertas deja a los más vulnerables sin herramientas ni oportunidades, sembrando las condiciones perfectas para perpetuar la exclusión que, según ellos, buscan evitar.
Desde que llegué a Chile hace casi diez años, siempre he escuchado aquella evocadora consigna: «El Mercurio miente». Una frase grabada en la memoria colectiva que señala el rol de ciertos medios durante la dictadura y su control de la narrativa para invisibilizar o manipular hechos clave de la historia del país. Ahora veo con tristeza que esto ya no es exclusivo de un periódico ni de un momento histórico. Hoy parece ser una práctica más amplia y arraigada, transversal en la era de los clics y la viralidad.
Medios que deberían representar una evolución hacia un periodismo ético y responsable cayeron en los mismos vicios. Manipulan, tergiversan, omiten y construyen narrativas que perpetúan prejuicios y alimentan odios. La consigna, que antes apuntaba a un periódico en particular, ahora aplica a muchos otros que sacrifican la verdad en el altar del sensacionalismo.
Atribuirle a la madre de Álvaro declaraciones que ella misma negó haber hecho no es un simple error editorial: es una mentira. Incluso si los niños resultaran ser venezolanos, la periodista mintió.
Hoy las consecuencias son devastadoras: un niño y su familia enfrentan un dolor inmenso mientras una comunidad entera, la migrante, se convierte en el blanco de un discurso de odio que, por desgracia, parece no necesitar más que un titular malintencionado para propagarse como un incendio incontrolable.
Uno que recuerda las llamas devastadoras que arrasaron la región de Valparaíso a principios de este año, dejando un trágico saldo de 137 muertos y miles de damnificados. En aquel entonces, como ahora, las redes sociales señalaron de inmediato a migrantes venezolanos como los responsables. Pero no lo fueron. Y no solo no lo fueron: los culpables resultaron ser bomberos y brigadistas que, en un acto de insólita codicia, iniciaron los incendios de manera deliberada para generar más horas de trabajo remuneradas combatiendo el fuego, recordando irónicamente a los bomberos quemaban libros en la novela Fahrenheit 451, quienes traicionaron el propósito original de proteger y preservar para convertirse en agentes de destrucción.
El daño, como en aquella tragedia, ya está hecho y no se puede deshacer. Porque el odio, como un incendio provocado, necesita poco para expandirse y mucho para apagarse. Pero quedarse en silencio sería rendirse. Y rendirse nunca ha sido una opción para quienes, como yo, creemos que, pase lo que pase, hay que seguir empujando la roca.