"Obsesión", del amor al terror
Un deseo barato, un corazón desesperado y una novia que haría quedar bien a Glenn Close. Curry Barker debuta con “Obsesión”, una historia tan antigua como el miedo a conseguir lo que uno quiere

Un deseo barato, un corazón desesperado y una novia que haría quedar bien a Glenn Close. Curry Barker debuta con “Obsesión”, una historia tan antigua como el miedo a conseguir lo que uno quiere

“Obsesión”, la ópera prima de Curry Barker, tiene varias escenas tan incómodas que resultan casi repugnantes. Y todo por llevar al extremo una lección que la literatura de terror lleva enseñando desde 1902: cuidado con lo que deseas, porque en el cine de terror siempre será para mal.
Barker toma la premisa y evitando caer en el cliché de la obsesión convertida en arma, construye algo que se siente fresco, genuino y, en sus mejores momentos, deliciosamente perturbador. “Obsesión” es terror con humor negro en un certero equilibrio, una película que explora la torpeza cotidiana y termina en un territorio francamente inquietante. En especial, por la brillante decisión de ser algo más que un juego del gato y el ratón entre amantes trágicos.
En lugar de eso, la trama profundiza en el consentimiento, el abuso, los límites de la intimidad y hasta hace guiños a la subcultura incel y red pill, todo con la capacidad elegante de subvertir clichés y hacerse más terrorífica por minutos. El director y guionista (que llega directamente del mundo de los sketches de YouTube), tiene la suficiente habilidad para construir un delicado equilibrio entre lo burlón y lo terrorífico.
Pero aún más interesante, demostrar que el terror en estado puro, tiene una relación directa con lo que se esconde bajo la vida cotidiana, con la simple maldad del ser humano. Todas ideas que Barker maneja con sorprendente habilidad.
El centro de la historia de «Obsesión» es Bear (Michael Johnston), un empleado de una empresa de partituras musicales que tiene el problema romántico más universal del mundo: está completamente enamorado de alguien que lo ve como un buen amigo. Esa alguien es Nikki (Inde Navarrette). Y cuando decimos completamente enamorado, hablamos del tipo de desesperación que reconocerá cualquier persona que haya sobrevivido la adolescencia.
Observando el drama con diversas dosis de preocupación están Ian (Tomlinson) y Sarah (Megan Lawless), quien, en un giro nada sorprendente pero bien ejecutado, también guarda sentimientos por Bear en secreto.
El cuarteto funciona y la dinámica grupal tiene la textura de algo real, lo que hace que lo que viene después golpee con más fuerza. Mucho más cuando Bear tome la decisión accidental de finalmente, lograr que Nikki se fije en él a través de un método extremo: la magia. O más terrorífico todavía: un deseo mágico capaz de doblegar la voluntad humana.
Bear encuentra el objeto en cuestión en una tienda de artículos curiosos y parte de la efectividad del giro, es que el director lo plantea como un accidente menor. Se trata de una especie de versión de los habituales objetos malditos, pero más barata y simple. Pero una que promete cumplir lo que uno pida si se rompe por la mitad. Precio: 6,99 dólares. Spoiler inevitable: funciona.

Por lo que el personaje, en un arrebato de deseo infantil, le pide que Nikki lo ame más que a nadie. El resultado es inmediato. Nikki cambia casi al minuto siguiente con un amor absoluto, apasionado y total. Hay una voracidad en ella que Bear no esperaba y que, al principio, tampoco rechaza. Y de hecho, esa será su perdición.
Porque Bear no es una víctima: es cómplice y un abusador en potencia que, como la cinta relata sin caer en el subrayado, violentó el consentimiento de Nikki y la deshumaniza. La película no lo absuelve. En lugar de eso, Johnston tiene el mérito de retratar a su personaje sin la armadura de la simpatía fácil: Bear puede ser patético, puede ser egoísta, puede mirarse al espejo y no gustarle demasiado lo que ve. Mezquino, mediocre y secretamente violento, el personaje logra subvertir la idea de un héroe o de un villano. En realidad, y como “Obsesión” deja claro, es víctima de lo peor de sí mismo a una escala desconocida.
Pero el corazón de “Obsesión” es Navarrette. Su Nikki hechizada es un monstruo que se convierte en uno frente a la cámara. Por lo que la actriz calibra con precisión el punto exacto dónde el amor intenso deja de parecer romántico y empieza a parecer una amenaza. Y lo logra sin caer en la caricatura.
Cuando hay breves destellos de la Nikki original (confundida, indefensa, ajena a lo que está ocurriendo), el personaje despierta compasión. Pero cuando no, es una criatura híbrida entre lo terrorífico y lo denigrante, que convierte a la noción del amor en algo ponzoñoso y en una amenaza cada vez más retorcida.
Algo que lleva a la cinta por terrenos nuevos e ingeniosos. Porque en realidad, lo que “Obsesión” disecciona con inteligencia es el territorio oscuro de las relaciones disfuncionales. El amor que controla, que sofoca, que no distingue entre cuidar y poseer. Barker toma esos patrones reconocibles y los amplifica hasta el absurdo primero, hasta el horror después.
No es una metáfora sutil, pero tampoco pretende serlo. La película sabe exactamente qué es: un cuento moral con dientes afilados y bastante sangre. Y sobre todo, con un final terrorífico que deja claro el centro de su argumento: cuidado con lo que deseas, el dios equivocado te puede escuchar.