De que están pasando cosas importantes no puede caber duda. Eso es lo único seguro. De resto, es todo ruido. La estridencia de los voceros de Trump, las declaraciones del tipo “haremos lo que haya que hacer”, que dejan la mesa servida para interpretaciones sustentadas más en anhelos que en datos verificables. El coro de “periodistas” YouTubers que monetizan con la crispación, los canales que solo buscan entrevistados que especulen para satisfacer su hambre de sesgo de confirmación y para aumentar el rating, las cuentas anónimas en X con licencia para postear locuras.
Algo está ocurriendo, eso es cierto. Estamos en medio de uno de esos “momentos” de desenlace abierto. Y cuando “la gente” –esa abstracción- quiere y necesita informarse, lo que más encuentra es ese alud bajo el cual sucumben la mesura, la información concreta, la verdad, si es que acaso hay una.
Es la hora de las manipulaciones. Las que impulsan esos que atizan el fuego de las ilusiones: al fin vienen a resolvernos los problemas. Y las de quienes tienen el poder real y tratan de hacer lo que saben: aprovechar la excusa de la amenaza para activar la purga, la eliminación, al mismo tiempo que exaltan el patriotismo de banderitas y consignas para concentrar a los suyos y a los que dudan.
El revuelo en las pantallas, sin embargo, no tiene un correlato en la calle más allá del “coño, ¿y qué irá a pasar?” o del “hay que alistarse, firma aquí”. La vida sigue aunque esos barcos se acerquen y no a las “costas de Venezuela” como insisten forzando el GPS. Están allá, en aguas internacionales o en las zonas marítimas de países a cuyos puertos llegan –o llegarán- con el permiso de sus anfitriones y aliados.
En la calle, en el barrio, en la urbanización, en el café de la panadería, el objetivo es conseguir los billetes para pagar el mercado, la luz, la conexión, el pantalón, la lista escolar, la cuota de Cashea, la curda del viernes en la noche. No hay movilizaciones, ni protestas, ni presiones, ni actos en la plaza, salvo los que hace el propio gobierno con los empleados públicos y sus influenciadores.
Mientras tanto, los supuestos hiperinformados se desgañitan. Parece que algunos saben más sobre lo que hay en la cabeza de Trump que su propio terapista (¿lo tiene?). Otros seguramente tienen el poder de colarse fantasmales en Miraflores, en los cuarteles y dicen saber todo lo que ocurre –fulano no puede dormir- desde Miami, Madrid, desde dónde sea que estén encerrados en sus estudios de grabación hacen viajes astrales a Fuerte Tiuna y a la Casa Blanca para concedernos luego el privilegio de sus análisis y vaticinios.
Saben tantas cosas, tantos detalles. Es como si lo vieran todo con sus propios ojitos, lo escucharan todo con esas orejas tan grandes que tienen. ¡Y la cantidad de información que reciben! Asombrosa. “Me llegó de muy buena fuente algo tremendo”, dicen y hacen el gesto teatral de mostrar el iPhone a cámara, como dando a entender que ahí, en ese chat lo que hay es candela, la próxima jugada del catire…
Todos tienen un gran poder: el de hablar paja. “Es inminente”. O “aquí los esperamos unidos, la planta insolente…”. Blablablá…
Han llegado tan lejos en algunos casos que hasta tuvieron que recoger la cuerda. Nadie habría podido imaginar al mismísimo Padre Palmar pidiendo mesura, calma y cordura después de que se pasó anunciando que prácticamente los marines ya habían encargado un sancocho de pescado en “el mosquero” para agarrar fuerza antes de subir a Caracas. Y ese es solo un caso. Aunque la intención o la instrucción les duró poco…
Es la hora de los sinvergüenzas. Que es lo mismo que decir, los manipuladores. De gente que no tiene el menor escrúpulo para inventar, delirar, monetizar y aumentar su público. O –en el otro lado- para darle la vuelta a todo para reforzarse en su posición de poder. En el medio estamos tú y yo. Y no importamos. Lo que cuenta es tu like, tus minutos en Youtube, lo que reenvías, tu firma en la milicia, tu disposición a marchar, tu engagement. Y tu grado de locura: mientras más logren alterarte, mejor. Misión cumplida. Hasta que los barcos esos se den media vuelta y a buscar otro tema. Porque siempre habrá algo. En un mundo inoculado de populismo, la crispación no tiene fin.