Opinión

Y las transiciones vienen sin manual

Hace casi cinco años Andrés Cañizález escribió una serie de artículos en El Estímulo dando cuenta de los casos más emblemáticos de transiciones a la democracia en el mundo. Al volver sobre aquellos textos, a la luz de lo que sucede en Venezuela tras el 3 de enero, salta a la vista que no hay una receta para llevar adelante una transición

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En un mundo donde las dictaduras parecen eternas hasta que dejan de serlo, las transiciones hacia la democracia emergen como procesos impredecibles, cargados de tensiones y sin un guion preescrito. No hay un manual de instrucciones que dicte los pasos exactos, el orden preciso o las garantías de éxito. 

Los libros y estudios académicos que analizan estas transformaciones –desde las olas democratizadoras de los años 70 y 80 hasta las más recientes– funcionan más como autopsias forenses: disecciones realizadas después de los hechos, que intentan explicar lo ocurrido, pero no prescriben recetas universales.

Cada transición es un fenómeno sociopolítico único, moldeado por contextos históricos, culturales y económicos particulares. En América Latina, África, Asia y Europa, hemos visto cómo estos cambios no siguen una autopista en línea recta, sino que zigzaguean entre avances, retrocesos y compromisos inesperados. Algunos han sido tutelados por los regímenes salientes, otros han tropezado con regresiones autoritarias, y muchos han demostrado que la democracia no es un destino fijo, sino un camino en constante construcción.

Tomemos en primer término el caso de España, una de las transiciones más emblemáticas de la segunda mitad del siglo XX. Tras la muerte de Francisco Franco en 1975, el país no irrumpió en una democracia plena de la noche a la mañana. En cambio, el proceso fue pactado, utilizando las mismas leyes e instituciones del franquismo para desmontar el autoritarismo desde dentro.

Figuras clave como Adolfo Suárez, designado por el rey Juan Carlos I, negociaron en la sombra con opositores, comunistas y nacionalistas. Estas conversaciones clandestinas, con una presencia limitada de actores políticos, permitieron una reforma gradual que evitó el caos. Sin embargo, esta transición no fue lineal: incluyó amnistías controvertidas que protegieron a funcionarios del régimen y tardó años en consolidar libertades plenas. 

La transición española fue un ejemplo claro de cómo las dictaduras salientes pueden controlar el ritmo del cambio, imponiendo condiciones que aseguran su supervivencia en las sombras, como enclaves de poder en el ejército o la judicatura.

De forma similar, en Chile, la salida de la dictadura de Augusto Pinochet en 1990 fue un ejercicio de tutela autoritaria. Pinochet, quien había llegado al poder mediante un golpe de Estado en 1973, diseñó una constitución en 1980 que limitaba el alcance de la democracia entrante.

El plebiscito de 1988, donde los chilenos votaron «No» a la continuidad de su mandato, marcó el inicio del fin, pero la transición estuvo marcada por «enclaves autoritarios»: senadores designados, un sistema electoral binominal que favorecía a la derecha pro-dictadura y un control militar que perduró. La Concertación, coalición de oposición, tuvo que navegar estas restricciones, priorizando la estabilidad sobre la justicia inmediata por las violaciones a los derechos humanos. 

No fue una ruta recta hacia la libertad, sino un laberinto donde el poder saliente dictaba las reglas del juego.

En Brasil, la democracia regresó «a cuenta gotas» tras la dictadura militar que se inició en 1964. Bajo el general Ernesto Geisel en 1974, se abrió un proceso de distensão que permitió elecciones legislativas, aunque con la oposición fragmentada y muchas veces ilegalizada. La amnistía de 1979 liberó a presos políticos, pero también protegió a torturadores. 

La transición culminó en 1985 con la elección indirecta de Tancredo Neves, quien murió antes de asumir, dejando a José Sarney como presidente interino. Sarney era un hombre vinculado a la dictadura.

Este goteo lento evitó una ruptura abrupta, pero expuso la no linealidad: avances electorales se entremezclaban con represión residual.

Más allá de América Latina, Filipinas muestra cómo una multitud pacífica puede precipitar el cambio, pero no sin curvas inesperadas. Ferdinand Marcos ganó elecciones democráticas en 1965, pero en 1972 declaró la ley marcial, convirtiéndose en dictador. La «Revolución del Poder Popular» de 1986, con millones en las calles de Manila, derrocó a Marcos sin violencia masiva, instalando a Corazón Aquino.

Sin embargo, esta transición no fue rectilínea: Aquino enfrentó golpes de Estado y corrupción heredada. Filipinas ha visto regresiones, como bajo Rodrigo Duterte, cuya guerra contra las drogas erosionó derechos humanos. Este caso resalta cómo transiciones nacidas de movilizaciones populares pueden ser frágiles ante líderes autoritarios que emergen dentro del nuevo sistema.

En Sudáfrica, la transición priorizó el fin del apartheid antes que la democracia plena. Bajo Frederik de Klerk, se liberó a Nelson Mandela en 1990, y negociaciones multipartitas desmantelaron la segregación racial. El sufragio universal llegó en 1994 con la victoria del Congreso Nacional Africano. Pero este proceso fue tutelado: el régimen blanco controló el ritmo, asegurando protecciones económicas para la minoría. No fue lineal; incluyó violencia intercomunitaria y compromisos como la Comisión de Verdad y Reconciliación, que priorizó la amnistía sobre el castigo.

Cuando se habla de las transiciones, hay una verdad incómoda: no todas las transiciones triunfan. Las regresiones autoritarias ocurren cuando se subestiman factores como la economía, las élites o la sociedad civil fragmentada.

En última instancia, las transiciones vienen sin manual porque son hijas de su contexto. Los estudiosos como Samuel Huntington o Guillermo O’Donnell ofrecen marcos analíticos –olas democratizadoras, pactos elitistas–, pero estos son retrospectivos, no proféticos. No hay decálogo y cada sociedad debe improvisar, negociando entre ideales y realidades.

Gran parte de estas reflexiones están inspiradas en la lectura y análisis del libro “Transiciones democráticas: Enseñanzas de líderes políticos”, de Sergio Bitar y Abraham Lowenthal. La serie completa de artículos que publicó El Estímulo en 2021 y se puede leer en este link.

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