Terremoto en Venezuela

Los figurantes de las palas nuevas y los uniformes impolutos

La cantidad de órdenes que hay que dar para llevar a un grupo de soldados de aquí para allá a grabar videos con sus palas sin usar en medio de esa tragedia que es La Guaira

Fotos: Oscar Medina
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Están tratando de recuperar un cuerpo entre los escombros del edificio Las Palmas en Macuto y es una operación compleja. Son las 11 de la mañana, el sol te calcina la cabeza, calienta el asfalto, los bloques, te embrutece. Algunos rescatistas -parecen de un cuerpo de bomberos- se ponen trajes blancos y aseguran las mangas con cinta adhesiva: precaria, pero protección al fin. Los vemos desde abajo, justo al lado de las ruinas de las residencias Punta Piedras, en lo que debió ser parte de su estacionamiento.

Una escalera enclenque comunica a los dos escenarios de tragedia. Aquí, entre las enormes losas de lo que pudiera ser el paso para llegarle a los apartamentos del piso 6, un grupo excava lentamente. Entre ellos hay voluntarios, bomberos y algunos con uniforme del Ejército. Son apenas cuatro o cinco personas.

Desde Las Palmas comienzan a pedir cosas: un pico grande, un pico pequeño, martillo, brochas. A cada grito acude un soldado de lentes. Es 9 de julio y estos son los primeros soldados que veo trabajando directamente entre los escombros de los edificios y ayudando, incluso, a pasar herramientas y agua a los rescatistas y obreros.

Las cosas están complicadas arriba. Llega un camión con un taladro hidráulico que entregan transportado por una grúa. Y más tarde, a las 11:40 irrumpe muy ordenado otro grupo de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Es como una aparición: frescos, uniformes impecables, chalecos amarillos impolutos, cascos rojos y blancos y palas de estreno. El contraste con la ropa sucia y remendada de los bomberos es casi una ofensa. Pero parece que vienen a ayudar.

palas

Se forman, rompen filas, algunos participan tirando de una cuerda atada a una reja que hay que sacar de las entrañas del Punta Piedras. Pero no hacen mucho más. Jalan. Jalan. Jalan. Mientras tanto, un drone graba la escena. La civil que parece ser la community manager indica la coreografía de la representación y controla el aparato que sube y baja en este cementerio. Y así como llegaron, limpios y con las palas inmaculadas, se marchan. ¿A otro escenario?

La cantidad de órdenes y coordinación necesaria para disponer de una pequeña tropa de figurantes de video para hacerse propaganda y simular dedicación debe ser proporcional al poco respeto por los muertos, los heridos, los que perdieron todo, por los que todavía hoy dejan la piel entre los escombros. ¿Por qué no se quedan y ensucian los uniformes y aporrean esas herramientas? ¿Por qué no se van a otros lugares donde necesiten un par, dos pares, tres pares de manos que ayuden a encontrar el cuerpo de un hijo o de una madre?

Cuando los cuestionan por cosas como estas, se hacen los ofendidos. Denuncian campañas, componendas mediáticas, terrorismo. Cuando les recuerdan que no estuvieron aquí durante las primeras 24 o 72 horas después del terremoto, que los uniformados poco o nada hicieron para ayudar a salvar vidas atrapadas entre los edificios recién caídos, pierden la compostura, pretenden victimizarse, postean videos, hacen actos en los que se autocondecoran, posan de héroes.

Cualquier cosa, menos un poco de autocrítica. Cualquier recurso, menos reconocer y aceptar una verdad que no salió de ningún laboratorio mediático: quien haya ido a La Guaira a escuchar a la gente sabe que es así, que es la denuncia que han hecho con lágrimas, con rabia, con frustración. Y eso no se olvida ni se apacigua con videos que insultan la dignidad de las víctimas.

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