Terremoto en Venezuela

Ponerse de pie para seguir enseñando: esta es la historia de Yasmily Urimare Ramírez

Levantarse cada día para continuar con la rutina es normal para muchos, pero para quienes lo perdieron todo, adquiere un significado distinto. Esta es la historia de Yasmily Ramírez, mientras lucha con un cáncer, fundó una escuelita en una zona devastada

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todas las fotos son de daniel hernández |@danielimagengrafica

Todos los días, a las 4 de la madrugada, Yasmily Urimare Ramìrez ya estaba de pie. Mientras la mayoría aún dormía, ella preparaba cada detalle antes de iniciar la jornada que durante 28 años la llevó hasta la escuela Cruz Felipe Iriarte ubicada en Mare Abajo, Catia La Mar. A las seis llegaba al aula para enseñar a generaciones de niños y cerca de las dos de la tarde regresaba a casa para continuar las labores con su familia y sus nietos. Esa rutina, construida durante años con esfuerzo y constancia, parecía inquebrantable, hasta que 39 segundos cambiaron el rumbo de su vida.

0017 es el número del refugio donde se encuentra desde el doble terremoto del 24 de junio, y es también el símbolo de una nueva etapa. Entre pupitres de madera, risas frecuentes y “buenos días” que resuenan al unísono dentro de una carpita azul, 74 niños aprenden matemáticas, lectura y valores pero, sobre todo, aprenden a mantenerse de pie después de perder gran parte de lo que conocían. 

Es la escuelita Urimare que creó Yasmily en Catia La Mar para niños que, como ella, están en los refugios después de perder sus viviendas cuando la tierra tembló. El mérito es aún mayor cuando se sabe que esta maestra es también paciente oncológica.

Foto Daniel Hernàndez
Foto Daniel Hernàndez

Dentro del pequeño refugio-escuela el calor se siente apenas al entrar. Dos ventiladores intentan mover el aire mientras los estudiantes comparten mesas y cuadernos en un espacio que antes era una lona vacía. Allí, Yasmily Urimare Ramírez Blanco, de mirada serena, sonrisa cálida, un pañuelo de color azul vibrante que cubre su cabeza y varios rosarios alrededor de su cuello, comenzó a levantar una escuela.

“La carpa me la donó la ministra Yelitze Santaella con la diputada Yeinny Pinto, cuando abrí la carpa tenía mesitas, dos ventiladores, y el televisor, nada más”, afirma.

La primera clase reunió a diez niños. Al día siguiente fueron veinte y, con el paso del tiempo, la noticia de aquella escuela improvisada se extendió hasta llegar a 74 estudiantes. Las mesas dejaron de alcanzar, pero la necesidad de aprender era mayor que las limitaciones del lugar. “Tengo 51 mesas y 74 alumnos. Necesito un poquito más de pupitres”, explica con una mezcla de orgullo y sonrisa noble.

Foto Daniel Hernàndez
Foto Daniel Hernàndez

Detrás de esa fortaleza existe una batalla que también enfrenta cada día. Desde hace cinco años lucha contra un mieloma múltiple y, precisamente durante la entrevista, esperaba conocer el tratamiento que le indicaría un nuevo oncólogo porque la anterior falleció a causa del terremoto. Habla del cáncer con la misma firmeza con la que enfrenta la vida: sin esconder el dolor, pero sin permitir que defina su historia. “Si me preguntan cómo va el dolor del 1 al 10, te digo que 20”, expresa.

Sin embargo, después de mencionar su enfermedad, vuelve a aquello que la mantiene en pie: sus estudiantes. Para Yasmily, ponerse de pie no solo significa levantarse cada mañana, sino encontrar una razón para continuar. “Ellos para mí son vida. Cada día me paro y digo: Dios, gracias. Ellos lo son todo. Un abrazo de ellos me regala vida”, comenta con cálidez. 

Nunca ha concebido el oficio de enseñar como sólo una transmisión de conocimientos. Entre ejercicios de lectura y matemáticas también hay conversaciones sobre respeto, solidaridad y compañerismo. En medio de una comunidad que intenta reconstruirse, busca devolverles a los niños un espacio seguro donde puedan sentirse acompañados.

“Quiero que, primero que nada, refuercen esos valores que se están perdiendo y que recuerden que después de una tragedia viene una bendición, y esa bendición es la escuela; que ellos tuvieron una maestra y que siempre me recuerden como la maestra que los abrazaba”, afirma.

Foto Daniel Hernàndez
Foto Daniel Hernàndez

Es una maestra cercana. Yasmily no habla de reconocimientos ni de premios, sino de los vínculos creados dentro de la carpa. Para ella, un abrazo también es una herramienta de enseñanza, una manera de acompañarlos mientras procesan una pérdida que todavía intentan comprender y aprenden, poco a poco, a ponerse de pie nuevamente.

Al mediodía, la dinámica cambia por unos minutos. Los representantes llegan para buscar la comida entregada en el refugio y los niños hacen una pausa. Luego de almorzar, regresan a la carpita azul, porque para ellos ese espacio representa su segundo hogar, una parte de la vida que el terremoto interrumpió. “Cuando se van me abrazan y me dicen: ‘gracias, ¿a qué hora es mañana?, ¿a qué hora llego?’ Porque ellos no se quieren ir de acá. Ellos están felices”, dice Yasmily. 

Foto Daniel Hernàndez

«Hasta que Dios me dé una nueva escuela»

Cuando le preguntan cuánto tiempo continuará con esta labor, no establece una fecha. Su respuesta está en la esperanza de ver nuevamente una escuela completa y hogares reconstruidos. Permanecerá allí “hasta que Dios nos dé una nueva escuela”, afirma sin cansarse, mientras las familias recuperan poco a poco lo que perdieron.

Antes de asistir a su sesión de quimioterapia deja una frase que resume la razón por la que continúa entrando cada mañana a la carpita azul número 0017: “Sin la educación no hay nada”.

Foto Daniel Hernàndez

Yasmily perdió una casa, pero encontró otra forma de construir un hogar para ella y más de 70 niños: uno hecho de aprendizaje, abrazos y esperanza.

Su mayor enseñanza es la forma en que demuestra que, incluso después de las dificultades, siempre existe una razón para volver a ponerse de pie. 










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