“Destino final: lazos de sangre”, seis veces más sádica y sangrienta
“Destino final: lazos de sangre” relanza la popular saga de la primera década de los 2000 para un público que ya lo ha visto todo en pantalla grande. Por lo que se esfuerza en sorprender y la mayoría de las veces lo logra con creces. Bienvenidos al terreno tenebroso de la muerte como un asesino en serie
En varias escenas de “Destino final: lazos de sangre” (2025), la muerte es un personaje más, aunque no pueda verse. Su presencia se intuye, como una entidad invisible, sádica y burlona, siempre a la espera del más pequeño error de sus víctimas. Los directores Zach Lipovsky y Adam Stein entendieron bien la tarea al reaimaginar la fórmula de casi dos décadas de muertes truculentas. La parca no tiene prisa y los personajes lo descubrirán casi de inmediato.
Por supuesto, también hay un buen trabajo de guion. Los escritores Guy Busick y Lori Evans Taylor combinan esfuerzos para superar de inmediato el primer escollo al que la franquicia se enfrenta desde su entrega inicial. ¿Cómo generar terror sin una figura a la que culpar, una silueta que nos persiga? “Destino final: lazos de sangre” regresa a lo básico y de nuevo, compone su idea alrededor del temor al azar. Pero además, se atreve con una audacia sorprendente para reinventar a un límite por completo nuevo la sangre derramada, la tensión y la colección siempre creciente de muertes creativas.
Desde su impactante prólogo, la película se lanza de lleno a la coreografía del caos, transformando objetos comunes en instrumentos de destrucción que podrían hacer sonrojar al mismísimo Jigsaw. Pero no es solo el resultado lo que importa: es el cómo se llega a él. Cada escena está diseñada como un juego de ilusionismo macabro donde la audiencia es constantemente engañada. Una tostadora chisporroteando por aquí, una cuerda floja por allá en una especie de camino de obstáculos hacia extravagantes asesinatos. Cuando finalmente cae el golpe mortal, la sensación es que lo peor no ha llegado. Una moraleja tenebrosa que la cinta repite una y otra vez.
A la muerte jamás se le hace trampa
Una de las decisiones más inesperadas — y afortunadas — de “Destino final: lazos de sangre” es retroceder en el tiempo para iniciar su espiral de fatalidad. En lugar de arrancar con los típicos adolescentes condenados, nos lanza a una escena ambientada en los años 60, en un rascacielos reluciente donde la muerte se disfraza de elegancia.
El glamour inicial tiene todo el sabor de un sueño americano al borde del colapso: Iris (Brec Bassinger) joven embarazada y radiante, se encuentra celebrando la apertura del restaurante con su novio Paul. El escenario, aparentemente idílico, esconde la tensión latente que define a esta franquicia: basta un error, una pieza fuera de lugar, y todo se derrumba. Literalmente.
En este caso, una cadena de fallos técnicos y decisiones desafortunadas convierte un momento de felicidad en una catástrofe mortal. Y justo cuando uno espera el clásico giro de “todo fue un sueño”, el film nos descoloca de nuevo. Iris no despierta, pero su nieta sí. La protagonista del presente, Stefani (Kaitlyn Santa Juana) abre los ojos en medio del pánico. De entrada, la película reinventa levemente la fórmula: la víctima de la aterradora visión de la muerte cambia de receptor.
El sueño ha sido brutalmente claro y detallado. Por lo que pronto descubre que su abuela — sobreviviente marcada por el trauma — ha pasado la vida temiendo que la muerte venga a reclamar lo que dejó pendiente. Lo fascinante es cómo la cinta entrelaza esta paranoia heredada con un conflicto familiar más amplio.
Stefani, junto a su hermano Charlie (Teo Briones), su madre ausente Darlene (Rya Kihlstedt) que vuelve como un fantasma del pasado y un puñado de primos con actitudes diversas, se ve arrastrada a una carrera contra el destino. La idea de que “no deberían existir” por un error en la línea de sucesos añade una capa de horror casi metafísico. Aquí no se trata solo de esquivar objetos voladores; se trata de cuestionar si su propia vida es un accidente que el universo intenta corregir. Lo que hace de la típica condena de la película, una clase de pesadilla muy distinta.
Horror y sangre pararato
A lo largo de un cuarto de siglo, con cinco entregas a cuestas, la franquicia «Destino final» ha generado más de 650 millones de dólares, demostrando que a veces el villano más temible es simplemente la certeza de que todos moriremos.
La franquicia, que comenzó con una propuesta fresca y perturbadora, se sumergió con entusiasmo en la paranoia post-11 de septiembre, encontrando en la muerte inevitable un eco cultural. Un giro de acontecimientos que la volvió un símbolo de los tiempos, además de una franquicia de terror.
Las películas empezaron a jugar más con la idea de lo grotesco, priorizando las coreografías sangrientas sobre la introspección. Aun así, la saga conservó su esencial capacidad para aterrorizar e incomodar. Mucho más, cuando logró convertir la mera posibilidad de lo intangible corporizado en accidentes brutales, en un destino inevitable.
Algo de eso, es parte del éxito en el enfoque de “Destino final: lazos de sangre”, el sexto título de la franquicia. Su fortaleza radica en que sabe exactamente cómo crear terror y profundizar paso a paso, en una atmósfera corrompida por el pánico que resulta mucho peor que un monstruo. Una idea que se ha mantenido fresca a lo largo de décadas. Y eso, en un mundo de remakes perezosos y nostalgia enlatada, ya es mucho decir.
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