Cinemanía

“Sé lo que hicieron el verano pasado”: ya basta de remakes sin alma

Tres décadas han pasado desde que el primer grito resonó en las playas de Southport. Sin embargo, esta nueva entrega de “Sé lo que hicieron el verano pasado” (2025) no ha aprendido nada del tiempo ni del cine. El guion sigue atrapado en los errores del pasado, y no precisamente por homenaje

el verano pasado
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“Sé lo que hicieron el verano pasado” (2025) cojea de la misma pata que el resto de los remakes perfectamente olvidables de éxitos de mediados de la década de 2000: una total carencia de personalidad. Dirigida por Jennifer Kaytin Robinson, la película no hace el menor intento de ser algo más que un refrito de su premisa original. Por lo que otra vez, un grupo de adolescentes cometen un crimen culposo que intentarán ocultar, solo para que un desconocido, gancho en mano, los intente matar uno a uno. 

Para eso, la trama — que también escribe la directora junto a Sam Lansky —  intenta combinar dos relatos que no terminan de ensamblar: por un lado, su brutal homicida sin escrúpulos. Por el otro, una nueva camada de personajes que parecen condenados a repetir los mismos errores sin aportar nada nuevo. El resultado es un relato desequilibrado y sin rumbo claro.

Así que el argumento va de error en error. La ciudad costera sirve como punto de retorno, pero ni siquiera el escenario aporta algo relevante. Volver a Southport se siente como un truco vacío. Los nuevos protagonistas, encabezados por Ava Brucks (Chase Sui Wonders) y Danica Richards (Madelyn Cline), se ven involucrados en un accidente durante las celebraciones del 4 de julio. Y sí, lo ocultan. Porque, al parecer, los adolescentes en esta franquicia no tienen otra función que esconder cuerpos y mentir.

Una película en terreno de nadie

Este arranque, que podría haber servido como giro o comentario sobre las decisiones impulsivas y el peso del pasado, solo recicla una premisa ya explotada. Lo inquietante no es la falta de originalidad — el slasher vive de eso — , sino la torpeza con la que se ejecuta. No hay suspenso genuino. Todo está telegrafiado. La narrativa no arranca nunca, solo da vueltas sobre sí misma. Ni los personajes nuevos tienen peso, ni los viejos tienen sentido dentro del esquema general. Da la impresión de que el guion no sabe bien a quién está dirigida la historia: si a un público joven o a quienes vieron la cinta original en VHS.

Y eso es más grave de lo que parece, porque esta indecisión afecta todo lo demás. La película no construye ni continuidad ni novedad. La nostalgia está ahí, flotando como una excusa para justificar cameos y frases recicladas. Pero lo esencial — una historia sólida, tensión real, personajes con agencia — brilla por su ausencia. Y así, desde el primer acto, ya es evidente que esta secuela se pierde en un mar de decisiones erradas.

Cuando todo empieza mal

Desde el primer acto la historia se tambalea. No hay tiempo para construir relaciones entre los nuevos personajes ni para que el espectador entienda realmente quiénes son más allá del estereotipo.

Ava y Danica lideran el grupo adolescente como si se tratara de un club de clichés andantes. La fiesta del 4 de julio, que debería marcar un quiebre en la cotidianidad del pueblo costero, se siente tan rutinaria como cualquier escena de apertura en una película slasher promedio. El accidente que lo cambia todo llega sin sorpresa ni impacto. Lo que debería haber sido una sacudida emocional, se presenta como una formalidad. Un punto de partida genérico que parece insertado por obligación, no por necesidad narrativa.

La decisión de ocultar el accidente — ese momento clave que activa la tragedia — se toma sin conflicto real. Nadie discute, nadie duda seriamente. El pacto de silencio cae como una piedra en un estanque seco: sin eco. Aquí la película pierde una oportunidad valiosa de profundizar en la psicología de sus personajes o de hacer más complejos los vínculos entre ellos. En vez de eso, todo se resuelve con una rapidez inverosímil, casi como si quisieran salir del paso para volver cuanto antes a los asesinatos.

La ambigüedad sobre quién está detrás del nuevo ciclo de muertes es uno de los pocos elementos que intenta desmarcarse del molde anterior. ¿Es el mismo asesino? ¿Un imitador? ¿Un símbolo del pasado que regresa a ajustar cuentas? Esa duda podría haber sostenido el relato con más firmeza si no fuera porque el resto de la historia no le da el peso suficiente. La amenaza está, sí, pero sin la gravedad que tuvo en la cinta original. El asesino parece más una figura funcional que un ente aterrador. Y aunque se buscan respuestas, nunca hay una verdadera exploración del trauma o del miedo.

Lo peor, es que la película, que basó la mayor parte de su promoción en conectar con la franquicia original, pierde la oportunidad de profundizar en ese giro de inmediato. La vuelta de Julie James (Jennifer Love Hewitt) y Ray Bronson (Freddie Prinze Jr.) como un intento desesperado de conectar con la entrega del 97.

Pero incluso esa decisión queda sin fuerza ni propósito claro. El guion intenta que funcionen como guías o como puentes entre generaciones, pero sus intervenciones son tan breves y tan decorativas que pierden todo sentido. En vez de crear una mitología sólida o expandir el universo narrativo, esta nueva versión parece pegada con cinta adhesiva. Nada encaja del todo, y la película lo resiente en cada escena.

Una vez que la amenaza del asesino se hace cada vez más peligrosa, se esperaría que la historia ganara ritmo o, al menos, urgencia. Pero no. En su lugar, todo se vuelve predecible. Los personajes actúan como si estuvieran siguiendo instrucciones impresas en una caja de cereal: pasos claros, ninguna sorpresa. Lo más inquietante es que el conflicto moral que debería estar en el centro de todo — el accidente encubierto — carece de peso real. No hay dilema, no hay lucha interna. En comparación con la cinta del 97, donde la culpa era punzante y tangible, aquí todo parece más una travesura de verano que un evento trágico. Esa banalización afecta directamente la fuerza del argumento.

Y cuando la culpa no se siente, las decisiones dejan de importar. La historia se apoya en un conjunto de elecciones arbitrarias que los protagonistas toman sin lógica. En vez de reaccionar como personas reales atrapadas en una situación extrema, se mueven como personajes de videojuego, programados para elegir siempre la peor opción. Esa falta de coherencia hace que la tensión se diluya. El espectador ya no espera una reacción genuina, solo el siguiente tropiezo.

Hay una intención clara de modernizar el contenido, eso sí. Los guionistas parecen decididos a que el film toque temas “actuales”: exclusión social, la cultura del secreto, incluso la ansiedad generacional. Pero esas ideas se presentan más como adornos que como elementos orgánicos. No hay tiempo para desarrollarlas ni espacio para que respiren. Lo que debería haber sido un intento audaz por revitalizar la franquicia termina siendo un desfile de guiños sin alma. En vez de romper con el molde del slasher tradicional, la película queda atrapada en sus propias limitaciones, incapaz de ir más allá de ser un mal producto que intenta aprovechar la nostalgia para triunfar. Y, por supuesto, no lo logra. 

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