“Terror en Silent Hill”, a los muertos hay que dejarlos en paz
El clásico videojuego “Silent Hill” parece que sigue sin encontrar un director capaz de narrar su tétrica historia sin caer en exageraciones, argumentos barrocos y absurdo palomitero. Todos errores en los que cae esta combinación de mal cine de terror y suspenso a cargo de Christophe Gans
Lo de la franquicia “Silent Hill” en el cine ya parece una maldición, muy a tono con la obra original de Konami, Bloober Team, NeoBards Entertainment y otros reconocidos desarrolladores. Desde que Hollywood intentó sacar provecho a la macabrísima saga en la gran pantalla, por allá en 2006, la historia ha tenido que enfrentar todo tipo de problemas. El más obvio: trasladar la atmósfera asfixiante de la experiencia para consola en una estructura más ambiciosa. O lo que es lo mismo, contar algo más que sobresaltos concatenados entre sí.
En esa época, la versión dirigida por Christophe Gans destacó porque parecía hecha por alguien que había tocado un mando. Había una comprensión clara del tono, del peso simbólico del pueblo y de la experiencia sensorial del juego. La película respiraba respeto, incluso cuando tropezaba. No es de extrañar que el director fuera la principal opción para traer la historia de regreso después de la debacle de la saga en 2012 con la cinta de M. J. Bassett. Parecía la elección lógica.
Por lo que dos décadas después, Gans vuelve con “Terror en Silent Hill: Regreso al infierno”, decidido a adaptar “Silent Hill 2”, uno de los títulos más venerados del survival horror. El problema es que el panorama ha cambiado radicalmente. Hoy vivimos en un mundo donde “The Last of Us” y “Fallout” dominan la conversación cultural y donde una película de“Super Mario Bros”, puede romper récords de taquilla.
La reverencia ya no basta. En especial, porque el mundo de los videojuegos, en toda su amplitud y riqueza, requiere de traducción creativa, criterio narrativo y una lectura contemporánea del medio. Aquí es donde “Terror en Silent Hill” empieza a resquebrajarse: no porque ame demasiado el juego, sino porque no entiende cómo llevarlo al cine en 2026.
De mal en peor
La película comienza con una decisión que marca el tono, aunque no de la manera deseada. James Sunderland (Jeremy Irvine) corre por una carretera azotada por el viento mientras suena una canción que describe exactamente lo que vemos. Es literal hasta lo cómico. James es presentado como un espíritu libre algo caricaturesco: materiales de arte desperdigados, una estética forzada y gestos que gritan “rebeldía” con subrayador fluorescente. En cuestión de minutos conoce a Mary Crane (Hannah Emily Anderson) y la conexión entre ambos se establece a toda velocidad, sin pausa ni sutileza.
Años más tarde, Mary ha muerto y James vive atrapado en una espiral de alcohol y culpa. Ese punto de partida podría funcionar, solo que es tan obvio y mal planteado que parece ser solo un requisito sin forma para hacer avanzar la trama. De pronto, una carta imposible llega a sus manos: Mary lo espera en Silent Hill, el lugar donde compartieron su vida. Ignorando las advertencias de su terapeuta, James emprende el viaje.
Al llegar, el pueblo es irreconocible. La ceniza cae sin descanso, las calles están desiertas y una figura llamada Angela (también interpretada por Anderson) le sugiere que no encontrará lo que busca. María (otra variación del mismo rostro, nuevamente Anderson) aparece como un eco inquietante, extrañamente cómoda entre el horror. James avanza, impulsado por la obsesión, mientras el entorno amenaza con devorarlo.
Una mala mezcla de premisas
“Terror en Silent Hill”aspira a dos cosas al mismo tiempo: ser una experiencia de miedo intenso y una reflexión profunda sobre el duelo, la culpa y la pérdida. Esa ambición podría ser su mayor fortaleza. Pero termina por convertirse en su mayor lastre. Eso, a pesar de que el guion, escrito por Gans junto a Sandra Vo-Anh y William Josef Schneider, introduce cambios que buscan actualizar la historia o al menos acercarla más al cine de terror bajo la sombra de Ari Aster y Lee Cronin. Por lo que se refuerza la figura del padre ausente de Mary, se amplifican los elementos de culto heredados de entregas anteriores y se añaden capas que pretenden densidad emocional.
El problema surge cuando la película intenta llegar al mismo desenlace que el juego, pese a haber modificado las reglas internas del relato: las piezas no encajan.
La narrativa quiere ser desgarradora, pero sus decisiones previas le quitan coherencia al cierre. El resultado es una historia que habla constantemente de dolor, pero rara vez lo hace sentir. Todo parece diseñado para “decir” en lugar de “mostrar”. El horror psicológico se diluye en explicaciones y giros que no terminan de sostenerse.
Fidelidad confundida con traducción
Como ya ocurrió en 2006, Gans apuesta por reproducir el juego con una precisión casi obsesiva. Algunos escenarios prácticos están recreados a escala y seguramente, los fanáticos disfrutarán de reconocerlos. Sin embargo, la película parece asumir que el público ya conoce la historia. Los personajes entran y salen sin una función clara, las revelaciones aparecen sin preparación y ciertos momentos clave, el argumento decide simplemente evitar cualquier explicación lógica a lo que ocurre.
Incluso hay decisiones formales desconcertantes, como el uso ocasional de la cámara en primera persona desde la perspectiva de James, un guiño gratuito que no aporta significado cinematográfico. Es un gesto que busca parecer ingenioso, pero se queda en superficie.
“Terror en Silent Hill: Regreso al infierno” no adapta el juego: lo imita sin gracia ni profundidad. Esa diferencia es crucial. El amor desmedido por el material original termina siendo un obstáculo, no una virtud.
Así que el horror de supervivencia que definió a “Silent Hill 2” se transforma aquí en una experiencia ruidosa y extrañamente hueca. La tragedia íntima que hizo del juego un clásico se diluye entre efectos digitales y decisiones narrativas torpes. El regreso a Silent Hill no despierta viejos fantasmas. Solo confirma que, a veces, dejar a los muertos en paz es la opción más sensata.
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