Cinemanía

"El drama": Zendaya y Robert Pattinson en el matrimonio de los horrores

En “El drama”, Zendaya y Robert Pattinson protagonizan una historia que podría confundirse con un romance más. Pero en realidad es una retorcida visión sobre la vida en pareja, las expectativas y hasta el deseo insatisfecho

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“El drama” (2026) no pierde tiempo en advertirlo: esto va a acabar en tragedia. ¿Y qué es esto? Una relación que comienza con el pie izquierdo.

Desde el primer encuentro entre Emma (Zendaya) y Charlie (Robert Pattinson) hay una sensación incómoda casi imperceptible al inicio, pero lo bastante persistente como para quedarse bajo la piel. No hay química inmediata en el sentido clásico; hay atracción, pero contaminada por torpezas, silencios irritantes y una lectura excesiva de cada gesto.

El director Kristoffer Borgli, que también escribe el guion, analiza el melodrama de una historia de amor destinada a terminar mal, desde dos ángulos distintos. La idea de que el amor (como lo imaginamos) no es real ni jamás lo ha sido. Y por el otro, que el tratar de imponer algo semejante puede tener consecuencias funestas.

«El drama» establece que el romance puede ser un terreno minado en el que lo que debería ser espontáneo se vuelve sospechoso y hasta peligroso. Cada frase parece tener doble sentido y cada pausa, convertirse en un pequeño abismo de malos entendidos. De modo que “El drama” construye una premisa que subvierte de origen la clásica histórica romántica para volverla ligeramente siniestra. Todo, como si el amor entre su atractiva pareja de protagonistas, estuviera ocurriendo en el lugar equivocado o bajo condiciones poco saludables.

Una idea que el guion maneja con inteligencia y buen gusto. A medida que Emma y Charlie interactúan, lo que los une no es tanto la conexión emocional como una mezcla de deseo físico, inseguridad y proyecciones mentales. Él interpreta demasiado. Ella oculta más de lo que muestra. Entre ambos se forma una especie de lenguaje roto donde cada intento de comunicación se vuelve una mezcla casi absurda de señales mal comprendidas.

Es ahí donde “El drama” empieza a separarse del molde romántico tradicional y a insinuar algo más turbio: el amor no como solución, sino como un problema en construcción.

El terror de ser amado

El guion de Kristoffer Borgli toma esa base incómoda y la empuja hacia un terreno cada vez más extraño. En lugar de construir una progresión emocional clara, opta por fragmentar la experiencia de la pareja en momentos que parecen desfasados entre sí. Hay escenas que son recuerdos, otras como interpretaciones distorsionadas y algunas que directamente parecen surgir de la ansiedad de Charlie.

Este enfoque no es gratuito: “El drama” insiste en la idea de que una relación nunca es un relato lineal, sino una acumulación de percepciones que rara vez coinciden. Lo que uno cree vivir no es necesariamente lo que el otro experimenta. Y en ese desfase es donde nace el conflicto real.

A lo largo de la historia, esa diferencia entre percepción y realidad se vuelve más agresiva. Emma parece moverse con cierta estabilidad, aunque su transparencia es cuestionable. Charlie, en cambio, comienza a perder el control sobre su propia narrativa interna y la confusa mezcla entre temores y expectativas no cumplidas porque dedica tiempo y esfuerzo a intentar entender lo que ocurre entre ellos, pero cada intento lo lleva a nuevas dudas. El argumento lo muestra atrapado en un bucle mental donde cada recuerdo se revisa, se reescribe y se contamina con sospechas. En lugar de aclarar el pasado, lo vuelve más turbio. Este proceso no solo afecta su visión de Emma, sino también su capacidad de sostener la relación. Lo que antes era incertidumbre ahora es desgaste.

Aquí es donde la historia se vuelve particularmente incisiva: no se limita a mostrar una pareja con problemas, sino que disecciona el mecanismo mismo de esos problemas. La convivencia emocional aparece como un espacio lleno de interpretaciones fallidas, silencios estratégicos y expectativas imposibles de cumplir. No hay villanos claros, pero tampoco inocencia. Ambos personajes participan, consciente o inconscientemente, en la construcción de una dinámica que los supera. Y lo más inquietante es que, pese a todo, siguen avanzando, como si detenerse fuera peor que continuar hacia algo que ya empieza a desmoronarse.

El drama a todo nivel

La relación entre Emma y Charlie deja de sentirse como una posibilidad y empieza a parecer una carga emocional difícil de sostener. Por lo que “El drama” se vuelve más áspera, menos interesada en cualquier ilusión romántica, más enfocada en mostrar cómo el afecto puede transformarse en una fuente constante de ansiedad. El vínculo ya no se construye en el presente, sino en una acumulación de recuerdos que ninguno de los dos logra organizar del todo. Cada conversación parece arrastrar ecos de otras anteriores. Cada gesto, incluso el más pequeño, se convierte en material de análisis. Lo que antes era intuición ahora es sospecha. Y en ese cambio, la trama explora en una sensación inquietante: la relación no está creciendo, está mutando hacia algo más incómodo, más frágil, casi irreconocible.

El momento en que todo se quiebra (o, más bien, en que deja de poder ocultarse) llega durante una escena que, en otra película, habría pasado sin mayor relevancia. Emma y Charlie organizan una comida para avanzar con los preparativos de la boda. Hay risas medidas, entusiasmo ligeramente artificial, copas que se llenan con más frecuencia de la necesaria. Todo parece normal, incluso predecible. 

Pero ya sabes cómo terminan estas cosas: alguien propone un juego. La consigna es simple y peligrosísima (cada persona debe contar la peor cosa que ha hecho en su vida) y lo que comienza como una dinámica trivial se transforma rápidamente en una trampa emocional. “El drama” maneja este cambio con habilidad: primero, una anécdota incómoda pero controlable. Luego otra. Hasta que llega el turno de Emma.

Lo que ella comparte no es exactamente un hecho, sino la posibilidad de algo que casi ocurrió. Y ahí está la clave: no se trata de lo que hizo, sino de lo que estuvo dispuesta a hacer. Ese matiz, aparentemente pequeño, es suficiente para alterar toda la dinámica. La conversación no estalla en un conflicto abierto. No hay gritos ni confrontaciones directas. Lo que hay es algo más inquietante: una fisura invisible que empieza a expandirse. La escena funciona porque desplaza el foco del acto en sí hacia las reacciones que provoca. Y en ese desplazamiento, la película deja claro que cualquier relación está sostenida por un equilibrio extremadamente frágil. Basta una idea, una sospecha, una posibilidad mal colocada para que todo empiece a tambalearse. La cena termina, pero el daño ya está hecho. Como esas grietas que no hacen ruido, pero anuncian el estrepitoso derrumbe.

Todo se derrumbó

A partir de ese punto y hasta su rarísimo final, «El drama» abandona cualquier ilusión de estabilidad y se sumerge en el territorio más inquietante: la mente de Charlie. Robert Pattinson lleva el peso de esta transformación con una interpretación que se construye desde lo mínimo, con pequeños desajustes: miradas que duran demasiado, silencios que se vuelven incómodos, intentos fallidos de actuar con normalidad. 

Por su parte, Zendaya brinda a Emma una mezcla de resistencia y vulnerabilidad que evita cualquier caricatura emocional. Su personaje no colapsa de forma evidente; se mantiene, insiste, trata de preservar algo que claramente está deteriorándose. Hay en ella una voluntad de continuidad que resulta tan comprensible como inquietante. No porque ignore el problema, sino porque parece aceptar que toda relación implica convivir con cierto nivel de ambigüedad. Y ese es, quizá, uno de los aspectos más incómodos de la película: su negativa a ofrecer respuestas claras.

Para su final, algo queda claro: “El drama” no busca consolar ni ofrecer una conclusión reconfortante. Más bien deja una duda que se niega a desaparecer. La idea de que el amor no es necesariamente un espacio seguro, sino un terreno lleno de interpretaciones, silencios y versiones incompletas del otro. Amar implica aceptar que nunca se tiene el control total, que siempre hay algo que se escapa, algo que no se entiende del todo. Una lección que no todos quieren aprender.

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