“Clayface”, un villano que no pertenece a ninguna parte
En “Clayface”, un hombre descubre que perder su identidad puede ser mucho más aterrador que morir. Entre mutaciones, ambición y venganza, esta pesadilla corporal demuestra que al Universo DC de James Gunn el terror le queda bien
La tragedia de “Clayface” (2026) parte de una idea fascinante: el cuerpo humano como escenario de una catástrofe íntima. James Watkins convierte esa premisa en un espectáculo de carne deformada, rostros imposibles y transformaciones que provocan auténtica incomodidad.
“Clayface”, basada a grandes rasgos en el icónico personaje de DC capaz de cambiar su forma, huellas dactilares y hasta ADN, es una hija bastarda de “La mosca” de David Cronenberg y en menor medida, del fenómeno de hace un par de años, “La sustancia” de Coralie Fargeat. Por lo que hereda de ambas, su capacidad para aterrorizar, convirtiendo el cuerpo del sufrido Matt Hagen (Tom Rhys Harries) en un territorio retorcido y espeluznante; y también, su morbosa y festiva atención a esa caída al desastre corporal.
De modo que la cámara contempla cada deformación con una paciencia casi cruel, mientras los efectos prácticos y digitales trabajan juntos para convertir la anatomía en una pesadilla. No obstante y a pesar de ese sólido apartado visual, “Clayface” tiene un inconveniente: no parece pertenecer al Universo DC de James Gunn, del que, de hecho, podría ser una pieza clave.
En específico, porque necesita dar sentido a semejante despliegue, pero la trama pronto demuestra que la repulsión, por sí sola, difícilmente sostiene un relato completo. Este archienemigo de Batman (que no aparece, no se nombra y no tiene la menor relevancia en la película), parece flotar en el limbo de ser un personaje en busca de su propósito. Más complicado todavía, que no es capaz de justificar su existencia más allá de ser una rareza siniestra, macabra y asquerosa en mitad de una premisa a la que le sobra ambición y le falta ejecución. Por lo que en más de una ocasión, “Clayface” parece solo ir y venir entre una fantástica colección de escenas de pesadillas sin establecer qué objetivo tiene todo ese punto de vista.
Eso sí, terror del bueno
Claro está, el proyecto, escrito por Mike Flanagan, encuentra su mayor fortaleza en las posibilidades físicas del horror, un territorio donde la identidad puede deshacerse literalmente bajo la piel. Sin embargo, esa potencia visual convive con una narración que parece avanzar a trompicones, como si cada secuencia perteneciera a una película distinta. El resultado tiene momentos de una eficacia extraordinaria y una sensación persistente de oportunidad desperdiciada.
La transformación del villano Matt Hagen es quizás el punto más alto de la cinta, pero al parecer el director pierde el sentido de lo que quiere hacer con casi una hora entera de observar con perplejidad cómo la cara y el cuerpo del personaje se deforman y se derriten en una apoteósica transformación siniestra.
Podría servir para explorar la relación entre apariencia, reconocimiento social y desesperación, solo que el director parece quedarse a medias en esa insistencia por decir algo más que una impactante colección de efectos visuales. Eso a pesar de que “Clayface” comienza con buen pie: Matt es un chico de los barrios más pobres de Gotham que logra el éxito y se convierte en una celebridad. Solo para que su propia codicia le lleve a sufrir en carne propia la venganza de uno de los tantos mafiosos de la capital del crimen del cómic. Durante los primeros quince minutos de la cinta, el argumento gira en este descenso al infierno.
De ser el chico atractivo de Gotham, Matt termina desfigurado, recluido en un apartamento inmundo y en busca de alivio a su dolor. Pero cuando lo encuentra, no tardará en descubrir que el horror de perderlo todo es solo la antesala a algo peor.
Watkins demuestra que sabe crear atmósferas opresivas y construir escenas en las que el cuerpo parece rebelarse contra su propietario. Cada cambio físico amenaza con abrir una puerta hacia una identidad desconocida, y cada gesto de Matt sugiere que todavía existe un hombre atrapado en algún lugar detrás de la máscara de su rostro, convertido en una sustancia inquietante capaz de mutar de forma. La paradoja es deliciosa para cualquier aficionado al terror: cuanto más extraordinario se vuelve el monstruo, menos interesante resulta la historia que debería explicarlo y ese es el principal problema que debe afrontar “Clayface”.
«Clayface» y DC
En el mundo del cómic (y en especial en el de DC) hay una máxima: un héroe es tan interesante como su villano. De modo que no hay Superman sin Lex Luthor o un Batman sin un Joker. Quizás por eso “Clayface” parece colgada del aire, una especie de pieza aleatoria en un universo mayor en el que no encuentra su lugar.
Al contrario que en “Joker” de Todd Phillips, la ausencia en “Clayface” es notoria y la mayoría del tiempo incómoda, en específico porque el guion es incapaz de subsanar la ausencia de Batman o, en cualquier caso, un héroe que vencer o al cual envidiar a la distancia.
La distancia entre “Clayface” y el universo de DC resulta especialmente llamativa porque el protagonista posee una historia que podría funcionar en ambos registros. Matt Hagen pertenece a Gotham, un lugar donde la corrupción, las identidades fabricadas y la violencia forman parte de la vida cotidiana. Su condición de futura amenaza para Batman ofrece un contexto interesante, pero la película apenas aprovecha esa posibilidad.
Por lo que a pesar de sus bondades (es una correcta película de terror), “Clayface” parece más un espectáculo repulsivo que una historia de origen. Un contrapeso en paralelo que jamás logra solventar y que para sus últimas escenas, convierte a este monstruo capaz de transformarse en lo que sea (y en quien sea), en el anuncio incompleto de lo que pudo ser una premisa dura, rara y violenta que nunca se resuelve del todo.
“El nuevo pez que fuma” de Luis Fernández es muchas cosas a la vez. Una astuta reflexión política en clave de metacine sobre el estado social y cultural del país, un repaso a las obsesiones pop de la extinta Venezuela saudita y una rareza en el panorama cinematográfico nacional