La insípida "Cien años de soledad" te hace suspirar por "Las Juanas"
Los responsables de "Cien años de soledad" confundieron el realismo mágico con ponerlo todo en sepia

Los responsables de "Cien años de soledad" confundieron el realismo mágico con ponerlo todo en sepia

La adaptación que hizo Netflix de “Cien años de soledad” logra lo imposible: hacer que uno sienta nostalgia por las telenovelas colombianas de los 90. Al menos ahí el melodrama era honesto, no como este intento de hacer «prestige TV» que parece filmado con el filtro «México», pero de TikTok.
Ese filtro sepia que Hollywood adoptó desde “Narcos” y “Breaking Bad” como atajo visual para todo lo latino se ha convertido en su manual de estilo: sol abrasador + paisaje árido = autenticidad tercermundista. En “Cien años de soledad” este recurso no es más que un intento perezoso de fabricar un pasado genérico, como esos rollos de fotos en sepia de los 90 con los que cualquiera se creía artista.
El director confundió «realismo mágico» con «poner todo sepia», como si bastara con hacer que Macondo parezca una foto antigua para capturar la esencia de García Márquez.
Este intento de Netflix ni siquiera alcanza para ser ese improbable crossover donde el circo de “Kassandra” se instala en el Corozal de “Las Juanas”, telenovela que, además de tomar prestadas algunas referencias del realismo mágico, contó con grandes actuaciones y -lo que fue más importante- entendió su espacio geográfico y su discurso.
El primer capítulo de “Cien años de soledad” aprueba con lo justo. Sus personajes se mueven como fantasmas, pero el momento narrado, en cierto modo, lo permite.
Lo que convierte el segundo en una odisea tan complicada como encontrar el mar desde Macondo son las actuaciones. Y acá la serie ya no parece un largo comercial de café, como acusó Sergio del Molino en El País, sino uno de entidad bancaria donde cada personaje interpreta su papel como si le hubieran dicho: «imagina que estás recordando una memoria triste mientras le explicas a un jubilado por qué debe invertir en un fondo de alto riesgo».
Al menos hasta el segundo episodio, que es el último que veré, la serie comete todos los errores de “Bolívar” (Netflix, 2019), pero con un problema de dirección actoral mucho peor. Hablando de “Bolívar”, esa telenovela de las nueve que intenta disfrazarse de drama de época y que, según el Corito Histórico —el mejor podcast de historia de Venezuela—, tiene bastante rigor histórico, aunque no evita que el guion y la construcción de personajes patinen la mayoría de las veces.
Un ejemplo emblemático es la representación de Simón Rodríguez y su relación con el joven Bolívar. Rodríguez, influenciado por el pensamiento de Rousseau y los ideales ilustrados, adoptaba métodos pedagógicos poco convencionales para su época. Creía en la enseñanza práctica, contextualizada y libre, utilizando el entorno como herramienta educativa y fomentando la reflexión individual. Sin embargo, resulta poco creíble que, incluso en el contexto del romanticismo del siglo XIX, se la pase diciéndole al niño Simón que «el que se enamora, pierde».
Lo que debería ser un retrato de un educador iluminado se convierte en una caricatura que recuerda más a un gurú de autoayuda, despojando al personaje de la complejidad filosófica que lo caracterizaba.
De vuelta a “Cien años de soledad”, este tipo de simplificaciones también se refleja en la relación entre José Arcadio Buendía y Melquíades. Con un Melquíades que, gracias a su marcado acento peninsular, replica ese viejo truco de Hollywood donde el acento británico se usa como atajo para dotar de autoridad histórica (piensen en todos esos dramas de época donde hasta los emperadores romanos hablan como si vinieran de Oxford). Este recurso termina transformando a José Arcadio Buendía en una especie de buen salvaje caribeño deslumbrado por la sabiduría europea, pervirtiendo así la relación de igual a igual que García Márquez construyó entre el patriarca y el gitano, ese intercambio horizontal de saberes y locuras que era fundamental en la novela.
Lo único rescatable es el tráiler, una pieza visual que logró capturar, a través de una combinación de interés, intriga y nostalgia, en dos minutos —quizás por carambola o porque el director no alcanzó a malograrla— lo que la serie no consigue sostener ni en dos capítulos completos.