Opinión

Dime que nunca has visto el Festival de Viña sin decirme que nunca has visto el Festival de Viña

¿A qué va un humorista venezolano al Festival de Viña? A ser quemado... En la Quinta Vergara siempre demandan sacrificios

festival de viña
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Entre el morbo de los medios, la sobredosis previa de memes y una Quinta Vergara sedienta de sangre, otra ejecución en vivo tomó lugar en el Festival de Viña del Mar. Esta vez, la víctima fue George Harris. Y su sacerdotisa, la animadora Karen Doggenweiler, quien ofició el sacrificio con la precisión de quien entiende cómo funciona el ritual.

Con él, un cóctel explosivo: un show desconectado, un público ansioso de linchamiento y esa capa de xenofobia que hace rato se volvió parte del relato.

Lo peor es que pensé que sería aún más brutal. Pero no, el humorista miamero apologista de dictaduras de derecha —porque, dicho en sus propias palabras, “por lo menos construyen autopistas”— tuvo, tristemente, más margen de error que Jani Dueñas, la standupera chileno-feminista que ni siquiera tuvo el beneficio de la duda. A la xenofobia le dieron minutos de tregua. A la misoginia, ni eso.

Pero no nos confundamos. Aquí no sólo hubo un artista injustamente castigado ni una rutina incomprendida. La tormenta perfecta se armó con meses de anticipación. Harris viajó con una rutina vieja y la certeza equivocada de que su nombre bastaba. Cuando las pifias llegaron, no esquivó ni supo remontar. Peleó. Perdió.

El resultado fue un espectáculo incómodo, no solo por las pifias, sino porque quedó en evidencia que Harris no tenía nada más en el tanque. La Quinta Vergara no es el Movistar Arena repleto de venezolanos nostálgicos, ni la Miami donde puede repetir los mismos chistes de hace diez años para un público—una mayoría inmigrante, probablemente pro-Trump, que todavía se ríe de las samas de «Bienvenidos»—aferrado a una versión congelada de su país y a una comedia diseñada para reafirmar, no para desafiar.

Viña es otra cosa. Un espectáculo anacrónico que nació en otro tiempo, con otra lógica, y que alguna vez sirvió como una válvula de escape: el chileno encontró allí, en épocas muy aciagas, la oportunidad de drenar, de gritar lo que no se atrevía en la calle, de castigar desde la seguridad de la multitud.

Pero lo que fue un desahogo se convirtió en un ritual que se repite por inercia, sin cuestionamientos, con el sadismo como parte del espectáculo. Hace rato que no responde a una necesidad genuina, solo existe para alimentarse a sí mismo. Y si alguna vez fue espontáneo, hoy es un guion en el que los medios cumplen su papel con precisión quirúrgica. Otro trauma chileno que nadie quiere resolver, porque al contrario, se ha normalizado y hasta se celebra, como si Viña no pudiera existir sin su cuota de sacrificio en vivo.

Y aquí es donde entran los medios. Mega —el canal que convirtió el antiveniquismo en parte de su narrativa diaria y organizador del festival en esta edición— olió la sangre desde el primer anuncio y cebó el morbo. Y el resto, como siempre, siguió el juego. Este circo romano moderno no se sostiene sin audiencia, y para que el espectáculo funcione hay que preparar al público con la dosis justa de indignación y resentimiento, repartida a partes iguales entre chilenos y venezolanos.

Lo cierto es que Harris pareciera que no se preparó en todos estos meses previos ante la lógica de lo que enfrentaba. Pudo hacer algo distinto: sentarse, respirar. Leer la sala. O incluso, en un acto de resistencia pacífica —ahimsa, como diría Gandhi—quedarse en silencio y dejar que el ruido se apagara por sí solo. Pudo hacer teatro de sombras, leer correos viejos o recitar recetas, apropiándose del pasivo-agresivo chileno que, desde Maroon 5, convirtió la gastronomía en arma de guerra.

Pero no. Eligió el peor camino: pelear contra un público y una animadora que lo quería ver fracasar. Y cuando la caída fue inevitable, se convirtió en su propio chiste: la latina intensa, impulsiva, sin filtro. Solo que esta vez, la parodia era él mismo.

Y en su último intento por salvarse, soltó: «levántense una venezolana». El chiste sin remate. La fórmula gastada. El estereotipo de siempre: la mujer como trofeo, el hombre como conquistador frustrado. Un cierre patético para una rutina que ya se estaba desmoronando sola.

Harris nunca tuvo escapatoria. Doggenweiler lo sabía. Por eso lo dejó volver. Lo dejó intentar. Lo dejó caer. Y cuando el sacrificio estuvo consumado, pronunció las palabras finales.

El problema con Harris no es solo que tuvo una mala noche, sino que su carrera —al menos en lo que yo recuerdo— ha sido el resultado de haber sido en Venezuela el primero en hacer lo que hace, no necesariamente el mejor. Nunca bueno. Su fórmula es simple: decir «lo que pasa es que las venezolanas/latinas» seguido de una característica neurótica pero sexy, sin remate. Jamás un remate. Un enunciado vacío disfrazado de observación ingeniosa, convertido en reel viral para tipas que se sienten reivindicadas porque, al final, lo importante es estar buenas, no importa cómo. Perfecto, también, para que ex-famosas de la TV venezolana hagan lipsync en sus cuentas de TikTok.

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