Venezuela

No pasan de los 16 años y ya trabajan y emprenden en Venezuela

Estas son las historias de cinco jóvenes que en medio de la crisis venezolana, encontraron la manera de desarrollar una pasión y conseguir dinero para contribuir con el hogar. De un chef a un barbero, de un mecánico a una diseñadora, estos adolescentes combinan sus estudios con un oficio que esperan pulir en los años que vienen

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Venezuela
Daniel Hernández El Estimulo

En un país normal, los adolescentes dependen de sus padres. Cuentan con orientación familiar y escolar, con suerte pueden desarrollar una carrera y con el tiempo, convertirse en adultos responsables. Pero Venezuela no es un país normal y esto significa que muchos jóvenes deben hacerse cargo de ellos mismos e incluso de otros adultos que viven en la casa.

La compleja situación económica que atraviesa Venezuela, una nación con una moneda pulverizada, ha obligado a que los adolescentes asuman compromisos que regularmente cumplen los adultos. Así, conseguir dólares, divisa usada para pagar hasta el servicio más básico, se ha convertido en la meta de algunos muchachos con iniciativa para los negocios.

Y ese es el caso Jackner, Valleri, Gilberto, José Alberto y Andrés, chamos  que por diferentes razones asumieron la responsabilidad económica de sus casas o, como mínimo, se comprometieron a ayudar con el presupuesto familiar. Estas son sus historias.

Jackner, el barbero del barrio la Lucha

Se llama Jackner Quevedo y a sus 14 años ya es conocido como el barbero más joven del barrio la Lucha, ubicado en la Avenida Rómulo Gallegos. La razón por la que aprendió un oficio viene de un verbo que detesta: aburrirse. Si bien tiene potencial como jugador de béisbol, en la academia del Parque Miranda, la pandemia acabó con las prácticas. De hecho, el primer año durante la propagación de la covid-19 es su peor recuerdo.

«Mamá, mamá, estoy aburrido», era su queja constante. Pero un día, buscando inspiración, recordó que su tío es barbero. Así que se preguntó cuán difícil sería aprender este oficio. Y resultó que tenía talento natural para cortar cabello. Empezó, como es lógico, practicando con conocidos. Cuando se sintió listo, salió a la calle.

Todas las tardes, pone su silla en el callejón de su vereda, cuelga su espejo y prueba que la máquina y la tijera estén a punto para cuando lleguen los clientes. Estas herramientas fueron donadas por la misma comunidad. El estilista Carlos Aguilar le regaló la silla de barbero y los vecinos las máquinas nuevas. Si le faltaba un accesorio, alguien llegaba y se lo regalaba.

Su sonrisa ilumina la vereda. Le gusta hablar de sus sueños y cree que los puede cumplir estudiando y jugando pelota. Está en segundo año de bachillerato en la escuela experimental docente Luis Beltrán Prieto Figueroa y si bien cree que tiene futuro para jugar como profesional, advierte: «La barbería la puedo ejercer siempre, y eso es lo bueno».

Siempre abraza a su mamá, Dalys Flores, con fuerza. La besa. Sabe que ella es su mejor apoyo y también su ejemplo. Ella lo ayuda con sus redes sociales y le avisa cuando le piden una cita por esa vía. A Jackner también le llama la atención la profesión de su madre, quien es optometrista. Sin embargo, ella prefiere no influenciarlo. Le dice que siga a su corazón.

Valleri, la quinceañera diseñadora

Muy arriba en Casalta II, municipio Libertador, vive Valleri Campos. Es una adolescente de 15 años con un talento natural por el trabajo manual y puede decir que a su corta edad ya tiene una marca como emprendimiento: «Manzanita». ¿Cómo empezó esto? Pues con una celebración familiar.

Hace tres años, Valleri hizo una pancarta de cumpleaños para una de sus abuelas y ese fue el principio de todo. Los vecinos quedaron encantados y empezaron a pedirle arreglos para cumpleaños y días especiales. Poco a poco se ha ido convirtiendo en una labor más regular. «Cuando más tengo pedidos personalizados son los días de la madre, del padre o del niño. Por ejemplo, hice 30 arreglos para el Día de la Madre y los vendí todos», relata.

Conocedora de su talento, asegura que desea ser diseñadora gráfica. Gestiona con una madurez sorprendente su marca y asegura que maneja el dinero con buen criterio. Más del 50% de su ganancia lo invierte en más material para seguir trabajando y está reuniendo para lograr el propósito de pagar en un futuro su carrera. Otra rama del arte que le gusta es el diseño de modas.

Con lo que gana, también ayuda en casa y cubre los gastos de su ropa y otras cosas que necesita. El nombre de su emprendimiento tiene una historia: «Mi papá (Starlin Campos) murió cuando yo tenía 3 años, pero mi mamá (Neycky Fuentes) y mis familiares siempre me han dicho que él me decía manzanita y creo que el mejor nombre para mí emprendimiento es el apodo que mi papá me tenía».

Valleri también lleva sus redes sociales. Sin tener conocimientos técnicos de community manager, pero con mucha inspiración y ganas, maneja el Instagram de la marca. Cuenta que el apoyo de su madre, quien ha sido clave para mejorar su talento. Y si bien es muy joven, ya tiene un plan de vida: emigrar a México con su hermana, donde espera convertirse en diseñadora gráfica.

Gilberto, el mecánico especializado

A Gilberto Andrés Colón no le molesta terminar el día con las manos llenas de grasa. Inspirado por Gilberto Colón padre, quien es mecánico de profesión y Marta Valente, licenciada en Educación, este chico de 16 años desea ser un mecánico automotriz avanzado.

Lo primero que destaca Gilberto es su enorme estatura y segundo, la manera en que le «mete llave» a los carros. Así fue como El Estímulo lo encontró para esta entrevista, trabajando en un auto. «Yo quiero ser mecánico automotriz. No es meterle mano a un carro nada más, no. Hay que estudiar. Cuando termine el bachillerato voy a estudiar una especialización en mecánica», cuenta.

Explica que empezó a trabajar mecánica desde los 10 años, con la tutela de su padre y hoy laboran juntos, ofreciendo asistencia a las personas que necesitan un servicio a domicilio. Les ha funcionado bien. En un mes, aproximadamente, pueden dar servicio a 5 o 7 vehículos.

A Gilberto Andrés le brillan los ojos cuando se le pregunta cuál es su mayor satisfacción al ejercer este trabajo: «Una de las alegrías que siento es cuando desarmo solo un motor, trabajo en él y al final al encender el auto, escuchar ese motor rugir no tiene comparación». Gilberto padre lo confirma: «Él solo baja, desarma y arma de nuevo un motor, igual como si lo hiciera yo. Mi hijo es amante de los automóviles».

Sin embargo, de acuerdo con el padre y el hijo, por el año y medio de pandemia, bajó la cantidad de vehículos de trabajo para revisar, algo que esperan que cambie en estos últimos meses.

Debido a su estatura, Gilberto intentó practicar baloncesto, pero sintió que no era lo suyo. Su amor por la mecánica, llaves y tuercas era más grande. Eso sí, como es natural, es amante de la Fórmula 1. Para este jovencito, un auto es una misión, un reto. Sobre su futuro, dice que a largo plazo desea salir del país, conocer otros lugares y nuevos autos.

El repostero de Vista Alegre

José Alberto Artiles es el más pequeño de estos jóvenes emprendedores. Tiene 13 años, pero desde muy pequeño empezó a interesarse por la cocina. Con solo 4 años mostraba inquietudes por la pastelería y en lugar de ver series o dibujos animados, disfrutaba de programas el estilo Masterchef.

Motivado por el instinto, hizo un curso infantil de pastelería en la academia «Nuestro pan de cada día», del chef Otto Martinez y a partir de allí concluyó que quería hacer muchos más. Sin embargo, las limitaciones de la pandemia por el covid 19 le han detenido un poco.

Un duro golpe de la vida lo llevó a decidir hacer postres para vender: la muerte de su padre, José Gregorio Artiles Martínez, al principio del año 2020. «Papá era el proveedor. Era el que traía todo para todos en casa. Fue muy duro para nosotros y esto me hizo pensar que era hora de ayudar a mi mamá en los gastos de la casa», relata.

Empezó haciendo tortas y ponquecitos para familiares y allegados. Sus pedidos empezaron a incrementarse cuando entró al grupo de WhatsApp de sus vecinos. Al crecer la clientela, introdujo otros productos como los roles de canela y los populares golfeados.

«Trato de ser moderado en la publicación de mis productos, para no aburrir a los clientes. Mi mamá (Lexibel Warrick González), que siempre me apoya, me dice que debo entender que siempre hay semanas buenas y malas en la venta, pero que no me desanime. Mis abuelos también me apoyan».

Una de las cosas que más le llenó de satisfacción fue comprar su propia computadora con sus ingresos. Desde entonces, siente que es capaz de lograr lo que sea. Si bien apenas acaba de iniciar el segundo año de bachillerato, tiene un mensaje para los muchachos de su edad: «No se desesperen, descubran poco a poco lo que les pueda apasionar, pero no dejen de soñar porque el día menos pensado el talento saldrá a flote».

Se visualiza ejerciendo este oficio: «Quiero vivir de la cocina, vivir de lo que me gusta. No sé qué voy a estudiar más adelante, pero por ahora mis expectativas principalmente se relacionan con la cocina».

Andrés, el rey de la chola

Por muchos medios leímos como un calzado roto generó una revolución: unas chanclas con material de reciclaje, que hoy le dan la vuelta al mundo. El protagonista de la historia es Andrés López, un nombre que se hizo familiar este año en las redes sociales.

Se trata de un pequeño visionario de Ciudad Bolívar. Tiene 15 años, pero sus reflexiones son de adulto. Ya sabe que de una situación negativa puede tomar lo positivo. Por eso, entiende que el camino por ser jugador de béisbol profesional tiene triunfos y derrotas.

Mientras pule su swing, sigue mejorando la técnica de las cholas, como se le dice en Venezuela a las sandalias. Junto con su padre, Joel López, fabricó una lijadora para pulir sus chanchas.

Andrés cuenta que sus vecinos lo ven con orgullo, pero que no piensa en la fama. Para él, lo importante es vender su calzado y ayudar en el hogar. Su meta es comprarle una casa a su madre, Carla Cabrera. Por ahora, va bien encaminado: fue invitado por fabricantes de calzado para que conociera cómo es una línea de producción y ensamblaje.

¿Qué dice la ley sobre el trabajo infantil?

Organizaciones no gubernamentales y expertos en el tema de los derechos humanos insisten en que los niños no deben trabajar. Según la organización de Centros Comunitarios de Aprendizaje (Cecodap), «en Venezuela, el registro de adolescentes trabajadores no es público, pero el aumento del trabajo infantil es visible en las calles».

Carlos Trapani, abogado especializado en derecho de los niños, niñas y adolescentes explica en documento recogido por esta organización, que la ley venezolana permite trabajar a los adolescentes de 14 años en adelante. Bajo una excepcionalidad, también los adolescentes menores pueden hacerlo, previo permiso del consejo de protección (Capítulo III de la Ley Orgánica de Protección a los Niños, Niñas y Adolescentes).

«Hay que rescatar el trabajo como un valor, como un mecanismo para generar riquezas y fortalezas; para alcanzar aspiraciones legítimas. Otra cosa es que forcemos las etapas de desarrollo. Que pongamos al niño a asumir responsabilidades no acordes a su edad», explicó Trapani.

Abel Saraiba, también de Cecodap, añadió: «La sociedad ha cambiado. Por ejemplo, los padres estaban convencidos de que la violencia era la mejor manera de corregir a sus hijos. Hoy sabemos que hay otras formas. No podemos continuar con el retroceso al siglo XIX. Cuando revisas el contexto en el que se daba el trabajo infantil en esa época, ves que corresponden a contextos de guerra y emergencias. En ningún momento son escenarios que promueven los derechos del niño», explicó.

La psicoanalista venezolana Ruth Hernández Boscán, que trabaja con niños y adolescentes, explicó a El Estímulo que no se puede generalizar a la hora de analizar el caso de los jóvenes que tienen emprendimientos o trabajan en algún oficio.

«Depende mucho de las edades, porque el tema del trabajo infantil tiene doble filo. Unicef ha luchado muchísimo por erradicar el trabajo infantil, y tiene trabajos importantes en esa área en Venezuela. La tendencia es más hacia penalizarlo que hacia motivarlo», explica de entrada Boscán, pero advierte: «Ahora, yo no comparto esa  ‘tendencia’ porque hay que evaluar el caso por caso».

– ¿Hay algún problema en específico que impida que un niño de 13 o 15 años trabaje?

-Siempre el tema de a qué edad se puede o debe hacer algo es muy subjetivo.

– Pero, ¿hay evidencia de que trabajar a temprana edad tenga consecuencias en el desarrollo del joven?

-Sí. Bastante. Pero cada caso es distinto. Abarca temas físicos, escolares, emocionales.

– Como profesional, qué consejo se le puede dar a los padres que tienen hijos que desarrollan habilidades y pueden cobrar por ellas

-Que no los apoyen si desean dejar los estudios o dejar de realizar sus otras actividades por trabajar, como hacer deportes o salir con amigos, por ejemplo.

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