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Rafael Caldera, de ilustrísimo a chiripa

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Rafael Caldera fue un político exitoso y de eso pocos dudan. Se supo reeditar a los 78 años para conquistar, chiripero mediante, un país que ya despreciaba el modelo político de entonces —bipartidismo incluido. Amado por su intelecto, respetado por su amplia obra escrita, criticado por sus decisiones económicas y odiado por el indulto a Hugo Chávez, pasó a la historia como un demócrata el 24 de diciembre hace siete años

El siglo 20 venezolano tiene pocos nombres que lo acompañaron casi por completo. Arturo Uslar Pietri es uno de esos. Rafael Caldera es otro —y mucho más importante por la labor institucional y partidista que encabezó. Del socialcristiano, dos veces Presidente de la República, se ha dicho mucho, desde alabanzas a su preparación académica e intelectual, hasta un amplio expediente de culpas nacionales.

Caldera fue el presidente con mayor obra escrita y publicada, un maestro para los diagnósticos económicos y fiscales, y el de curriculum más destacado, desde su formación jesuíta hasta su doctorado en Ciencias Jurídicas y Políticas por la Universidad Central de Venezuela, de donde fue profesor. También fue miembro de número de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales y de la Academia Venezolana de la Lengua, con cinco idiomas compartiendo espacio en su mente —ha sido el único mandatario venezolano que ha pronunciado un discurso completo y no leído en inglés, durante una visita a Estados Unidos.

Su hoja de vida tiene más títulos. Uno de esos es el de segundo “padre” de la democracia, a pesar de que Rómulo Betancourt quedó marcado por ese calificativo gracias a insistencias históricas de maestros como Germán Carrera Damas. Pero Caldera estuvo allí, en aquellos primeros años de la representatividad nacional, con la Unión Nacional Estudiantil, luego el Movimiento de Acción Nacional y finalmente con Copei. Convivió con Pérez Jiménez y después fue adversario de Rómulo, como luego, con mucho más ahínco, de Carlos Andrés Pérez. Esa “segunda generación” de Acción Democrática (AD) debió lidiar con el mismo contrincante, y no con Joaquín Marta Sosa y otros llamados a sucederlo en las filas del partido verde.

Caldera fue padre y fue sepulturero. La democracia bipartidista que ayudó a forjar, esa que lo vio como el incansable y reiterado candidato presidencial —las veces que Copei no lo tuvo como abanderado fue porque perdió en primarias internas y no por falta de aspiraciones—, también terminó con él como enterrador cuando asumió la tercera vía electoral, el chiripero, y salió del retiro para lanzarse de nuevo a sus casi 80 años. Creó el partido político Convergencia a su imagen y semejanza cuando en primarias Oswaldo Álvarez Paz logró los símbolos socialcristianos para las elecciones de 1993, y se alió con la izquierda que había terminado de pacificar casi tres décadas atrás: fue el candidato del Movimiento al Socialismo (MAS), del Partido Comunista de Venezuela (PCV) y del Movimiento Electoral del Pueblo (MEP).

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Caldera demostró que no hay muertos en política. Así, arrastró el voto socialcristiano, el socialista y el de la antipolítica que lo vio erigido el 4 de febrero como representante de la vieja guardia que entendía el agotamiento del modelo político imperante. En septiembre de 1993, ya era el competidor más valorado y Copei el partido mejor visto. Por eso el veterano era cuidadoso con las palabras. A Álvarez Paz lo calificaba como “el candidato oficial” del partido de la lanza, criticaba su presentación como independiente durante la postulación ante el Consejo Supremo Electoral, y valoraba como una mera estrategia que el exgobernador del Zulia luego sí abrazara los símbolos y retórica partidista. “El sentimiento copeyano sigue con quien ha sido y es el representante más fiel de la concepción de la opinión socialcristiana”, decía Caldera en televisión.

En esa entrevista con Marcel Granier de septiembre de 1993, el expresidente también llamaba a ocuparse de la inseguridad, limpiar las policías corrompidas por el malandraje, activar políticas de desarme, replantear la deuda externa,  profundizar la lucha contra la corrupción, solventar los problemas de suministro de agua potable. “Durante mi administración (1969-1974) el Estado venezolano percibía 80 centavos de dólar por barril de petróleo, eso era todo lo que teníamos. Eso pasa a 14 dólares —con la nacionalización— y no hay dinero para nada, y se deja que todo se pierda, y se lo roban. Es un drama”, agregaba. Luego lanzó que Venezuela era “una ilusión de riqueza, nos sentimos como el pobre que se gana la lotería de Navidad y empieza  gastar como loco, y cuando se le acaba el dinero está endeudado y lleno de compromisos y está más pobre que lo que estaba antes de ganarse el premio”. Y remató: “aquí creyeron que el alza de precios del petróleo era definitiva, se hicieron cálculos en base al petróleo a 30 dólares y entonces toda la economía se armó alrededor de esa concepción equivocada, y cuando vinieron los precios a su nivel nos encontramos en una situación casi irremediable”. Hoy como ayer.

Llegado a Miraflores también evidenció que los cambios de rumbo son posibles. Sus primeros modelos de gestión, delineados en aquella “carta de intención con el pueblo de Venezuela” —respuesta a la Carta de Intención con el Fondo Monetario Internacional (FMI) firmada por Carlos Andrés Pérez— se demostraron insuficientes para atender “la situación preexplosiva” en la que aseguraba estaba el país que “ya no aguanta más” un entorno económico difícil. Cuando comenzó ese segundo gobierno, la pobreza en el país alcanzaba 54,7% de la población y el desempleo 8,9%.

Por eso, el nuevo Presidente, que asumió el cargo con 78 años recién cumplidos, prometía eliminar el impuesto de valor agregado (IVA), detener “la hemorragia de privatizaciones”, no aumentar el precio de la gasolina y jamás firmar acuerdos con el FMI; es decir desmontar el “paquete hambreador del pueblo” de 1989, como lo calificó. Pero del dicho al hecho hay mucho trecho, uno que incluso condujo a una crisis bancaria. En 1994, el primer mandatario decretó una suspensión de garantías económicas, un estado de excepción, que el Legislativo de entonces le revocó en el tiempo que la ley establecía. A los cinco días, Caldera reiteró el mismo decreto y amenazó al Congreso con llevar la decisión “al pueblo”, mediante referéndum consultivo que nunca llegó. Pero en su tercer año de gestión hubo un nuevo rumbo: la Agenda Venezuela, con Teodoro Petkoff como gran timonel de la economía. Un plan con similitudes evidentes al “Gran Viraje” de Pérez, incluyendo privatizaciones, aumentos de la gasolina —que, no obstante, no generaron caracazos ni traumas sociales—, además de liberación de controles de precio y de cambio, y una devaluación fue de 70%.

Allí Caldera volvió a mostrar su habilidad como político. Buscó consensos y no animadversiones. Mantuvo cerca a sus amigos y más aún a sus enemigos en vez de enfrentar a los técnicos de su gabinete con los políticos de las facciones. Ya no más IESA boys. Además, apuntaló el discurso del sacrificio nacional, y hasta pidió disculpas previas por su aplicación. En contraste, Pérez había impuesto el suyo sin anestesia, y sin explicaciones. Pero hubo más, Petkoff insistía en vincular lo económico con lo social y por eso no solo el hombre allanaba el camino con su discurso directo y populachero, sino que se definieron 14 programas para proteger a los más vulnerables ante las nuevas medidas, como los subsidios al pasaje estudiantil y a la pensión de vejez, los hogares de cuidado diario y la merienda escolar, entre otros.

Los números son elocuentes. Es verdad que el chavismo ha sacado punta de la inflación que en 1996 alcanzó el 103%, que se mantuvo como récord histórico nacional hasta 2015. Pero también lo es que un año después, en 1997, el dato oficial cerró el año en 37,6%, 66 puntos hacia abajo. Una recuperación, hasta ahora, nunca reeditada. Cuando Caldera entregó la Presidencia a Hugo Chávez, lo hizo con una inflación de 30%, una pobreza de 50% y un nivel de desempleo de 15,3% luego de gobernar con un precio del petróleo promedio de 9,4 dólares, según la consultora ODH.

Entre los recuerdos de su segundo período está la Apertura Petrolera y el regreso de las grandes corporaciones globales de los combustibles, las visitas del papa Juan Pablo II y del presidente de Estados Unidos Bill Clinton, así como el sobreseimiento de las causas que mantenían encarcelados a los militares rebeldes de 1992, incluyendo a Hugo Chávez. Pero Caldera desestimó que fuera su culpa que el “comandante” llegase al poder.

En 2003, en su última entrevista televisada, por fin admitió que “mi edad es muy avanzada y reconozco que ha pasado el tiempo de ser actor en el escenario nacional”. Tenía 87 años. En esa conversación dijo que “los mismos que me echan a mí la responsabilidad podrían decirlo del gobierno anterior cuyos altos jefes militares lo llevaron (a Chávez) a la televisión, lo presentaron ante el pueblo y lo convirtieron de un desconocido en una figura nacional”. Aclaraba el expresidente que los sobreseimientos, “que no significaban perdón porque no eran un indulto”, comenzaron bajo el mandato del propio Carlos Andrés Pérez, continuaron con Ramón J. Velásquez, “y cuando yo llegué al poder casi todos habían salido ya de la cárcel”. Curiosamente, el liberado Hugo Chávez asumió un discurso anticalderista fuerte, exigiendo su renuncia y convocando a paros nacionales indefinidos, llamados ignorados. “Cuando él ganó la elección estuvo en Miraflores y me pidió excusas, perdón, por todos los ataques injustos que había tenido para conmigo en la campaña electoral”, reveló Caldera. El “comandante eterno” nunca lo admitió.

El segundo período de Caldera dejó un recuerdo más imborrable en la historia que su primera vez en la Presidencia, cuando amnistió a los guerrilleros, cambió la doctrina de las relaciones internacionales para reconocer a las dictaduras latinoamericanas como gobiernos respetables -incluyendo a Fidel Castro-, inauguró obras como El Poliedro o el Hospital Pérez Carreño, estiró la arruga de la disputa limítrofe con Guyana al firmar el Protocolo de Puerto España, dispuso las bases para la industria petroquímica, intervino la Universidad Central de Venezuela y cerró la Escuela Técnica Industrial, entre mil hechos ocurridos entre 1969 y 1974.