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Cubanos en Venezuela: los persigue la revolución

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Más allá de la cifra de 46.000 cubanos que el gobierno exhibe orgulloso como servidores públicos, ¿qué hay de las historias humanas? ¿Cómo son sus condiciones de vida? ¿Cuáles han sido las dificultades que han enfrentado para adaptarse a la cultura local? Estos inmigrantes temporales lo que sí tienen claro es que su futuro es tan incierto como el de la revolución

El 30 de octubre del 2000, el ex Presidente Hugo Chávez Frías firmaba el Acuerdo Integral de Cooperación Cuba-Venezuela. Se estaba concretando así una vieja simpatía ideológica que el fallecido líder de la revolución bolivariana siempre tuvo hacia la dictadura comunista de Fidel Castro, desde sus tiempos golpistas y más atrás, desde que protagonizó en el Samán de Güere una folklórica reedición del juramento de liberación de la Patria de Simón Bolívar. Los temores de cierto sector opositor, que acusaba al gobierno bolivariano de querer instaurar en Venezuela un régimen similar al que en la isla prosperaba desde 1959, parecían al fin tener base concreta, ya que hasta ese momento las relaciones entre la recién iniciada revolución venezolana y la jurásica antillana se mantenían dentro de cierta simpatía inofensiva, que no iba más allá de encendidas proclamas públicas y fanfarronadas retóricas, bañadas de esa cursilería estrambótica que indefectiblemente caracteriza al discurso izquierdista. Sería ese el primer paso tangible de una larga cooperación mutua que, con el tiempo, fue profundizándose hasta establecer una sólida alianza estratégica. El puente fraterno ha llevado a que funcionarios de la isla controlen hoy en día sectores medulares de la Nación, como los puertos, aeropuertos, administración tributaria y hasta departamentos fundamentales de la policía política y de los organismos de espionaje del Estado venezolano.

“En principios estábamos muy vigilados y se nos había advertido que no debíamos mezclarnos mucho con los médicos de acá, sino que nuestro trabajo estaba ligado a las comunidades y con ellas debíamos tratar”, dice Marta, quien pide antes de iniciar la conversación en un pasillo del Parque Residencial Los Helechos de San Antonio de los altos, donde está ubicado el Centro de Diagnóstico Integral (CDI), para el que trabaja, que por favor le cambie el nombre. Ella es una de los 46 mil cubanos que el gobierno exhibe orgulloso como servidores públicos en Venezuela, según cifras sugeridas por Venezolana de Televisión en un artículo publicado el 30 de octubre de 2014 a propósito de la conmemoración de los 14 años de la firma del Convenio Cuba-Venezuela. Continúa en voz baja y echando ocasionales miradas hacia la recepción, que en esas horas de la tarde sabatina está casi vacía de pacientes y personal. “Pero claro, al final uno se compenetra. Son tres años de servicio los que uno pasa aquí y es imposible que solo sea trabajo. Me gustan los venezolanos. Se parecen un poco a los cubanos en lo dicharacheros, jodedores como dicen aquí”, dice y su rostro refleja una cierta cordialidad. Ella es amable. Pero a los pocos minutos entra en temas más escabrosos y su amabilidad torna en alerta. “A varios los han robado. A un colega aquí le quitaron un celular que se había comprado cuando estaba en Los Teques. Eso se oculta. Nos ordenan no decirlo. Cuando ese médico le contó a quien nos coordina aquí en Miranda, éste le dijo que lo olvidara y que no lo hiciera público, porque eso afea la imagen de la misión y le da armas a los enemigos”.

Rogelio Polanco, quien sustituyera al célebre Germán Sánchez Otero como embajador de Cuba en Venezuela, declaró en noviembre de 2012 que más de 100 médicos cubanos habían muerto en el país desde que se inició el convenio. La mayoría, aseguraba el diplomático, de causas naturales o en accidentes. No quiso comentar los incómodos casos de Rosa María Christy Labañino, quien recibió un tiro en Cumaná el 30 de julio de 2006; o el de Raquel de los Ángeles Pérez, asesinada, también en 2006, en Petare, caso que provocó la indignación del entonces jefe de Estado, quien dijo en su maratónico Aló Presidente: “Tenía tres años aquí con nosotros curando enfermos, salvando vidas, dejando a su familia en La Habana. ¡Qué dolor que regrese a Cuba cadáver!”.

Es un miedo. Este país es muy inseguro. La gente aquí dice que Venezuela es igual a Cuba, y tal vez lo sea en muchos aspectos, pero no en ese, en Cuba no te matan en la calle, no de esta manera. La violencia es algo que me impresiona mucho de este país. Aquí los niñitos de 12 años ya son delincuentes. Yo atendí a una señora que fue herida por un muchachito para robarle su cartera. He atendido varios casos así. Es muy feo eso, se espanta Marta.

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Julio González  también pide que se le cambie el nombre para este trabajo. Es opositor, pero lleva meses tratándose en el centro de rehabilitación que funciona detrás del CDI de Los Helechos. Una caída en el trabajo lo sacó de la vida activa durante meses. Le mandaron rehabilitarse, pero el alto costo de los centros privados lo obligó a tragarse su orgullo y hacer sus terapias con los antillanos. “No te lo niego: son muy amables y a mí me han atendido muy bien. Te miento si te digo que no es así. Pero es que es jodido, porque la salud es un derecho y el Estado tiene que dártela, pero entonces tienes que venir aquí y lo primero que ves en la sala de espera es una cartelera con recortes de Fidel, de Chávez, de Maduro. Es una humillación, pero yo no tengo plata para la terapia, o me la hago aquí o no voy a poder volver al trabajo”, comenta. Y aunque frustrado, no deja de agradecer que su terapia forme parte de las 564.000.000 de consultas médicas que ha conseguido la Misión Barrio Adentro, dato suscrito por el presidente del Instituto Nacional de Estadísticas, Elías Eljuri, para la agencia de noticias AVN. Informó, asimismo, que 5 millones 527 personas se diagnostica en los consultorios de Barrio Adentro.

“A mí no me gustaba eso del convenio desde un principio. Me parece bien que se le dé salud a los pobres, que se hagan estas cosas, pero con médicos locales”, exhorta. Cuando se le pregunta qué pasa si, como denunció el gobierno en su momento, los médicos locales no desean ir a zonas rurales a atender a los pacientes de allí porque prefieren la comodidad de las grandes ciudades y las consultas privadas, Julio responde: “Eso está muy bien. No es xenofobia, si algún extranjero viene a trabajar, pues qué bueno. Mi miedo es que detrás de los médicos haya agentes, espías, infiltrados”, dice sin temor a sonar paranoico.

Marta no niega a especie, sino que la afirma por debajito. “¿Qué quieres que te diga? Eso es normal. A nosotros en principio no nos dejaban tener celular o hablar mucho con la gente. Hubo romances, algunos médicos aquí se enamoraron de venezolanas, y eso no le gustaba al coordinador. Si tienes pareja de aquí debes pedir permiso y…”, se detiene y lo piensa mucho antes de continuar: “bueno, yo me di cuenta de que apenas un doctor dice que tiene novia, le acortan el tiempo de servicio. Porque lo que nosotros tenemos es un acuerdo de servicio: venimos por un tiempo, nos dan algo aquí para nuestros gastos y una prima para nuestras familias allá. Cuando se nos vence el contrato, volvemos. Pero si ellos deciden que volvemos antes por cualquier razón, lo tenemos que hacer. Y ellos han hecho eso: les han dicho a los médicos que tienen novia que deben volver antes. Los ponen en una disyuntiva porque deben decidir si se quedan con la pareja o regresan. Si se quedan, están desertando, y allí se echan el mundo encima. En Cuba te penalizan por eso, muchas veces no puedes regresar a la isla por diez años. En Venezuela les niegan la cédula y los papeles, quedan mantenidos por sus novias porque no pueden trabajar ni nada. Algunos tienen un plan B y logran salir de Venezuela. Eso lo han hecho mucho, pero no se dice, está escondido”, finaliza Marta quien ya no quiere responder más preguntas y se despide pidiendo discreción respecto a su identidad.

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Kelly Martínez llegó a Venezuela en 1993, con 13 años de edad recién cumplidos. Hija del reputado fotógrafo Ramón Grandal, es parte de los millones de cubanos que han emigrado desde la instauración de la revolución. A los 18 vio cómo llegaba al poder la revolución bolivariana, y un año después fue testigo del acuerdo que selló la alianza entre los comandantes Chávez y Castro. En principio, defiende a sus compatriotas venidos con el convenio- “Es una forma de salir de Cuba. Eso muchos no lo entienden, bueno, no lo entendían hasta ahorita que Venezuela se ha ido haciendo más una cárcel y que creo que muchos venezolanos han vivido en carne propia lo que se siente no poder salir de tu país sin permiso y lo que es estar desesperado por hacerlo. Ese convenio ha sido la posibilidad de muchos cubanos de salir del país, de dirigirse a un lugar más libre, donde además pueden acceder a cosas que no hay en la isla: un microondas, un televisor, un celular, cualquier cosa que haga la vida un poco más fácil”, dice la también fotógrafa, a quien le dolía mucho el rechazo de algunos venezolanos contra los galenos y funcionarios que vinieron a ser parte de la Misión Cultura con los que tuvo más contacto. “La gente tiene que entender que en Cuba hay mucha gente inofensiva que no tiene la culpa de que exista la revolución. Hay gente que no me interesa, gente muy dañina, como esos que fueron a la cumbre ahorita en Panamá a golpear a los disidentes. Esos sí son la gente mala. Pero ellos no son ‘los cubanos’, sino que son agentes del gobierno y son terribles. Pero hay que distinguir entre ellos y los médicos o trabajadores a los que no se les puede juzgar por querer algo que mejore un poco sus vidas, o por querer huir de un país que no tiene fronteras. Creo que muchos venezolanos que hoy están en la misma situación de tener que huir porque ya no hay salidas irán comprendiendo”.

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Martínez le da un tono social a la aceptación de una parte de la población de las misiones y su componente extranjero. Recuerda una anécdota en Catia “Estaba en una de esas noches locas en las que uno termina por ahí en la casa de unos amigos bebiendo y comiendo un sancocho. A mí siempre me gustaba mucho escuchar a la gente del chavismo, ya no me gusta tanto, pero hubo un tiempo en el que me interesaba escucharlos para entender sus razones. Bien, allá vi a un viejito del barrio que me contaba maravillado que, además de que los médicos los atendían y le daban medicamentos gratis, la doctora de ese módulo que quedaba junto a su casa solía almorzar con ellos. Tal vez esto sonará un poco romántico o ingenuo, pero esa noche entendí que también ha habido en Venezuela cierta falta empatía por el otro; de alguna manera esta misión, la presencia de esta gente, les hacía sentir respeto a unas personas que nunca habían sentido que los trataban con respeto, que estaban incluidos. Yo desde que llegué a Venezuela sentía que había mucho de maltrato de un sector social hacia otro, y eso crea resentimiento. Nos guste o no, es así. Esa grieta social ya existía, Chávez lo que hizo fue abrir un abismo a partir de ella”.

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Con el acento a medio camino entre el caraqueño y el habanero, Martínez, —quien se confiesa amante de la cultura norteamericana a cuya literatura dedicó buena parte de su trabajo académico—, cuenta cómo luego de años de luchar contra las condiciones de vida que se fueron depauperando en Venezuela, decidió irse del país junto a su esposo a mediados del año pasado. “Es mi segunda migración. El sentimiento es totalmente distinto, porque una cosa es ser una adolescente con problemas tontos y dejando que mamá y papá se ocuparan de los problemas reales que hacerlo cuando se es mayor y además recién casada. Solo diré, eso sí, que yo me fui de Venezuela por la misma razón que me fui de Cuba y que ahorita no quiero flaquear y dejar que la nostalgia me quiebre”.

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