El poder militar y la sumisión al chavismo

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El teniente coronel Hugo Chávez Frías ganó la Presidencia el 6 de diciembre de 1998 mientras las Fuerzas Armadas se caracterizaban por ser disciplinadas y democráticas, a pesar de las fisuras. El líder de la revolución bolivariana modificó las leyes a su antojo para controlar la institución militar y debilitarlas desde la raíz. 20 años después, de los otrora valores castrenses no queda ni la sombra.

Con motivo de su 13° aniversario, Clímax presenta la serie Deconstruyendo a Hugo Chávez

Hugo Chávez señaló a alguien entre la multitud que lo escuchaba con fervor en el Teatro Municipal de Caracas durante una alocución presidencial. “Allá hay un soldado, un vergatario con boina roja, míralo”, dijo y la gente movió la cabeza de un lado a otro para saber quién acaparaba la atención. El mandatario le pidió que atravesara la sala y subiera a la tarima, mientras el público vitoreaba la cortesía. El objeto de las miradas llevaba uniforme verde oliva, botas negras y un gorro escarlata en la coronilla. Se abrazó con el comandante y soltó frente al micrófono: “Así, así, así es que se gobierna”. Todos aplaudieron y Chávez lanzó: “¡Bravo! ¡Vivan los niños!”. El chiquillo camuflado de combatiente tenía cuatro años. Un niño militar.

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La escena se repite en la cotidianidad venezolana como un patrón. Pequeños disfrazados de soldados en los carnavales o niños que asisten a los desfiles de fechas patrias con traje verde, imitando al Chávez teniente. Efectivos de la Fuerza Armada Nacional abarrotan las calles sin justificación, controlan las colas en los supermercados, resguardan estaciones de servicio de gasolina y requisan las alcabalas en las vías. Los soldados son ministros, gobernadores, empresarios. En cualquier lugar, a cualquier hora, los castrenses son el día a día. Uno de los tantos legados del comandante.

En picada

Los militares siempre han sido figuras fundamentales en el juego político venezolano, moviéndose estratégicamente en el tablero para modificar la dirección de la nación en golpes de Estado o en instauraciones democráticas. Pero hubo un antes y un después de la llegada de Chávez al poder tras ganar las elecciones presidenciales del 6 de diciembre de 1998.

Antes de la revolución bolivariana, la institución se centraba en la profesionalización, siempre con despolitización, además de estar sometidas a diversos controles y tener una elevada capacitación técnica. “Se buscaba el control civil sobre las fuerzas militares. Aunque no fue del todo exitoso, debido a que persistió una influencia política sobre el sector militar, se produjeron avances importantes en la separación entre los ámbitos militares y civiles” se explica en el libro Fuerza Armada, Estado y sociedad civil en Venezuela de Francine Jácome.

Las dos intentonas golpistas de 1992 prendieron las alarmas. Además de fracturar las Fuerzas Armadas, avisaron que los uniformados querían más protagonismo en las decisiones del futuro del país. Esa llama, con la chispa del sentimiento antipartidista y el descontento social, despertó el deseo de elegir a un líder vinculado al militarismo, una oportunidad de oro para que la bota militar resurgiera en el poder.

Un joven Chávez apareció frente a las pantallas de televisión, asumió la responsabilidad del alzamiento militar fallido contra Carlos Andrés Pérez y pronunció un “por ahora” como la promesa de que volvería. Y llegó el día, seis años después: se quitó el uniforme militar para competir por la silla del Palacio de Miraflores como un civil y, sin experiencia política, la ganó con el 56,20% de los votos. El teniente coronel pasó a ser, a partir del 2 de febrero de 1999, Comandante en Jefe, como justo antes lo fue Rafael Caldera.

¿Qué encontró al llegar? “Una Fuerza Armada Nacional organizada, adiestrada y democrática”, asegura el general retirado Raúl Salazar. Quien también fuera el primer ministro de Defensa del difunto exmandatario explica que en aquel entonces los soldados ascendían de cargo por medio de la meritocracia, a punta de esfuerzo y obediencia. “Cada quien tenía que hacer la carrera militar dentro de las normas e ir agarrando la jerarquía como establecen las leyes. La carrera militar es una carrera, tiene que haber disciplina, la base fundamental”.

A pesar de las fisuras latentes en la institución, la esencia castrense se mantenía para la época. “Las Fuerzas Armadas eran lo suficientemente firmes para poder cumplir el cometido para el que fueron creadas, tenían un criterio claro con respecto a la división del poder. Era una institución respetada, los oficiales eran considerados unos funcionarios con privilegios y se mantenía el equilibrio piramidal”, comenta Sebastiana Barráez, periodista especializada en la fuente militar. Los uniformados no actuaban a sus anchas: la Asamblea Nacional, el Ministerio Público y la Contraloría General de la República eran las entidades encargadas de la aprobación final de los ascensos y de vigilar los gastos en el sector.

A partir del siglo XXI, Venezuela se desvió del camino de las buenas prácticas seguido por otros países de Latinoamérica, que buscaban priorizar el control civil, y optó por otra vía: la militarización. Adiós a uniformados disciplinados, apolíticos y democráticos. Pasaron de fichas de ajedrez a títeres.

Leyes a la medida castrense

Chávez no quiso perder el tiempo cuando ganó la Presidencia, así que la primera jugada estuvo en la Constitución de 1999.

A los militares activos, desde los efectivos del más bajo rango hasta los generales, se les concedió el derecho al voto, según el artículo 330, aunque no se les permitía “optar a cargo de elección popular, ni participar en acto de propaganda, militancia o proselitismo político”. De ahí se aceleraron los cambios en los conceptos de institucionalidad y se puso en marcha la “alianza cívico-militar” que tanto parloteaba Chávez en sus discursos, según Fuerza Armada, Estado y sociedad civil en Venezuela. “La nueva carta magna formalizó la ampliación de la participación de los militares en los ámbitos del desarrollo nacional, seguridad ciudadana, desastres naturales y temas ambientales”.

Desde entonces, los ascensos de los soldados los controlan los propios militares, sin la participación del Parlamento. Así como la revisión a las empresas de las FAN que le correspondía a la Controlaría General de la República ahora es a través de la Contraloría de la institución castrense. Se disminuyeron los controles y la supervisión institucional. Ellos mismos se pagan y se dan el vuelto.

Los cambios apenas empezaban. La Ley Orgánica de Seguridad de la Nación de 2002 introdujo la definición de “seguridad y defensa integral”, subrayando la relación entre la sociedad y el Estado y “otorgándoles a los militares un papel más importante en las tareas de desarrollo socio-económico”. Tres años después con la creación de la Ley Orgánica de la Fuerza Armada Nacional (Lofan) se reafirmó la participación de los efectivos en dichas labores y agregó la “reincorporación” de militares retirados al servicio activo.

Además, se modificó el uniforme militar para establecer “El Patriota” más cercano al de fuerzas cubanas que al camuflaje norteamericano.“Ese detalle tan significativo, profundamente radical e integral, necesario es resaltarlo esta noche: estamos viendo cómo las tropas venezolanas estamos volviendo a vestir el uniforme verde oliva que durante tantos años portamos, durante más de un siglo”, advirtió Chávez en 27 de diciembre de 2004 al referirse a cómo, producto de la “desviación ideológica y el espíritu entreguista alienante” que existió en los altos mandos del país, se asumió un uniforme camuflado.

Aunque el aspecto más resaltante fue la modificación de la estructura de las Fuerzas Armadas, que hasta la fecha solo incluía al Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea y la Guardia Nacional; ahora también existiría la Reserva y la Guardia Territorial. Por medio de una Ley Habilitante, se decretó la Ley Orgánica de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana en 2008, en la que se le incorporó a la institución el apellido “Bolivariana” y se creó la Milicia Nacional como “un cuerpo especial” dependiente de la Presidencia y “destinado a complementar a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana”.

La Milicia se conformó al margen de la Constitución de 1999, que en sus páginas solo contempla cuatro componentes militares y establece que sus efectivos son los únicos que pueden utilizar armamento. Eso no importaba porque desde Miraflores se prometió que cada uno de los “soldados de la revolución” tendría “su fusil garantizado”.

“Hugo Chávez buscó hacerle contrapeso a las Fuerzas Armadas, legalmente constituidas, al crear la Milicia. Obviamente no son profesionales, no son personas preparadas y de alguna manera sabe que puede manipular a sus integrantes, ignorantes del procedimiento legal”, plantea Barráez. “Hay un uso y abuso de la inocencia de los milicianos. Por eso vemos de repente a un anciano con un fusil que ni puede levantar, que no tiene idea qué es enfrentarse a una fuerza militar regular en un escenario de guerra o conflicto. Creó la milicia para dar la sensación ficticia de que las fuerzas armadas le eran fiel”.

En la cuarta reforma de esta ley, además, se estableció que uno de los objetivos de la Fuerzas Armadas sería “lograr la mayor eficacia política y calidad revolucionaria en la construcción del socialismo”. Las armas dispuestas a defender un fin ideológico, a la orden de la revolución y no de la soberanía de la nación como establece la Constitución. “La fuerza armada es chavista”, expresaba Chávez.

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Ni corto ni perezoso, el líder revolucionario también se incluyó en las reformas de las legislaciones. No quiso quedar por fuera. En la ley que promulgó en 2008 le dio al cargo de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, el que le corresponde al Presidente en ejercicio, un rango militar activo dentro del sector.

Hasta ese momento, se trataba de una figura civil, cuyas órdenes se ejecutaban a través del Alto Mando Militar, respetando esa jerarquía. No en balde las numerosas críticas a que el mandatario se uniformara siendo él un oficial retirado, y rompiendo con la imagen del Presidente civil. Algo que dejó de ocurrir luego del golpe de Estado de 2002 y resurgió luego de algunos años.

 

Desde 2009 el teniente coronel más nunca usó los distintivos e insignias correspondientes a ese rango. Desde ese momento siempre portó las recién creadas para el rango de Comandante en Jefe, ahora como el tope de la estructura de rangos. “Chávez tenía la intención de ser un líder militar, quizá el sueño que no pudo cumplir dentro de la institución armada, trató de cumplirlo fuera de ella”, argumenta Barráez.

Su sucesor Nicolás Maduro, por tanto, replica ese sueño, si alguna vez lo tuvo, y ahora tiene rango militar activo y pudiera uniformarse y usar las caponas y el bastón de mando que le fue entregado al asumir la Presidencia. Chávez, entretanto, es calificado como Comandante Supremo incluso dentro de los cuarteles.

Desdibujar las Fuerzas Armadas

Chávez lo repetía todo el tiempo: la alianza cívico-militar. Voltear la tortilla de la subordinación militar al poder civil. Pero en la práctica, es ficción.

El proceso de militarización en Venezuela ha ido en aumento y los funcionarios han reemplazado a los ciudadanos en los distintos espacios de la sociedad, a cambio de su propio quiebre. La unión pretendía, sobre todo, la supervivencia del proyecto político de la revolución.

“Más allá del discurso político donde se habla de que las Fuerzas Armadas y el pueblo juntos podían hacer una cantidad de cosas por el progreso y enfrentar al imperio, se quedó en un desdibujamiento de las fuerzas armadas. Perdieron el poder que tenían”, comenta la periodista de la fuente militar.

Fue así como Chávez buscó integrar a los soldados en el día a día y hacerlos participar en aspectos trascendentales del país al punto de teñir escuelas, hospitales, gobernaciones y empresas de verde oliva. “Optó por incluir a militares en el gabinete ministerial y darles poder, sacarlos de las fuerzas armadas, de su estado natural para colocarlos en cargos administrativos donde los militares, la gran mayoría, terminaron en una situación de manejos irregulares con el dinero del Estado”, afirma Barráez.

Ejemplo de ello es el Plan Bolívar 2000, uno de los primeros creados por Chávez en 1999, que pretendía implicar a los soldados en para los menos privilegiados, tales como mercados populares, jornadas de salud y construcción de viviendas. No prosperó: 21 de los 24 comandantes que controlaban el proyecto fueron señalados por irregularidades y a Víctor Cruz Weffer, el general a cargo del plan, le cayeron denuncias de corrupción (ahora es investigado por cuentas en paraísos fiscales develadas por los Panama Papers, y desde marzo de 2018 esta preso).

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Después del 11 de abril de 2002, Chávez buscó debilitar la fuerza militar, como venganza de su rebelión. “Hizo cambios profundos con relación al poder que tenían los militares después del 11 de abril de 2002, asumió que el grupo con el cual se sentía más seguro, fueron los que le dieron un golpe de Estado. A partir de ese momento, erosionó la columna vertebral de la institución castrense, especialmente la que tiene que ver con subordinación y la disciplina, como una manera de prevenir a futuro que las Fuerzas Armadas pudiesen levantarse en armas en su contra”, comenta la periodista.

Así fue como, por medio de su discurso de sinergia cívico-militar, el mandatario buscó armar al pueblo, dándole poder a unos y restándoselo a otros. La milicia nace de dicha idea, un grupo de civiles voluntarios con entrenamiento militar que no solo protegen la patria, sino la revolución el socialismo del siglo XXI. “Es el pueblo en armas, la guerra de todo el pueblo”, exclamaba Chávez al referirse a los uniformados de marrón. “La quinta fuerza”. Alejado de la Constitución, que indica que la Fuerza Armada debe ser “esencialmente profesional”, el expresidente elevó a los milicianos al nivel de los otros cuatro componentes. ¿O bajó a los militares al nivel del resto?

La partidización de la institución fue otro factor que Chávez sembró en la institución. “Patria, socialismo o muerte” fue la frase que se le obligó a los efectivos a pronunciar en las filas, a partir de lo dicho por el difunto en 2007 luego de su reelección. La militancia política, rechazada en la Carta Magna, se justificó: “Están conscientes de que solo por la vía del socialismo tendremos patria”, decía Chávez. Retocar la institución a conveniencia.

En 2012, por si fuera poco, se comenzó a calificar a la FAN como “revolucionaria, socialista, antiimperialista y chavista”, como soltó el general Clíver Alcalá Cordones encabezando un desfile militar. Desde entonces se hizo norma. Y desde 2013, posterior a la muerte del caudillo, los uniformados se saludan con un “Chávez vive”, que en el intercambio formal es el inicio de una retahíla.

-Chávez vive.
-La patria sigue.
-Independencia y patria socialista.
-Viviremos y venceremos.
-El sol de Venezuela nace en el Esequibo.
-Nace en el Esequibo.

Si existe el titiritero, también los títeres. Sebastiana Barráez sostiene que se quiso tergiversar la función de las Fuerzas Armadas “y ellos, a través de algunos oficiales, le permitieron que tergiversara su función esencial. Terminaron siendo una institución que sostuvo a Chávez en el poder y, más dramáticamente, sostiene a Nicolás Maduro en el poder. Nunca antes en la historia de la República las Fuerzas Armadas habían estado tan debilitada, tan fracturada como en estos momentos”.

El general retirado Raúl Salazar afirma que las Fuerzas Armadas solo deben estar sumisas a la Constitución y la democracia. “Se tienen que seguir las normas porque cuando te aprovechas de las Fuerzas Armadas para dirigir el país, se empiezan a complicar las cosas. Los militares a su defensa, los políticos a su política, que cada quien ejerza lo que le corresponde”. Asegura que en vez de militar a la democracia, se debe democratizar nuevamente a los militares.

Más efectivos, más armas, más dinero

“Las mujeres y hombres de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana reconocemos al Presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, como nuestro Comandante en Jefe”, dijo en 2013 el entonces ministro de la Defensa, almirante Diego Molero, en presencia del Alto Mando de la FANB.

Los efectivos juraron y el heredero de Chávez recibió los símbolos y el bastón de mando que lo identifican como militar activo de la institución armada, sin siquiera haber pisado la Academia Militar. Maduró contestó: “Ejerceré el mando supremo de la Fuerza Armada en función de la defensa de la independencia nacional y del pueblo de Venezuela”. Y así comenzó el Gobierno de hijo político de Chávez, apegado a las políticas militaristas de su antecesor.

Con Nicolás Maduro aumentó el número de integrantes de la Fuerza Armada Nacional. De 113.558 efectivos que había en 2012 se pasó a 194.744 para el año 2014. En 2016, el salto fue gigante hasta llegar a 365.315 funcionarios, sin contar los 365.046 milicianos, según la Red de Seguridad y Defensa de América Latina (Resdal). Asimismo, la organización civil Control Ciudadano presentó un estudio este año que afirma que la Guardia Nacional Bolivariana “aumentó su presencia en todo el territorio nacional, al pasar de 73 destacamentos a 236, y de 159 compañías a 514 compañías”, todo con la finalidad de “dar respuestas militar y represiva a la protesta”.

Al principio de su gestión, Chávez no veía con buenos ojos la compra de armamento militar. O al menos eso decía. “Vamos a mantener lo que tenemos. Vamos a conservar nuestros fusiles, nuestros soldados, pero no podemos incrementar el gasto militar. Vamos a incrementar el gasto social”, dijo frente a los medios de comunicación tras pocos meses de llegar a Miraflores. Después se dejó de sandeces.

A partir de 2004, y gracias al aumento de los precios del petróleo, Venezuela se montó en el vehículo del “reequipamiento militar” para recuperar los equipos obsoletos y adquirir los más nuevos. Rusia y China fueron sus principales proveedores, luego del rompimiento de vínculos entre el país y Estados Unidos. De acuerdo con el informe Adquisiciones de sistemas de armas y material militar 2005-2012 de la Asociación Civil Control Ciudadano, se compró todo tipo de armamento. Desde lo más extravagante, camiones antimotín, aviones, helicópteros, fusiles de asalto y de precisión para francotiradores; hasta lo más básico como pistolas, carpas, uniformes, botas y cascos.

El actual presidente quiso seguir los pasos de su padre político, pero la caída de los precios del crudo le jugó en contra. Según el informe de los años 2013-2016 de la ONG, “el país redujo sus adquisiciones militares en un 90% durante los años 2015-2016. Sin embargo en 2016, aumentó sus adquisiciones en un 5% respecto a 2015”. Asimismo, el documento señala que el plan de establecer una industria bélica local fracaso. “Además, en la actualidad, la Fuerza Armada Nacional está abocada a participar áreas económicas que, en su mayoría, no están relacionadas directamente con la industria militar”.

El dinero utilizado para la compra de armas para los militares no se conoce. Pero se consiguen pistas. Según el Instituto de Investigaciones de Paz de Estocolmo (Sipri), en 16 años de “revolución”, de la llegada del líder chavista en 1999 hasta el año 2016, el Estado gastó 5.620 millones de dólares en compra de armamento bélico. Transacciones que le atribuyeron a Venezuela el puesto 18 dentro de la lista de mayores compradores de armas del mundo. Pese a sus adquisiciones armamentistas, el observatorio Global Firepower de 2018 sitúa a la nación caribeña en el lugar 46 de 136 en el ranking de potencias militares.

El Estado no lo piensa dos veces antes de entregar dinero para el establecimiento de la bota militar. La organización Transparencia Venezuela aseguró en su informe sobre el seguimiento al Presupuesto Anual 2018 que al Ministerio de Defensa le fueron aprobados 11 créditos, entre enero y junio, que alcanzan la cifra de Bs. 36.131.051.079.471,30. Monto que supera el presupuesto de la nación en todo un año. “A los militares les han dado 17 veces más recursos que al Ministerio de Agricultura y Tierras (…) También les han aprobado 35% más recursos extras que el Ministerio de Educación Universitaria, Ciencia y Tecnología”.

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Querer controlar todo

Si durante el mandato de Hugo Chávez la presencia militar en el Gobierno fue en aumento, con Nicolás Maduro la bota militar refuerza su firmeza.

En el primer gabinete ministerial del “comandante eterno” en 1999, solo dos efectivos de las Fuerzas Armadas ocupaban cargo: el ministro de la Defensa y el de Transporte y Comunicaciones. Durante el Gobierno de Maduro, el número de ministerios bajo el control militar ha alcanzado, en el punto más alto en noviembre de 2017, 43.75% de los cargos en el gabinete: 14 de los 33 ministros. Tras renovaciones en el Ejecutivo a mediados de este año, la cifra disminuyó. La más baja desde que llegase a la Presidencia con 10 funcionarios castrenses. De igual forma, en las elecciones regionales del pasado 15 de octubre de 2017, 10 militares querían proclamarse como ganadores; solo siete lo lograron de 12 que habían alcanzado puestos de poder estatal en las votaciones de 2012.

Todo ello a pesar de que en diciembre de 2014, Maduro dijo que los oficiales “prestados a la administración pública” debían regresar a los cuarteles. Menos de un mes después ratificó a varios y nombró a nuevos militares en cargos clave.

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Los puestos en ministerios y gobernaciones no son los únicos poderes que los militares tienen en sus manos. Sus raíces se han extendido en ámbitos de la vida cotidiana del venezolano. Maduro quiso ir más allá por medio de la Gran Misión Abastecimiento, con la que los soldados controlan la cadena de producción, distribución, comercialización e importación de alimentos, productos de higiene personal y del sector farmacéutico.

Asimismo, a pocos meses de sentarse en la silla presidencial creó la Zona Económica Militar Socialista que agrupa las compañías con personalidad jurídica y patrimonio propio adscritas al Ministerio de Defensa con el fin de “satisfacer la demanda de la FAN” con empresas de transporte, agricultura, comunicaciones, bebidas y construcción. En cuatro años, los militares han sabido ampliar las sociedades. “Entre 2013 y 2017 se han constituido 14 compañías militares en áreas clave, con lo cual el poderío económico de la FANB asciende a un total de 20 industrias”, señala un trabajo del portal Crónica Uno.

Pero para Nicolás Maduro, la supremacía económica no garantiza suficiente devoción y ha aplicado la persecución contra las disidencias. Desde su llegada, 163 militares han sido apresados; 116 a lo largo de 2018. Según la Coalición por los Derechos Humanos y la Democracia, este número es mayor a los uniformados detenidos durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y el Gobierno del propio Chávez.

La periodista Sebastiana Barráez sostiene que la cifra pudiese ser mayor. “Son alrededor de 200 militares detenidos, hay oficiales de todos los rangos militares y de todos los componentes. Han sido manejados como conspiradores y no necesariamente lo son”. Agrega que mientras unos tienen expediente y presentación en tribunales, otro grupo no. “Nicolás Maduro ha venido tratando de enfrentar las diferentes candelitas dentro de la institución y que han sido reflejo del profundo descontento contra él y su gobierno”. Beneficios, control y poder a cambio de lealtad.

Estudios Internacionales en la UCV era su amor platónico, pero terminó directo en la "friendzone". Le dio una oportunidad a la UCAB con Comunicación Social y se enamoró en la primera cita. Periodismo se convirtió en su pasión y la colmena en su segundo hogar. La fotografía la sedujo a medio camino y desde entonces divide sus pasiones entre la escritura y las imágenes. Y decidió que así quiere contar historias que (la) conmuevan: con palabras y muchos clics. Patea la calle con un bolso cargado de libretas, mucha curiosidad y ganas de caerle a preguntas a la gente.