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Karl, el primer trans operado en Los Magallanes de Catia

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14/04/2017
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FOTOGRAFÍAS: HÉCTOR TREJO

Por primera vez en el país una institución pública de salud está dispuesta a desarrollar un programa diseñado para atender a la población transgénero venezolana. El Hospital de Los Magallanes de Catia dio la primera muestra de su compromiso al abrir su quirófano para realizar la adecuación corporal de Karl Rodríguez, que a sus 42 años por primera vez se ve en el espejo como le habría gustado desde que era un niño

Es feliz. Así de simple. Karl Rodríguez no titubea; sonríe. Acaba de pasar por un proceso de adecuación corporal para abrazar su verdadera identidad, pero esa no es la noticia. Lo relevante es que en un país en el que la homosexualidad, y mucho menos la transexualidad, se discute o se legisla, el proceso quirúrgico se realizó en un centro de salud público: el Hospital José Gregorio Hernández, mejor conocido como Los Magallanes de Catia. Allá, al oeste de Caracas se desarrolla el Programa de Atención en Salud Trans, pionero en Venezuela y quizás hasta en Latinoamérica.

Karl comenzó a seguir los protocolos del programa hace tres años. El servicio empezó en 2015 en la Asociación Civil de Planificación Familiar (Plafam), luego se mudó a la Unidad Clínica Integral de Especialidades Profesionales (Uciep) y ahora también está en Los Magallanes. Aunque desde los seis años de edad, él sabía que pasaba algo en su cuerpo que no encajaba con el modo en el que se concebía a sí mismo, no es sino hasta ahora, que tiene 42, que logró que le practicaran una mastectomía para extirpar los senos y una histerectomía para remover el útero y los ovarios.

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Es de brazos gruesos y oraciones breves. No le falta barba ni vello corporal. Las hormonas en él han hecho lo suyo; el tratamiento psiquiátrico y psicológico también. Se reconoce libre de complejos. “Lucho para ser feliz yo, no para que sean felices los demás”, asevera con convicción. No ha sufrido de bullying y la simpleza de su argumento desarma: “Era tan rebelde que si alguien se metía conmigo me entraba a golpes, así que nadie lo hacía”. Fue así en Propatria, donde se crio, en La Pastora donde estudió y en Altagracia a donde se mudó, siendo todavía un niño. No obstante, contra las convenciones sociales no se pelea tan fácil como contra los compañeros de clases.

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Odia la ropa de niña y desde los 10 años —cuando pudo decidir— lleva el pelo corto. “Mis 15 años fueron lo peor de mi vida”. Usar un vestido de brillos y bailar el vals lo destruyeron. Mientras sus compañeras de clases y su hermana morocha planeaban el acontecimiento, que antaño solía presentar a las señoritas en sociedad, Karla Sofía —quien ya no existe— sufría. Lo suyo era el básquet, el béisbol, la patineta. Así fue siempre. La hermana jugaba con muñecas y él con carritos.

“Yo lo suponía”, confiesa la madre, pero no lo admitía. Ella, Marisa Flores, es jubilada del Banco Central de Venezuela (BCV); el padre, Gonzalo Rodríguez, es jubilado del Ministerio de Salud. Marisa se enteró primero. Karl comenzó el proceso de atención psiquiátrica solo. Después de un año de consultas tuvo que llevar a su mamá a hablar con el médico. Él no se lo dijo, le dejó eso al experto. “El doctor me llevó a parte y me explicó todo. Fue demoledor. Lloré como nunca, pero luego lo acepté”. Tanto, que fue ella quien tuvo la misión de contarle a Gonzalo. Para el padre no fue tan fácil aceptarlo. Lo más complicado fue lograr que lo tratara con el pronombre él y no ella. Y así fue. Se mantuvo reacio un tiempo, hasta la operación. Ahora manda y dispone por el bienestar de su hijo, lo acompaña en todo: “Si él lo quiso yo lo acepto, los tabúes hay que cortarlos”.

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Toque de campana

El Programa de Atención en Salud Trans data de 2015. En ese tiempo Edward Romero, médico cirujano y especialista en salud sexual y reproductiva, dirigía Plafam. El proyecto solo duraría tres meses en la ONG, por lo que Romero al fundar la Uciep decidió continuar con el programa en la clínica. “Se fundamenta en el derecho a la salud de la población transgénero en Venezuela. Con el programa lo que se busca es garantizar el acceso a un grupo que tradicionalmente ha sido excluido y vulnerado en el sistema de salud nacional; y esto con una visión no solo biológica, sino humanista y social”. Es decir, que no se limitan al área quirúrgica sino que también incluyen especialidades como psiquiatría, psicología, ginecología, urología, medicina interna y endocrinología.

Todo se quiere replicar en Los Magallanes. Llevar el proyecto a distintos hospitales para Romero fue una cruzada. Hubo rechazo, tras rechazo hasta que llegó a este centro de salud. Entonces el muro lo puso la burocracia, desde 2015 el hospital ha tenido dos directores. A cada uno hubo que educarlo hasta lograr convencerlos de que el programa era justo y necesario.

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“Es un problema de salud pública”, arguye Romero y comienza a cantar estadísticas: 0,8% de la población mundial es transgénero. 65% de la población transgénero está excluida del sistema educativo, lo que los lleva al desempleo. 70% se dedica al trabajo sexual y de esos 35% corre el riesgo de contraer VIH Sida o enfermedades de transmisión sexual. Además, 70% de las personas transgénero han tenido dos o más intentos de suicidio o ideas suicidas recurrentes. En el país ningún hospital registra el ingreso de esta población. No se puede. La revolución de este programa pasa incluso por modificar el modo en el que se hacen las historias médicas; pues ya que la ley venezolana se niega al cambio de identidad, el documento además de incluir el nombre legal, debería incluir el “nombre social”; y la casilla en la que normalmente se marca el sexo debe expandirse del masculino y femenino e incluir otras variables, comenzando porque ya no sería sexo sino género.

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Incluir al excluido

Que el hospital haya aceptado atender a Karl ya para Romero constituye un logro. A la tercera fue la vencida. Antes del 22 de marzo de 2017, día de la operación, hubo dos intentos fallidos. No había insumos, así que al interesado le tocó conseguir desde la solución hasta las suturas. Fueron seis meses de compras en los que invirtió alrededor de 150.000 bolívares. En una clínica tipo A, un procedimiento como ese le habría costado 20 millones de bolívares. En una tipo B entre 10 y 12 millones y en una tipo C alrededor de 8. “En un centro privado jamás hubiera podido hacerlo. Mientras conseguía los insumos, trabajaba solo para eso”, confiesa. Es carpintero y pintor. Eso le ayuda a dar fuerza a sus brazos y rusticidad a las manos.

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Por algún lado había que empezar. De esperar que el centro estuviera en mejores condiciones, Karl permanecería en cola. ¿Por qué esa operación y no otra? Romero responde que la priorización de la salud no se mide. “Las necesidades en salud son individuales, y para las personas trans no es solo una operación. También es una manera de invertir las cifras de riesgo. Si extrapolamos las estadísticas mundiales a Venezuela, en el país habría entre 28.000 y 29.000 transgéneros. Entonces, se trata además de incluir a un grupo que está excluido y de respetar sus derechos humanos. No de quitarle un cupo a alguien, u operar por operar”.

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El programa comienza por apoyar al trans para que viva la experiencia de vida y el rol social del género con el cual se identifica. El segundo paso es el proceso hormonal, el tercero el proceso quirúrgico de adecuación corporal —quitar mamas, úteros y ovarios o poner prótesis mamarias—, y el cuarto es la reasignación genital. Este es el paso siguiente para Karl; pero para llegar ahí todavía debe esperar de seis meses a un año. Él quiere. Desea llevar su proceso hasta el final.

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Sin embargo, Romero explica que no es lo que todos desean, ni lo que necesitan, y suelta otra cifra: “De 5 a 10% de las personas trans son las que llegan a la reasignación genital. Por eso es tan importante la consulta con el sexólogo que evalúe al individuo y su pareja en la manera en la que viven su sexualidad. Ser trans en buena parte es vivir el rol social”. Darle un pene a Karl, por ejemplo, le sería útil para orinar, mas no podría tener erecciones. “La tecnología avanza mucho”, afirma para infundir optimismo en sus deseos.