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La clase media también pasa hambre

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10/07/2016
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FOTOGRAFÍA DE PORTADA: FABIOLA FERRERO | FOTOGRAFÍAS DENTRO DEL TEXTO: ANDREA TOSTA

Sortear la pobreza —aun siendo profesional— es el día a día de la clase media. Las comidas completas y balanceadas son cosas del pasado reciente. Espejismo empañado por las largas colas de bachaqueros en supermercados y los precios galopantes de los productos regulados. El hambre y la ruina conquistaron todos los estratos sociales

Como una especie casi en extinción, la clase media venezolana zigzaguea entre la calidad de vida y la supervivencia. Sus acostumbrados hábitos de consumo e ingesta de alimentos dieron un giro de 180 grados con la crisis económica, política y social —al punto de cuestionarse su status socioeconómico. Con un mercado hiperinflacionario y una escasez de alimentos que ha llevado a más de uno a comer mangos, la conocida clase profesional está en declive.

Las estadísticas lo confirman. El presidente de Datanálisis, Luis Vicente León, aseveró el pasado 17 de mayo que el estrato C pasó de conformar 17,7% de la población venezolana en 2015 a 14,8% en lo que va de 2016. Dentro de la estratificación social, una familia se considera estrato C o clase media cuando cuenta con un ingreso mensual de 143.764 bolívares en promedio, tener acceso a servicios y vivir en un apartamento, quinta o anexo no necesariamente propios. El modelo, tan aupado en la Venezuela del siglo XX, se vuelve casi obsoleto en la del siglo XXI. Los grupos familiares que abandonaron la clase media migraron al estrato D. Este último creció 4,9 puntos en relación con el año pasado y se ubica actualmente en 40,6%, de acuerdo con la encuestadora.

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María Teresa García ya no se siente clase media, a pesar de que su ingreso familiar supera el estimado de Datanálisis y cumple con las especificaciones sociales. Residenciada en un apartamento propio en La Trinidad, la psicopedagoga de 55 años afirma: “Somos pobres y muy pobres. Podríamos llamarnos clase media porque obtuvimos cosas cuando podíamos, el apartamento, los carros, pero ya no pudiéramos pensar en comprarnos ninguno de los bienes que tenemos ahora”. Su sueldo y el de su esposo se diluyen en alimentos, medicinas para la hipertensión y la depresión, y el pago de su condominio. Nada de lujos. Los gustos que mantienen como familia se reducen a ir al cine y almorzar esporádicamente en restaurantes, y pensándolo dos veces porque “comer en la calle es pecado mortal para nosotros. Nos mata el sueldo”.

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La madre de dos hijas no es la única que lucha para satisfacer sus necesidades desde el momento en que recibe su salario: cerca de 23 millones de venezolanos tienen las mismas dificultades en mayor o menor grado, de acuerdo con la Encuesta Condiciones de Vida (Encovi) de 2015 llevada a cabo por las universidades Central de Venezuela (UCV), Católica Andrés Bello (UCAB) y Simón Bolívar (USB).

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El modus operandi

Al igual que muchos integrantes de su clase social, García y su familia acuden al Mercado de Chacao para hacer sus compras —aunque no se encuentre en el municipio de su residencia. En Caracas, dicho mercado es de esos lugares casi inexistentes de la capital en los que –aún- no hay presencia de bachaqueros. Tan solo en abril de este año, el sitio ofertaba productos entre 50 y 150% más costosos que la redoma de Petare. Además, las largas colas de revendedores hechos en socialismo no acaparan el recinto ni sus alrededores. Allí, la clase media se rebusca hasta donde le alcance el sueldo. Acude varias veces al mes para mantener una alimentación “balanceada”.

La dieta de García se basa en la sustitución: “Si no consigo pan, tengo que comer arepa. Si no hay arepa, me como un cereal, y así voy”. La paralización de las principales industrias del país por falta de divisas ha traído como consecuencia una escasez en la harina de trigo de 56% y en el arroz y la pasta de 65%, de acuerdo con el portal El Interés. No sorprende que ante la falta de dichos productos, la sustitución de García roce las dietas vegetarianas.

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El caso se repite con Marisol González, farmaceuta de 48 años y madre de dos veinteañeras. Invirtió en una sola compra siete mil bolívares en yuca, batata y auyama. Su situación particular prácticamente lo requiere, ante la imposibilidad de consumo de gluten de su descendencia. A falta de harina de maíz, González usa batata para hacer empanadas, “y hasta quedan más ricas”, confiesa. Sin embargo, los gustos que podía costear para que sus hijas disfrutaran de una dieta variada se convirtieron en un recuerdo agridulce. “Las cosas me salen mucho más caras porque tengo que comprarles sus pastas sin gluten, por ejemplo, que son híper carísimas. Un paquete de pasta te sale en ocho mil bolívares. Antes me podía dar el lujo de comprarle dos o tres veces al mes la pasta. Ahorita no lo puedo hacer y recurro a los vegetales”, explica.

Para su fortuna, ni ella ni sus hijas han dejado de comer su desayuno, almuerzo y cena. No entran aún en el porcentaje ascendente de la población que ha mermado la ingesta alimenticia: 12,1% de los venezolanos declaró comer dos o menos comidas al día en 2015, en contraste con 2014, cuando solo 11,3% lo hacía, según los resultados de Encovi. “Uno ya no come más que antes. No he dejado de comer. Pero, ahora uno piensa más lo que va a comprar. A veces se me pudrían dos o tres batatas y no me importaba, ahora sí. Ahora procuro que no se me pierda nada porque todo está carísimo”, cuenta González. Las salidas de fin de semana son otro recuerdo amargo, mientras rememora sus almuerzos de los domingos con sus hijas: “Ir a un restaurant ahorita son los dos ojos de la cara. Ya no se puede estar saliendo como antes. A veces uno decía ‘vamos a comer sushi’ y salíamos, pero ahorita el sushi ya ni pendiente porque un roll te cuesta cinco mil bolívares por lo bajito”.

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Al igual que la farmaceuta González, compradores con bolsas llenas de vegetales y frutas predominan sobre quienes compran proteínas. A simple vista, se podría asumir que el venezolano clase media apunta a una mejor alimentación. Sin embargo, la economía prevalece en sus decisiones de compra. María del Carmen González lo sabe muy bien, luego de haberse profesionalizado en la materia: es economista. Con sus 43 años, se ha habituado a comprar lo que consiga, cuándo lo consiga y al precio que lo consiga. El hecho de no trabajar en una oficina le permite ser flexible con sus idas y venidas a supermercados para mantenerse bien alimentada. “Tienes que andar pateando la calle para ver dónde consigues y qué consigues. Eso te quita calidad de vida y llega un momento en que te deprimes. Sales a la calle y dices ‘por Dios, no puedo seguir con esto’”. Residenciada en Baruta, agradece vivir sola a sus 43 años con la crisis sobre sus hombros.

González procura mezclar proteína y vegetales al momento de hacer sus comidas. No renuncia a la carne ni el pollo, “pero el pescado, que no es un artículo de lujo sino parte de una dieta alimentaria, ya no lo compro. Si ahora ni puedes comprar ni un atún en lata”. Puede dedicar mañanas enteras a comprar comida, con una búsqueda implacable de mercado en mercado. No obstante, reconoce no tener paciencia ni tiempo para buscar productos regulados ni hacer largas colas con bachaqueros. Su flexibilidad laboral y personal no llega a tales niveles de tolerancia.

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Bajando de escalafón

Profesionales como Nora Quijada, administradora de una empresa de tecnología informática, se han visto forzados a reducir sus comidas y entrar en aquel 12,1% mencionado por Encovi. A sus 50 años, declara “pasar mucho trabajo”. Mientras le despachan conchas, camarones y calamares en uno de los puestos del Mercado de Chacao, cuenta cómo la carne y el pollo se han convertido en un imposible para su presupuesto. “Es impresionante. Ya no es una dieta balanceada. Es más de carbohidratos que de proteínas. Mi costumbre de tomarme mi café con leche en la mañana y en la tarde se fue a la mínima expresión. Incluso, hay días que hago solo dos comidas”. Con un sueldo que oscila entre los 30 y 50 mil bolívares, “soy una clase media que está ya casi como una clase pobre”, dice, con una capacidad de compra que roza la supervivencia.

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Los sinsabores de la crisis también los ha sentido el periodista y profesor de la Universidad Católica Santa Rosa, Fernando Gómez, al punto de intercambiar almuerzos por cenas, cenas por desayunos. “Generalmente, yo desayunaba una arepa todos los días y hace dos días empecé a desayunar con pasta o con arroz, cosa que no es usual. A veces llego a mi casa y no consigo nada qué cenar porque no hay. La pasta que me hubiese podido comer al mediodía, y que me la comí en la mañana, no la tengo para la noche. O la fruta que me hubiese podido comer en la noche, me la comí en la mañana”. El profesor de 47 años debe sortear con sus dieciocho mil bolívares de sueldo entre los anaqueles vacíos de productos regulados y los bachaqueros, que los venden con sobreprecio. En muchos casos, termina comiendo hortalizas y huevos revueltos, a sabiendas de que le es dañino para su salud.

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“Productos de higiene personal tengo que recurrir a ellos porque simplemente no los consigo”, explica. Al igual que Gómez, 57% de la población venezolana recurre a adquirir productos en el mercado negro con frecuencia, según cifras de la encuestadora Datanálisis presentadas por León el pasado mayo de 2016. Desde su trinchera en Bello Monte, el profesor universitario ha optado por planchar camisas para alimentarse en la medida de lo posible y dar de comer a su madre, ya jubilada.

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Ante la reserva de cifras oficiales por organismos como el Banco Central de Venezuela (BCV) y el Instituto Nacional de Estadística (INE), los resultados de Encovi dan luz en el oscurantismo actual. La brecha entre 2014 y 2015 trasluce la crisis del poder adquisitivo que ha sufrido la clase media: 48% de los hogares criollos se encontraban en pobreza, con un 52% contrastante de no pobres en los que encajaban estratos C, B y A, durante 2014. Un año después, la cifra de núcleos familiares en pobreza escaló a 73% y solo 27% corresponde a clase media y alta.

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Conceptos como clase media y clase baja van quedando en un terreno cada vez más simbólico y valorativo que económico. Se convierten en categorías referentes”, explica el sociólogo e investigador del Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello, Daniel Fermín. Aunque recuerda que los más afectados “son los pobres, que están siendo golpeados más que nunca y como nadie”. No deja de recalcar el retroceso del estrato C, escalafón al que muchos pudieron ascender en el siglo pasado y al que han tenido que volver en el actual.

“La clase media está atravesando su hora más oscura, que se ha agudizado en los últimos años. Ha vivido momentos especialmente dramáticos para el detenimiento de la movilidad ascendente”. La crisis política y económica rompe con el espectro de la estratificación social y cualquier chance de ascenso en la pirámide.