Newsletter

Recibe nuestro Newsletter con lo mejor de El Estímulo en tu inbox a primera hora cada día.

SÍGUENOS

Pancho, las guacamayas y los trinos

pancho massiai
09/04/2019
|
TEXTO: RODRIGO BLANCO CALDERÓN

Si les digo la verdad, desde anoche no he parado de llorar. Palabra. Ayer se murió Pancho Massiani y hoy estaría cumpliendo 75 años

Si escribo esto no es por la típica necesidad de cumplir con memoriales y panegíricos. Es porque desde anoche la única forma que he encontrado de parar de llorar aunque sea un momento es ponerme a hablar sobre Pancho. Recordar los cuentos que echaba, las anécdotas de todo lo que compartimos, leer sus poemas en voz alta con mi esposa, echados en la cama. O volver a ver la preciosa película que le dedicó Manuel Guzmán Kizer. Es la única forma. Palabrita que es así. Si no fuera así, no escribiría nada.

Se murió ayer, lunes 1 de abril de 2019, pero se despidió desde el sábado. Y por Twitter, además, a través de una guacamaya. Lo juro. El sábado en la mañana yo estaba terminando de escribir un ensayo sobre José Balza y recordé que lo primero que yo leí de Balza fue el prólogo que le escribió a Piedra de mar. Una semblanza que fue a la vez la primera imagen que tuve del escritor de esa legendaria novela. Entonces busqué un cuento de Balza que recordaba con mucho cariño, «La sombra de oro». Lo releí y me conmovió y me fascinó aún más. Y decidí compartirlo en Twitter. Allí puse lo siguiente: «Amigos en Caracas que tienen el privilegio de alimentar guacamayas u otros pájaros que les llegan a sus balcones. Les paso este cuento de José Balza, «La sombra de oro», que es una absoluta belleza».

Horas después, cuando en Caracas ya había levantado el día, recibí un mensaje de mi madre para ver si podíamos conectarnos y conversar, como solemos hacer todas las semanas. Hablamos del país y de muchas otras cosas, pero la principal noticia ese día, la gran alegría que tenía para contarme, es que esa mañana, por primera vez después de muchos años alimentando a todo tipo de pajaritos que hacen vida por la casa, por fin, dos guacamayas se posaron en su balcón. Yo sé que este tipo de cosas ya no se pueden decir hoy, a riesgo de ser linchado en la picota, pero solo las mujeres son capaces de emocionarse a profundidad con las flores y los pájaros. Por supuesto que hay hombres, muchos, incluso, que también se emocionan. Yo mismo, sin ir muy lejos, pero es una emoción distinta. Hay una conexión especial entre las flores, los pájaros y las mujeres, y nadie me va a convencer de lo contrario. Y cuando mi mamá se emocionó de esa manera por la visita de las guacamayas, única alegría recibida en medio del desastre de estos días de oscuridad, yo pensé en ese relato maravilloso que le da título al que fue el último libro de cuentos de Pancho Massiani, Florencio y los pajaritos de Angelina, su mujer. Es una historia muy hermosa y muy triste sobre un carpintero que vive en el barrio de Chapellín, que hace sufrir mucho a su mujer con sus borracheras y esa violencia iracunda que, también hay que decirlo, anida en el corazón de todos los hombres. Y quizás por eso las flores y los pájaros nos huyen y prefieren a las mujeres. No lo sé. Lo cierto es que Angelina le pide a su esposo Florencio que por favor le pinte unos pajaritos en el rancho. Es la forma de perdonarlo y de elevarse con la mirada de esos pájaros pintados sobre el paisaje opresor de la pobreza.

Yo juraba que mi mamá me comentaba lo de las guacamayas pues había leído el tuit que horas antes yo había puesto. Y se quedó con la boca abierta cuando me dijo que no, que no había leído ningún tuit. Palabrita que sucedió así.

Al día siguiente, el domingo 31 de marzo, entre las respuestas que recibo a mi tuit, está la de una usuaria que me pone la foto de una hermosa guacamaya que, entiendo, va con frecuencia a comer en su balcón. Es un close-up del hermoso rostro de la guacamaya, tan parecido a una paleta de pintor moteada de colores, aún sin desordenar por el pincel. Unos restos de semilla rota le cuelgan del pico. Yo le doy like y respondo: Qué belleza.

Es entonces cuando recibo un mensaje de un familiar cercano de Pancho Massiani. Me informa que Pancho está hospitalizado, en terapia intensiva. Está inconsciente y aunque ya está en trance de morir, al menos no va a tener sufrimientos. La noticia me pega, pero en el momento puedo controlarme. Llevo años preparándome en mi fuero interno para recibir estar noticia. Desde el día que conocí a Pancho, en realidad, a comienzos de 2005. Desde el día uno pensé que con Pancho cada día podía ser el último. Para cuando lo conocí, ya era un sobreviviente de sí mismo. Del terrible accidente que casi le vuela la frente y de los comas etílicos. Los golpes de la vida lo habían ido tallando con inclemencia y precisión, desbaratando su cuerpo, él, que durante un par de décadas fue no solo el mejor escritor de Venezuela sino también, parodiando un título de Igor Barreto, el muchacho más hermoso de esta ciudad. Para el momento en que lo conocí, Pancho ya no podía caminar. Estaba golpeado, era obvio, pero los golpes lo habían convertido en la voluntad de vivir y amar más poderosa que yo haya conocido. Era pura alma desaforada de amor y ternura, con barba blanca, lentes y un infaltable cigarrillo en una mano y una infaltable copa de vino o un vaso de Coca-Cola en la otra.

Ayer en la tarde me enteré de su muerte por mi amigo Florencio Quintero, poeta y psiquiatra, quien le dedicó a Pancho uno de sus más bellos textos: «Apostar a la felicidad». Lo acabo de buscar entre viejos correos electrónicos. Quiero decir, en el exacto instante previo a escribir esta oración que corre, me detuve y lo busqué en el correo. Y de nuevo me sorprendo por la sincronicidad de las cosas cuando leo los dos primeros versos del poema, que creía haber olvidado:

Despertarse un día y comprender

que afeitarse no es estrictamente necesario

Que el trino matinal de un pájaro es realmente un milagro

una manifestación unívoca del reino subterráneo.

Y esta nueva coincidencia, ese pozo de resonancias secretas que persiste aunque en el día a día lo olvidemos, aunque lo tengamos a la vista en los trinos que escribimos y nos escriben, me devuelve a ese momento del domingo más triste del mundo, del domingo más domingo de todos, cuando vengo de enterarme de que Pancho Massiani, mi amigo, el mejor escritor del mundo, se está muriendo. Y vuelvo a revisar Twitter y la usuaria que minutos antes me ha mandado la foto de la guacamaya, a la que le he respondido «Qué belleza!», a su vez me ha vuelto a responder, informándome:

«Se llama Pancho!!!»

tuit pancho loro