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Vivir sin miedo después de dormir en El Helicoide

Portada Mafe
11/04/2018
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PORTADA: VALERIA PEDICINI | FOTOS EN EL TEXTO: VALERIA PEDICINI Y GUSTAVO VERA

María Fernanda García jamás pensó que sería detenida en la marcha del 29 de junio de 2017. Mucho menos pasó por su mente que estar en El Rosal le costaría cuatro días y tres noches en El Helicoide. La experiencia dejó huella en su memoria, aunque la joven de 22 años se niega a que la encarcelación defina su vida. Un año después de que iniciaran las protestas, la estudiante agradece su libertad plena

“Hace días tuve un sueño: me metían presa otra vez. Y pensaba: ‘No puedo creer que regresé. Yo, la más gafa, volví a protestar y me detuvieron’. No creo que esté traumada. Pero sí, los recuerdos vuelven a mí de vez en cuando”.

María Fernanda García no recuerda la fecha con exactitud. Junio o julio, se aventura a soltar con poca precisión. Sí hay algo que no olvida, aunque quiera: los cuatro días y tres noches que pasó junto a 24 personas en El Helicoide tras ser detenidas por efectivos de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) en una emboscada en El Rosal. El calendario da la pista: 29 de junio de 2017.

Mafecita5A un año de que se iniciaron las protestas contra el gobierno de Nicolás Maduro, la joven de 22 años evoca el suceso como una experiencia desagradable, pero se niega a quedarse con lo negativo. Prefiere encontrar, dentro de todo lo malo, una lección. Y confiesa tener muchas. “El mayor aprendizaje que tengo es el agradecimiento. Sobre todo después de ver gente que hoy sigue presa por estar en las protestas. Estoy agradecida con que estoy viva, tengo salud y tengo una familia que me apoya, de poder llegar a mi casa y disfrutar del abrazo de mi abuela. Salimos bien, yo estoy enterita. Y más allá de recuerdos, no hay más nada”.

Aún hoy reafirma que no existió una razón para estar en la sede de la policía política. “Nosotros teníamos una logística bastante segura para las manifestaciones. Habíamos salido a varias marchas sin ningún inconveniente. Algunos casos aislados, pero en general teníamos un balance bastante positivo. Hasta ese día que nos tocó el gran chasco”.

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La estudiante de Ingeniería Química en la Universidad Simón Bolívar se unió aquel 29 de junio de 2017 a su grupo de primeros auxilios de la Federación de Centros de Estudiantes. Era un día atípico: había poca gente en la convocatoria de la oposición, el equipo llegó tarde al punto de concentración en la plaza Altamira y llovía en la ciudad. Cuando la movilización comenzó, tomó el acostumbrado rumbo hacia la autopista Francisco Fajardo.

No habían pisado la entrada cuando la represión de los cuerpos de seguridad los hizo retroceder hasta El Rosal. Ahí los interceptaron en los cajeros automáticos de una agencia bancaria. La policía lanzó decenas de bombas lacrimógenas contra los jóvenes, los mandaron a arrodillar y les ataron las manos. Las imágenes de los detenidos montándose en un camión cava, tipo 350, retumbaron y se hicieron tendencia en las redes sociales. “Fue un show mediático. Literal, todo el mundo se enteró”.

La estudiante no daba crédito de lo ocurrido. Se repetía constantemente que estaría ahí solo “un ratico”. Se equivocó. La permanencia en El Helicoide transcurrió en su mayoría en un auditorio, aunque salieron y entraron del edificio varias veces. Una de ellas hasta las instalaciones del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) para los registros y luego hasta El Llanito para pruebas toxicológicas. La noche anterior a su liberación los trasladaron a los tribunales, en los que tuvieron que compartir calabozo con otros presos para esperar la audiencia.

El arresto no se ajustó al prejuicio de un encarcelamiento. No los golpearon, torturaron ni aislaron. Les permitieron comer e ir al baño con regularidad. Un permiso que no obtuvieron fue para bañarse, cambiarse de ropa o cepillarse los dientes. Entre ellos, incluso bromeaban sobre lo mal que olían después de 96 horas con la misma vestimenta. Lo que más tuvieron fue tiempo para hablar, incluso rezar. Y cuando los nervios ganaban la batalla contra la firmeza, se reconfortaban. Al menos estaban juntos, se animaba María Fernanda.

Mafecita4Cuatro días después, el domingo 2 de julio, a los 25 detenidos les concedieron libertad plena en los tribunales del Palacio de Justicia. Habían pasado esas jornadas con la misma ropa, y perdieron todas sus pertenencias. “Gracias a Dios salimos libres sin ningún maltrato físico o cualquier tipo de violencia, nada más que unos comentarios chimbos de vez en cuando. Salimos bastante baratos”.

La hermandad que nació en los calabozos del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) también quedó ilesa. “El grupo de Whatsapp de ‘Los 25 del 350’ sigue activo. Hablamos de la situación del país y del juez que ha mencionado nuestro caso. También nos hemos preguntado si nuestros antecedentes penales saldrán bien o no. Menos mal alguien ya pidió unos y salieron fino. La mayoría somos panas y nos encontramos por ahí bastante seguido. Nos vemos mucho en la universidad. Otros ya se fueron del país”.

Mafecita3María Fernanda García trata de no pensar en esos días en los que estuvo injustamente detenida, aunque el fantasma de un encarcelamiento fuertemente sonado y que se vivió activamente por las redes sociales no es tan fácil de ignorar. Estar bajo la mira y ser el foco jamás estuvo entre sus planes. “He tratado de seguir lo más normal posible, que no afecte nada. Luego de la detención me postulé a la Federación de la Simón y mi papá me preguntó si quería estar en el radar. Quizá es mejor quedarse un poco bajo perfil. Pero la gente siempre te lo recuerda. Una profesora nueva en medio de una clase me señaló y dijo: ‘Tú eres la chama que estuvo entre los presos de la Simón’. Qué vergüenza. La gente piensa: ‘Wao, tú pasaste por eso’. Y yo siento que estaba haciendo lo normal, solo soy una chama con full suerte”.

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Su preocupación ahora es otra. Protestar o no, he ahí su lucha interna. “De haber protestas, ¿participaría?, ¿iría a marchar? La verdad quién sabe. Tuve suerte una vez, quizá manifestar sería abusar de esa suerte. Uno es joven y arriesgado, no le para bolas. Pero yo no les quisiera hacer eso más nunca a mi familia. Se preocuparon tanto aquella vez y pasaron roncha horrible. Ahora me pensaría hasta dos veces decirle a mi papá: ‘Mira voy a salir a marchar de nuevo’”.

Mafecita2A la calle quizá volverá para votar. La duda de acudir a esas urnas se ha ido lavando. “Siempre es mejor hacer algo a quedarse con el conformismo. Creo fielmente en votar, aunque sabemos que estas elecciones no cumplen con la democracia que debería. Votaría por sentar un precedente, por no quedarme sin hacer nada. No siento que sea validar lo que sea que esta gente está haciendo”.

Maiquetía, en cambio, es un objetivo más certero para María Fernanda García, aunque aún no sea definitivo. “Todos mis amigos que están afuera me dicen: ‘No entiendo por qué te quedas allá, yo te ayudo’. Me duele pensardo porque soy muy unida a mi familia y este es mi lugar. Qué rabia que te estén arrancando del sitio donde tú perteneces”. Sus prioridades a corto plazo son otras. “Primero tengo que terminar mi carrera, estoy en el último año de Ingeniería Química”.

Mafecita1Lo que sí tiene confirmadas son sus ganas de no dejarse arrastrar por la cobardía y el silencio. “Me niego a vivir asustada, a no querer cambiar las cosas, a no pelear por lo que yo quiero. No tengo ninguna solución, pero sí seguir luchando”.