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El día que debí haber sacado mi pene

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25/03/2019
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TEXTO: DANIEL ENRIQUE PÉREZ @ELDANIELENRIQUE COMPOSICIÓN GRÁFICA: JUAN ANDRÉS PARRA @JUANCHIPARRA

Todo iba tan bien en tarima hasta que la vida le torció el destino a Daniel Enrique Pérez tal como suele hacerlo con los Tiburones de La Guaira: esta es la historia de una noche de aprendizaje forzoso para Daniel Enrique, comediante, criatura de Plop y guionista con barba

Gritos, aplausos, vítores e incluso ropa interior por los aires era lo que se vivía en lo que creí sería el mejor show de mi vida. ¡Qué iluso!

Estaba en la sala pequeña del Centro Cultural BOD haciendo stand up comedy. No me podía estar yendo mejor. Todos los chistes funcionaban, todas las muecas eran un éxito. Es más, hasta el público hizo una ovación cuando saqué mi pene.

Bueno, está bien, no saqué mi pene; pero estoy seguro de que de haberlo hecho, todo habría finalizado mejor.

Como me estaba yendo mejor que a un arrocero que llega a la fiesta con hielo, me di la licencia de interactuar con el público: incomodé a una pareja que claramente estaba en su primera cita y que gracias a mí no terminarían bien; me burlé de alguien con esos típicos nombres combinados que nunca funcionan y hasta le expliqué a una abuela qué es Tinder. Todo esto, como ya mencioné, entre aplausos y vítores, porque absolutamente todo estaba saliendo increíble. Hasta los silencios, en los que se podía sentir la energía de las señoras del público que pensaban: “¿Con qué locura saldrá este muchacho ahora, vale?”.

Pero, como en cualquier temporada de los Tiburones de La Guaira, la cosa empezó a salir mal. Le hice al público una pregunta que no debían contestar porque yo ya tenía preparado el chiste perfecto que iba a consagrar mi noche.

Pero alguien al fondo de la sala, donde no alcanzaba a ver, la contestó.

La respuesta que me dio no fue cualquier cosa: fue increíblemente graciosa. Tanto que hizo que ese público que parecía amarme contestara, en un mood muy parecido al del bachillerato cuando alguien se atreve a dejar mal al bully del salón, un sonoro: “UHHHHHH”.

No logré una respuesta ingeniosa para el comentario de este hombre que se encontraba en la penumbra. Y debo confesar que al igual que alguien que ve llegar a su ex con otra persona a una fiesta, estaba picado. No obstante, respiré y fingí tener todo bajo control. Le pregunté su nombre y dijo Michael, o algo así. Aunque sinceramente no me importaba: yo solo quería destruir a quien osó sabotear mi noche perfecta.

Guiado por la venganza, transformé la sala en el Coliseo Romano y le pregunté a mi público si querían que subiese a esta misteriosa persona al escenario. Todos contestaron que sí, querían sangre. Incluso algunos gritaban: “¡Mátalo con tu pene, Daniel!”. Bueno, está bien, nadie pidió que usara mi pene. Pero, estoy seguro de que si lo hubiese hecho, todo hubiese finalizado mejor a como terminó en realidad.

En fin, envalentonado por las masas invité a este hombre a la tarima. Entre gritos salvajes, todos estábamos a la espera de su llegada, pero los segundos empezaron a pasar, el público se fue apaciguando y nadie aparecía. Creí que había tenido una cómoda victoria por forfait y quería alardear; pero no solo, sino acompañado de mi público, ese que me amaba.

Por ello, pedí que, a la cuenta de 3, le gritáramos juntos: ¡Cagado! “Unooooo, doooooos y…”, fue lo último que alcancé a decir, antes de notar que ya no tenía el apoyo de la gente. Ellos se habían dado cuenta de algo que yo no. Ya nadie estaba conmigo, me habían dejado solo. Y no los culpo, porque inmediatamente bajo la luz del escenario, que apenas alcanzaba a alumbrar la segunda fila del público, apareció este misterioso hombre, que no era cualquiera. Era Maikel Melamed…

No “Michael o algo así”, sino ¡Maikel Melamed!

Iba a su ritmo, tranquilo y sonriente; él sabía que había ganado. Yo, por el contrario, tenía la misma cara de alguien que se regresa a hacer la cola después de sentirse muy vivo e intenta sacar dinero en el cajero vacío. Es decir, era un perdedor.

Luego de esto, no hay mucho que contar. Todo el show maravilloso ahora solo era un incómodo momento del que aprendí que antes de buscar pelea se debe ver al adversario. También pensé en que, si eres Maikel Melamed, coño, siéntate en las dos primeras filas.

Y, por último, me prometí no volver a dudar en sacarme el pene en tarima, porque estoy seguro de que si lo hubiese hecho, todo hubiese finalizado mejor a como terminó en realidad.