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Tras el triunfo de ‘La forma del agua’, ¿por qué el Óscar necesita reinventarse?

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La pasada entrega de los premios de La Academia fue una de las más previsibles en la historia del galardón. Es la natural consecuencia de una gala que cierra la temporada de reconocimientos. Con los años fueron proliferando los eventos de cada uno de los sindicatos que hacen vida en la industria (actores, escritores, etc.) y además aumentaron en audiencia otros que regularmente eran para guetos, como los Spirit Awards, por citar uno. Sin embargo, hay algo más que conspira contra la naturaleza de esta fiesta del séptimo arte: la corrección política.

El Óscar es una visión parcial del cine, una manera que tiene la industria norteamericana de celebrarse a sí misma, con todo lo bueno y malo que eso significa. Detrás del glamour y los discursos grandilocuentes de los actores-activistas, es el colofón de importantes inversiones en relaciones públicas. A pesar de los bajos presupuestos de cintas como ‘Get out’ o ‘Moonlight’, realmente hay un peso pesado que trabaja para que los que votan se tomen un tiempito para verlas.

Porque sí, por más paradójico que suene, una de los grandes problemas que tiene el Óscar es que muchos jurados no hacen su trabajo. “Tuve muchas conversaciones con miembros más antiguos de la Academia, quienes decían ‘no es una película de Oscar’, y yo contestaba ‘eso es absurdo. Debes verla”. Honestamente, algunos de ellos ni siquiera la habían visto y decían eso, así que disipar ese tipo de cosas ha sido realmente importante”, explicaba uno de los nuevos votantes sobre ‘Get out’, ganadora de Mejor Guión Original a la revista Vulture.

De hecho, la quiniela de UB Magazine, que daba a ‘La forma del agua’ como la ganadora de la noche, tomaba en cuenta el mensaje de inclusión que desprende la maravillosa obra de Guillermo del Toro para descartar a la, por ejemplo, controversial ‘Tres anuncios en las afueras’. Un jurado advertía a la revista Indiwire sobre las consecuencias de ser políticamente correctos en la gala, lo que dejaría por fuera a ‘The Disaster Artist’, la genial película de James Franco. La misma voz  insistía en lo dicho a Vulture y reseñado años atrás en Hollywood Reporter: algunos escogen a las ganadoras sin ver la lista completa de nominadas.

Lo anterior no quiere decir que los triunfos de ‘La forma del agua’, ‘Moonlight’ o ‘Birdman’ no sean justos o que se deban a componendas. Después de todo, para ganar el premio mayor, una película debe tener como mínimo 3.001 menciones como la mejor del año, en un universo que supera los seis mil sufragantes. Y el hecho innegable de que las minorías han sido apartadas históricamente por un club de hombres (hasta 2016, solo el 23% de los votantes eran mujeres), blancos (94%), que promedian los 62 años de edad, nos ha privado a los espectadores de acercarnos a otros universos, moldeando nuestra manera de consumir cine.

En ese sentido, debe valorarse el impacto positivo de movimientos como #Oscarsowhite y #Metoo. Frances McDormand, al terminar su discurso tras vencer como Mejor Actriz, dijo: “Tengo dos palabras para vosotros: cláusula de inclusión”. Se refería la protagonista de ‘Tres avisos en las afueras’ a la solución que propone Stacy Smith, socióloga de la Facultad Annenberg (de la Universidad del Sur de California), y directora del Centro para el Cambio Social de dicha Facultad, para acabar con el sexismo en Hollywood. Básicamente la idea es que cada persona con poder en la industria presione para que en el elenco y en el equipo técnico de cada película estén representadas las minorías o géneros tradicionalmente excluidos.

En todo caso, sin los lentos cambios que modelan las producciones, no habría sido posible ver a una mujer (Gal Gadot) protagonizando un blockbuster de superhéroes como ‘Wonder Woman’ (2017, Patty Jenkins). Mucho menos habrían aumentado los candidatos afroamericanos que aspiran a los principales galardones del Óscar. Pero también empezamos a sospechar que lo políticamente correcto está imponiéndose sobre lo artístico. ¿Eso no es también otra forma de discriminación?

Si bien se entiende que el Óscar, como cualquier otro evento de alcance universal, puede aportar su granito de arena para que la sociedad mejore, no debería olvidarse que tal universalidad parte de su herencia de las grandes artes y como todo arte, su excelencia no se debe a la popularidad ni a la complacencia.

Esa idea de repartir premios para que todos estén felices, conspira contra la credibilidad e importancia de cualquier ceremonia. No abogo por uno u otro largometraje. Sino por una mayor claridad en el hilo de la entrega. Cuesta comprender, por ejemplo, el reconocimiento a Sam Rockwell y Francis McDormand y el olvido de ‘Tres anuncios en las afueras’ como obra o viceversa, la elevación de ‘La forma del agua’, obviando a los actores que la hicieron tan especial y su historia. Para no entrar en detalle del premio de consolación para ‘Get out’.

Una película debería ser buena porque simplemente lo es, no porque en su elenco hay una gran minoría representada o porque su mensaje satisface a la humanidad. De continuar así, el Óscar seguirá perdiendo audiencia y esencia. Y lo peor: los poquitos que seguimos dispuestos a trasnocharnos estaremos condenados, como sucedió este domingo, a ver algo que ya todos sabíamos que iba a pasar.