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Barcelona espanta los fantasmas con una goleada

El conjunto catalán batió sin mayores inconvenientes al Osasuna por 7-1 y sigue en la pelea por el título de La Liga. Nuevamente Lionel Messi fue noticia por su influencia en el juego y por dos nuevos tantos que dejan atrás la barrera de los 500, pero también Javier Mascherano, quien de penal convirtió su primer gol con los blaugranas.

Barcelona espanta los fantasmas con una goleada

Ante el Real Madrid, más que la posibilidad de luchar por la Liga, el Barcelona se jugaba lo que las grandes rivalidades ofrecen: la posibilidad de golpear al enemigo de toda la vida. En el Santiago Bernabeu, Luis Enrique salió con su once de gala; la alineación y el dispositivo táctico eran los de toda la vida, o por lo menos, en el caso de los protagonistas, los que mejor interpretan sus planes. Menciono al entrenador porque no hay que dejar de lado que, desde su arribo al primer equipo, ha sido él quien ha abanderado eso que llaman “la evolución del juego blaugrana”. No es este el momento de discutirla sino de recordarla.

Lejos de sostener el ritmo y los niveles de atención y concentración vistas ante los merengues, la versión del Barça que enfrentó al Osasuna tenía como meta principal no equivocarse. Me explico: estos duelos ante equipos que pelean por el descenso son conocidos como “partidos trampa”, debido a que, equivocadamente se asume, sobre todo en el entorno, que la diferencia de puntos entre uno y otro marcará el desenlace del encuentro. Y el fútbol, aunque mucho le pese a los defensores del pensamiento lineal, no se rige por esas recetas. Estamos hablando de una actividad en la que, por ejemplo, hay un jugador cuya misión es evitar que la pelota entre en el arco, y que, además, no siempre gana el que mejor juega sino el que sabe aprovechar determinada circunstancia.

Los seguidores del Barcelona saben a lo que me refiero. Esta temporada han ofrecido una versión tremendamente competitiva ante los equipos que dominan la tabla de posiciones, hasta el punto de marchar invicto en los duelos con los otros cinco equipos que ocupan las posiciones europeas. La otra cara se ha hecho presente ante equipos que ocupan puestos cercanos al descenso, como así lo certifican las derrotas ante Málaga o el Deportivo La Coruña. Esto es poderosamente llamativo, más aún si se tiene en cuenta que el equipo invirtió más de 120 millones de euros en refuerzos durante el último mercado de verano. No me cansaré de decirlo: en cuanto a las dinámicas humanas, no existen fórmulas.

Bajo este panorama llegaba el Barça al duelo frente a los navarros.

Una de las tantas características de Luis Enrique es que no miente. Su distribución de minutos competitivos en la plantilla actual es la misma que cuando llegó, porque en su ideario de entrenador está tatuado en fuego aquello de que todos los futbolistas deben llegar a las instancias finales preparados para competir. Esto únicamente se consigue dando minutos competitivos, un término que uso para describir la diferencia entre, jugar los últimos instantes de un duelo definido, a tener que asumir la responsabilidad de darle continuidad a lo conseguido en la capital española frente al rival de toda la vida. Competir no es sumar minutos sino experiencias de alto riesgo.

Pero hasta los momentos, el aporte de esos refuerzos no mejora lo que ya estaba. André Gomes (doblete hoy), Denis Suárez, Lucas Digne y Paco Alcácer (doblete hoy) difícilmente pueden presumir de haberse adaptado a la dinámica del club catalán. No busquen en números y estadísticas que poco explican; las razones están en el juego blaugrana. Sergio Busquets es un futbolista de leyenda, pero poco puede hacer si quienes lo acompañan no entienden tanto de la ubicación y la conducción como el volante silencioso del FC Barcelona.

A pesar de la goleada ante Osasuna, la versión de hoy fue muy distinta a la que conquistó al Bernabeu el pasado domingo. La circulación de la pelota fue espesa y lenta. Los navarros se refugiaron muy cerca de su área, a conciencia de que esta versión del Barcelona, aún más sin Iniesta, ha perdido algunas señas típicas del juego posicional. Por ello le pido al lector que no se quede con los goles, que fueron muchos, sino que ponga la lupa en el traslado de la pelota y los desmarques que debían producirse detrás de la línea de presión del Osasuna. La posesión de la pelota es una herramienta que necesita de esa dinámica, de lo contrario no es más que pasarse la pelota sin mayor plan.

Luis Enrique cambió todo. Volvió a jugar con tres defensores, aunque en esta ocasión agregó a un lateral natural (Digné) en la posición de stopper por izquierda. Sin los desbordes de Jordi Alba, fue la banda derecha, con Rakitic, Gomes y Messi, el jardín preferido por el conjunto local. Por el otro costado, Turán y Denis hicieron buenos los miedos que habitan en el Camp Nou: el primero nunca se adaptó al equipo, y el segundo debe dar un paso al frente si desea seguir siendo tomado en cuenta.

La goleada final maquilla un poco el juego. Sería totalmente reduccionista atribuir semejante cambio en el rendimiento únicamente a la diferencia entre los rivales, más aún cuando, tras la victoria ante el Real Madrid, el Barcelona se metió de lleno en la pelea por una liga que llegó a sentir perdida por sus malas tardes y noches. Tras ese resultado no puede permitirse que reaparezcan las dudas que lo apearon de Europa.

A Luis Enrique le alarman mucho las diferencias de rendimiento. Quienes lo conocen saben que, si algo define al asturiano, además de la honestidad que antes mencionaba, es su competitividad. No le gusta que los suyos se dejen ir así sea por un puñado de minutos, los suficientes para que Osasuna convirtiera un gol y le recordara a muchos que, en esta temporada, el Barcelona puede quedarse sin el trofeo que premia a la regularidad, justamente por no haberlo sido ante equipos de menores recursos.

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