Las plumas que Lemebel batió

Fue una de las lenguas más temidas de Chile. En vida escupió dictaduras, como la de Pinochet, por su barbarie y represión. Su trabajo de narrador y cronista da cuenta de su mirada controvertida —que arremetía contra conservadurismos e hipocresías. Pedro Lemebel, además de contestatario, era y es respetado por un ingenio de loca literario que no se apagará
“Escritor, artista visual, drogadicto, homosexual, traficante. Pa’ puta no me dio este cuerpo, pero he hecho de todo. Mi oficio es el de escribir crónicas, porque cambian tan rápido como el mismísimo ritmo de la ciudad”, vociferó Pedro Lemebel en 2012, en medio del bullicio del mercado de La Vega en Santiago de Chile, donde la musa solía tomar un hervido junto a él.
Nació el 21 de noviembre de 1952. Profesa en uno de sus textos: “desde pequeño se me doblaba la patita”. “El Lemebel es un gesto de alianza con lo femenino, pues conserva el apellido materno”, señaló en una entrevista de radio para la emisora chilena Zero 97.7.
Su obra se mantuvo fiel a la defensa de los marginados. Sobre todo a aquellos que eran apuntados con el dedo: los homosexuales. En 1986 leyó ante un acto político de izquierda el Manifiesto Hablo por mi diferencia, aquel que lo llevaría a estar en la conciencia de todos —incluidos los chilenos conservadores.
“No soy un marica disfrazado de poeta. No necesito disfraz. Aquí está mi cara. Hablo por mi diferencia. Defiendo lo que soy. Y no soy tan raro. Me apesta la injusticia. Y sospecho de esta cueca democrática. Pero no me hable del proletariado. Porque ser pobre y maricón es peor. Hay que ser ácido para soportarlo. Es darle un rodeo a los machitos de la esquina. Es un padre que te odia”.
Los tacones eran su tarima. Desde las alturas, le dieron una voz a la homosexualidad y al proletariado. Como dijo alguna vez para una entrevista: “en mis tacos me sentía por encima”. El abanico le daba los aires de acidez que necesitaba para defenderse. El pañuelo en su cabeza, una excusa para batuquearse. Entre accesorios y vivencias construyó un mensaje. Ese que más tarde salió en poética y en el grupo de performence.
Solo publicó una novela: Tengo miedo Torero (2001). Sin embargo, la lista de crónicas es tan amplia como su prosa barroca, ampulosa, amanerada y sonora. Ocho títulos desnudan su bibliografía: La esquina es mi corazón, Loco afán: crónicas de sidario, De perlas y cicatrices, Zanjón de la Aguada, Adiós mariquita linda, Serenata cafiola, Háblame de amores, y la última Poco hombre.
Loco afán: crónicas de sidario le dio el reconocimiento internacional. Fue publicado por la editorial española Anagrama.
Las Yeguas del apocalipsis
En 1987 se unió al artista Francisco Casas para formar el grupo de performance Las Yeguas del apocalipsis —el nombre hace mención a los Jinetes del Apocalipsis del Nuevo Testamento. En su momento fueron un fenómeno de la contracultura. Solían sabotear los lanzamientos de libros y exposiciones de arte.
Su primera aparición ocurrió durante la segunda entrega del Premio Pablo Neruda. En medio del evento se le aparecieron al homenajeado de la noche, el poeta Raúl Zurita, con una corona de espinas haciendo alardes a su nuevo “reinado”. La segunda aparición ocurrió durante un encuentro del candidato a la presidencia de Chile, Patricio Aylwin. En la ocasión subieron al escenario con tacones y plumas con una pancarta que decía “Homosexuales por el cambio”. Ese mismo día Francisco Casas conseguiría darle un beso en la boca a uno de los senadores que se encontraba allí. La última presentación del grupo fue en 1997 en la Bienal de la Habana.
El fenómeno Pedro Lemebel fue más allá de una presentación o de ideas plasmadas en un papel. Su carácter le da significado al término freak. Jamás se casó con ninguna idea que no fuera la suya. Amante de quitarle la inocencia a las miradas que esquivaban las dolencias sociales reales. Plasmó su obra para derribar tabúes y abrirle paso a lo travesti.
“No tengo a nadie en este mundo. Mi calle se llama me voy”.
En una de sus crónicas de Adiós mariquita linda, boquita de canela lunar cita “nadie sabe que estoy aquí… mirándote. No tengo a nadie en este mundo. Mi calle se llama me voy. Y el número se llama para no volver”. Una de sus últimas publicaciones. En 2011 le diagnosticaron cáncer de laringe. Lo operarían hasta tres veces para removerle el mal que apagaba su “mariquera”. Fue perdiendo entonces parte de su voz. Y, sin embargo, jamás se calló. Hasta el 23 de enero que falleció dejando un libro inédito, que sus adictos ya quieren devorar: El éxtasis de delinquir.
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