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Luis Brito al retrato inmortal

“Soy un músico y un escritor frustrado, y en mi búsqueda me topé con el cine y mi gran pasión, la fotografía: deambulé entre ambas. Pero un día, al salir de una muestra enorme de fotógrafos en Venecia, miré al piso y vi un pescadito muerto, y lo fotografié”. Se cumple un año de la muerte del maestro de imágenes

Luis Brito al retrato inmortal

El corazón para imantar la vida y un día apartarla, sin titubeos, a las 5 am. El ojo mágico de ceja entrecana para detectar lo asombroso y lo sublime, lo intangible y la desmesura, arcanos y mensajes cifrados en las comisuras tristes o en el fondo de una grieta. Las manos generosas para sostener la cámara, abrazar la infinita cantidad de amores que ahora lo añoran y trocear todos los derivados del puerco. La lengua para decir verdades en son de chanza o para lanzar denuestos desde la bilis más genuina, y saborear todo sin melindres, y claro, puerco. Bajo, compacto de cuerpo, otra muy distinta sería su gran dimensión humana. Goloso de vida, ávido fotógrafo, desaprensivo comensal —sinónimos— Luis Brito fue un hombre que adoptó los hijos que ahora son una legión de ojos bien abiertos, que viajó por medio mundo con un pasaporte que selló la tenacidad tejedora de sus ganas, que se casó con la realidad y convivió con ella con dolor y embeleso, y la tradujo en alto contraste, sin grises.

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Dueño del cielo y de los mares, del azul que siempre lo tentó y de todas las cosas, más que registrar los susurros de los cementerios, homenajeó lo marchito encuadrando a los ángeles de las criptas en ángulos tales que les arrimó el cielo. Más que las arrugas capturó los altibajos biográficos de los rostros que retrató. Más que miradas de hombres sin sueño, bocas de carnes confinadas, manos talladas de afán, más que compasión mostró la dignidad desde la dignidad misma. Más que entregarnos pájaros marchitos, flores. Con su mirada curiosa y profunda describió como nadie la textura de los sueños, de los materiales, del yeso y las mariposas. Su cámara sería un bisturí de diamante a veces irritante, siempre conmovedor y maravilloso.

“Colector de los poemas que están en la calle”, como desliza desde la sensibilidad su colega Edgar Vergara, el maestro de pupilos y pupilas sería, más aun, “un maestro de lo que es ser humano”, como agrega el escritor Golcar Rojar. Llano y fiel a sí mismo, creó, rió, se repantigó sin pudores ni intermediarios, despotricó, se lamentó, lanzó denuestos, gozó cada minuto como le vino en gana y derrochando gracia, se refociló los encuentros inesperados, pateó todas las calles, vio el mundo y sus detalles, se coló en las entretelas de los ritos y entendió todas las fiestas, comulgó por primera vez cuando decidió creer, seis años atrás, nos entregó el amor en su totalidad y por piezas, e imprimió, en el cuarto oscuro, su alma. Siempre joven, aun cuando en el set de las calamidades posó de cascarrabias, y porque además su partida de nacimiento sería una quimera —unos la esconden, él nunca halló la suya—, Luis Brito, conocedor de todos los secretos de la luz y sus sombras, ahora fue captado por ella. Luz él.

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“Soy un músico y un escritor frustrado, y en mi búsqueda me topé con el cine y mi gran pasión, la fotografía: deambulé entre ambas. Pero un día, al salir de una muestra enorme de fotógrafos en Venecia, miré al piso y vi un pescadito muerto, y lo fotografié, sentí un enorme alivio y me encontré con lo que buscaba. Me sentí y siento que soy fotógrafo”, dejaría por escrito en el catálogo del MAMBo. Series como Los desterrados o A ras del suelo confirman lo que diría una vez: “Hay una intención estética y un concepto, que lo tiene el autor, pero en la fotografía está el hombre”.

Europa, becas, El Cairo, Barcelona, Venecia, Miami, exposiciones, India y medio mundo, viajes. “Mi narrativa fotográfica, en estos tiempos, se divide entre el compromiso que tengo con un pedazo de tierra que me vio nacer, con las generaciones que vendrán y con mis afectos”, dijo. En consecuencia, el performance que fue su velatorio; no faltó ningún aprendiz. “La muerte de Luis Brito es un canto a la vida”, brindó, cocuy en mano, Nelson Garrido, el fotógrafo que más le hinca el diente a los prejuicios. “Es que siempre él fue él, y lo fue hasta para irse, su muerte fue una instalación, su cuerpo inerme en la calle que amó, ahora con ramos y dedicatorias de tiza de los vecinos que le correspondían; y el velatorio, sin duda, una prolongación de aquello, a sabiendas de que lo que nos espera es un inmenso vacío”, añade el fundador de la ONG.

En una entrevista que le hace el también fotógrafo y amigo entrañable Antolín Sánchez —repartida en tres videos colgados en youtube— habla del insomnio de sus comienzos en el cuarto de revelado del Inciba, de las peñas con sus pares, de los colores del Orinoco y los atardeceres, y muestra las marchas venezolanas, los disfraces, la superficie de los gestos —“la piel del campesino se parece a la tierra que siembra”—, las procesiones, la famosísima serie que registra la Semana Santa de Sevilla. “Esas fotos no son planeadas, yo no encontré la procesión, en esa Semana Santa me encontré a mí”. Los enfermos y su melancolía —“Río Caribe es locura, muerte y religión, tres temas que me definen”-, el teatro, la danza y la plasticidad de su movimiento, y las muñecas socarronas de Reverón, las que fotografió con tanta eficacia que parece que les hubiera leído la psique. Fotos que, luego que la vaguada se llevó la casa de Armando Reverón, son ahora incunables, como su participación en la peli Reverón, sobre el otro mago de la luz. “Ese día amanecieron inquietas las muñecas, no sentían los ojos de aquel incansable que las miraba desde el fondo de su alma”, escribiría Yoyiana Ahumana, cuando se conoce la triste noticia.

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Pero no se ha ido, ni lo hará.  “Soy un hombre del mar, de la playa, que se para en la orilla y tiene todo el firmamento por delante”. La lente de Luis Brito ha captado todo pero lo capturado nos lo da —como el mar que todo lo regresa, como la serie (¿despedida?) de las fotos de aquellos que amó— para que salgamos a flote.

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