Mario Labarca muestra 40 años de trabajo en el Centro de Bellas Artes de Maracaibo
La primera retrospectiva del artista zuliano Mario Labarca se expone en el Centro de Bellas Artes Ateneo de Maracaibo hasta el 20 de abril

La primera retrospectiva del artista zuliano Mario Labarca se expone en el Centro de Bellas Artes Ateneo de Maracaibo hasta el 20 de abril

El pasado 21 de marzo se inauguró la exposición «Cartografías del alma», retrospectiva del artista Mario Labarca y que ocupa todas las salas del Centro de Bellas Artes Ateneo de Maracaibo. Y nunca mejor puesta en soledad la palabra “artista” para describir a este pintor, dibujante, músico y poeta nacido en la capital zuliana en 1959.
Su caleidoscópica genealogía creativa arropa también inconclusos estudios de Arquitectura, una licenciatura en Letras en la Universidad del Zulia, la convivencia durante casi un año en la década de los ochenta con un grupo hare krishna en una montaña de La Azulita, estudios de arte, la lectura obsesivas del Bhagavad Guita, una etapa rockera que combinó escenarios y lo que él llama “naufragios e iluminaciones etílicas”, y desde la muerte de su madre en 2012, la práctica sistemática del yoga.
Hasta la fecha es la más grande exposición individual de Labarca y su primera y muy merecida retrospectiva. Él mismo se pregunta si acaso la última, en lo cual no hay pesimismo sino reflexiva conciencia del país, la frágil cotidianidad regional, sus edades y, sobre todo, la sorpresa que ha significado la invitación de la institución: “Escudriñar mi colección personal y recordar escenas de mis inicios, de cómo las estrellas se alinearon un día y abandoné mis estudios de arquitectura e inicié sin darme cuenta la travesía multicolor al retomar el juego preferido de mi niñez: pintar. Y han sido ya más de cuatro décadas desde entonces. La exposición surgió a partir de la visita a mi taller del curador Jimmy Yañez, quien quedó impresionado por la variedad y cantidad de obras. Enseguida nació la propuesta del Centro de Bellas Artes de una muestra retrospectiva, que en esta ocasión está acompañada por lo que es una nueva pasión: la cerámica. También hay tapices y algunas obras piramidales en madera. Ha sido una oportunidad para revisarme ante lo efímero y abrazar la esencia de este viaje de líneas y color, tonalidades que danzantes y pulsaciones del alma; de reinventarme si es posible; recrearme, recuperar, agradecer historias y horas de silencio y color; de resguardarme del olvido de mí mismo”.
Jimmy Yánez, como curador y museógrafo con acreditación internacional (Premio Especial Aica 2022), ha observado que la obra de Labarca “reúne una organización temática que visibiliza la historia personal del artista, plasmada en cuatro corrientes pictóricas donde fluye su impronta y autoría, como su propio lenguaje expresivo y son el abstracto metafísico, abstracto lírico, abstracto constructivista y el figurativo”.

Y acota: “Mario Labarca se encuentra con la pintura y se refugia en ella, otorgándole un estar presente, donde la meditación representa más que una investigación para desarrollar procesos creativos. A manera de optar por nuevas experiencias, le atrae la cerámica y se reencuentra con un amigo, el maestro de las artes del fuego, Adhemar Sánchez, quien también había transitado por iguales senderos en búsqueda de la paz interior. Así emprenden ambos un trabajo a cuatro manos, Sánchez en la cerámica y Labarca en la intervención pictórica de la cerámica, logrando la consecución de una quinta corriente artística en Labarca que se presenta como Taller Adma Terra”.
Desde el día de la inauguración de la muestra, que permanecerá abierta hasta el 20 de abril, Labarca teme despertar en cualquier momento y encontrarse que todo ha sido un sueño: “Pinto buscando trances que me alejen de una dimensión objetiva de lo que llamamos la realidad. Encuentro momentos de gran inspiración y a veces de gran duda y hasta de volver a comenzar la obra y colocar una nueva capa de pintura sobre pintura sobre la que ya había. Suele pasar con piezas que abandoné, convivieron conmigo meses y hasta varios años y un día las retomo y la conjunción de los astros y de mi ser ese día es la perfecta. Seguro que a todo creador le sucede igual en alguna medida. Casi nunca hay un boceto, un croquis, una cartografía de exactitud sino posibilidades ante las cuales disfrutar al máximo el proceso: eso es lo que más me atrae, llegar a los lugares espirituales con una luz que no había antes transitado. Cada obra, pintura, poema o canción, es un viaje de exploración espiritual, una necesidad de crear puentes para llegar a otra realidad menos caótica y de mayor claridad y confort. En ese sentido, es un alimento espiritual y diario de un vuelo interior que reflejan luces e incertidumbres, caos y geometrías sagradas sembradas de esperanzas y anhelos. Una remembranza de los placeres de dibujar mapas durante el bachillerato, o seres imaginarios en mi niñez debajo de un frondoso árbol de mangos. Un intento tal vez inconsciente por conectarme con las pulsaciones de los ancestros que me habitan”.

El artista resume su recorrido a través de estas últimas cuatro décadas: “Siempre el color creando puentes entre mis primeras obras repletas de pirámides y ciudades antiguas, con una suerte de magos, de visitantes de las estrellas. Luego la gestualidad, la pintura musical que danza con manchas sobre la tela. Luego un nuevo mapa de viaje, ver la ciudad desde lo alto, generando planos, recordando quizás mi breve paso por Arquitectura. Y entonces, de repente aparecen rostros de personajes imaginarios, muy lejos de la técnica del retrato o la anatomía perfecta, solo cercanos a algo nebuloso que me tienta y demanda a sin temor transitar encuentros íntimos con la figura humana. Y, finalmente, un pequeño tour por 50 platos de cerámica intervenidos y murales. Mis obras se han esparcido en cinco continentes espirituales: metafísico, gestual, estructuralista, figurativo y lírico. Son muchos los destinos exitosos y los naufragios de mi pintura. Siempre acompañado de la música: música para danza, para videos, para clases de yoga”.
Cartografiar el alma, en plural, responde a su inquietud, su necesidad de saltar de la materia pictórica a la sonora y escritural: “Creo que el silencio y la auto observación son imprescindibles para este viaje a territorios del alma. Es mi caso se ha fundido con una gran dosis de seguir jugando con la seriedad con la que un niño asume jugar a solas, como tantas veces me tocó por ser hijo único. Saber que nada detendrá el paso devorador del tiempo estimula en mí nuevos trazos; salpicar la tela de nuevas manchas, no apegarme, intentar un nuevo destino, una musicalidad cromática y compositiva distinta en la siguiente obra, descubrir un poco de todo lo infinito que nos rodea y nos habita y respirar profundamente, dejar que la pintura me conduzca a inesperados continentes”.