arte

Mercedes Pardo se adueñó del color

A propósito de la muestra que le rinde tributo en los espacios de la Galería ABRA en Los Galpones, Carolina Jaimes Branger repasa la obra de Mercedes Pardo. Una creadora fundamental de la abstracción venezolana que defendedió su voz, su honestidad sobre el lienzo y un registro infinito frente a los empeños de una época que pretendió dejarla bajo la sombra de un apellido

mercedes pardo
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Hay artistas cuya obra uno mira y reconoce de inmediato. Y hay otros cuya producción, además de ser inconfundible, parece interpelarnos y exigirnos una reflexión inevitable: ¿por qué no la hemos mirado con la atención y la hondura que merece? Mercedes Pardo pertenece a esta categoría.

Volver sobre su legado no es un mero ejercicio de nostalgia ni una simple revisión historiográfica. Es, ante todo, un acto de rigurosa justicia. Nacida en la Caracas de 1921, Mercedes formó parte de esa constelación excepcional que transformó para siempre el arte venezolano. Una generación vanguardista que rompió con las inercias del paisajismo tradicional para hacer del color, la geometría y la luz los verdaderos ejes de una nueva modernidad visual. Pero ella no se detuvo en el lienzo: llevó su genio a la cerámica, los vitrales, la gráfica, el collage y las escenografías teatrales, levantando una trayectoria monumental que la hizo merecedora del Premio Nacional de Artes Plásticas en 1978.

Sin embargo, en el relato oficial de aquel movimiento ocurrió una distorsión que hoy nos resulta inaceptable: el relegamiento sistemático de las mujeres que lideraron la vanguardia. Mercedes Pardo lo sufrió en carne propia.

En 1979, un año después de recibir el máximo galardón de nuestras artes, la Galería de Arte Nacional presentó su retrospectivaColor: piel, presencia meditada. En una entrevista concedida a María Josefa Pérez paraEl Nacionalcon motivo de aquella exposición, Mercedes dejó grabada una frase que hoy nos sacude por su aplastante crudeza:

«Yo siempre era la esposa de Alejandro y no una artista».

mercedes pardo
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No se trataba de una queja victimista ni de una metáfora; era la crónica exacta de su cotidianidad. Durante décadas, la crítica y el entorno cultural sintieron la necesidad de presentarla a través del nombre de su marido: Alejandro Otero.

Alejandro Otero fue, desde luego, un gigante indiscutible de nuestra historia plástica. Pero Mercedes también lo era. Una luz jamás debió eclipsar a la otra. Reconocer a Mercedes Pardo en toda su dimensión no implica restar un solo mérito a su esposo, sino hacer un ejercicio elemental de restitución histórica: valorar a cada creador por el peso, la autonomía y la brillantez de su propia obra.

Hoy nos corresponde revisar ese pasado con una mirada más lúcida. No para levantar pugnas de género ni para reescribir la historia a fuerza de exclusiones invertidas, sino para completarla. Para otorgarles el sitio que siempre les correspondió a quienes, desde el rigor y el talento, construyeron nuestro patrimonio.

Porque Mercedes Pardo no fue el apéndice de ningún gigante. Fue, lisa y llanamente, Mercedes Pardo. Y cuando uno se detiene ante sus telas, entiende que jamás necesitó pedir permiso para ocupar un lugar en la historia.

Su voz era propia, inconfundible y rotunda. Y esa voz se expresó, por encima de todo, a través del color.

mercedes pardo

Concebía el color no como un recurso adornista ni como una ecuación abstracta, sino como «un instrumento de un registro vastísimo, infinito, inagotado». Su método prescindía de la frialdad dogmática: pintaba desde la intuición, construyendo «climas de color» que estructuraba como arpegios musicales, donde cada tono vibraba y cobraba sentido en relación con el adyacente. Para ella, la creación era un acto de revelación y, sobre todo, de verdad:«Una de las cosas más maravillosas que tiene el arte es que no se puede mentir». Por eso su pintura conserva una frescura y una honestidad que no se desgastan con el tiempo.

Volver a mirarla hoy no es solo oportuno, sino urgente. Necesitamos contemplar su trabajo despojado de etiquetas, prejuicios y fe de bautismo ajenas.

Ese encuentro luminoso nos lo ofrece hoy la Galería ABRA, en el Centro de Arte Los Galpones. La muestra reúne collages, bocetos y exploraciones que nos abren las puertas al núcleo mismo de su taller, donde su pintura, resguardada de las sombras del pasado, sigue dialogando con nuestro presente con una madurez indiscutible.

Hay que acudir a esa cita. Hay que ir a reencontrarse, frente a frente, con la artista que no necesitó inventar el color porque supo, con maestría y soberanía absoluta, adueñarse de él.

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