Hambre en Venezuela y otras consideraciones

“Lo que nos mueve, con razón suficiente, no es la percepción de que el mundo no es justo del todo, lo cual pocos esperamos, sino que hay injusticias claramente remediables en nuestro entorno que quisiéramos suprimir” Amartya Sen- Premio Nobel de Economía 1998.

Hambre en Venezuela y otras consideraciones

Largas colas para comprar productos básicos, cada vez más escasos. Creciente porcentaje de personas que ya no hacen tres comidas diarias. Niños que ya no toman leche como antes. Inflación creciente que destruye el poder adquisitivo. Son titulares de las noticias de Venezuela, que por allá en 1985, cuando se popularizó el tema de “We are the World” nadie imaginaba que se iban a ver reflejados en la prensa de 2016.

La edición de 2015 del Índice de Miseria del Cato Institute, coloca a Venezuela en la primera posición de esta medición en la que se evalúan a 108 países. El estudio suma la tasa de inflación, de préstamos y desempleo menos la variación porcentual del Producto Interno Bruto (PIB) per cápita para determinar sus resultados.

Lamentablemente en las tres ediciones de ese estudio hemos quedado en la posición menos favorecida. Lo preocupante es que en la edición del 2013, la puntuación obtenida por Venezuela fue de 79.8, en la de 2014, el puntaje obtenido fue de 95,2 y en la de 2015, 214,9, es decir, que el fondo puede ser insondable.

¿Qué es la miseria? La definición más sencilla se refiere a la escasez de medios para vivir. Desglosar está sencilla definición es complicado porque en primer lugar tendríamos que calificar a qué tipo de medios escasos vitales nos referimos (es decir; ¿carecemos de pan para alimentarnos todos o los días, o carecemos de alimentos para medio llevar una dieta balanceada?) y en segundo lugar, nuestro entendimiento de lo que es la vida y sobre todo de lo que significa vivirla (tener el estómago lleno es vida ¿es eso suficiente? ¿O vida es tener también lleno el corazón y el intelecto? Por su puesto, que la respuesta es obvia.

El problema es que si lo primero no es satisfecho (el estómago), mucho más difícil es satisfacer lo segundo (el intelecto). Sócrates, Platón y Aristóteles o Cristo, Krisna, Brahma o Buda, no son interesantes cuando el estómago esta vacío. De hecho Buda consideraba que el ascetismo extremo no conducía en ningún caso a la “liberación total”.

Lo que es una realidad es que en la medida que el poder adquisitivo de una población es absorbido por la inflación, la provisión de esos medios para vivir se hace mas cuesta arriba.

Si tomamos el salario mínimo en Venezuela de Bs. 15.051,15 más Cesta Ticket que suman Bs. 33.636,15, calculado a la tasa DICOM, (aproximadamente $55 mensuales- tasa ésta por cierto, que no consigue el común de los mortales)  solo supera en América Latina y el Caribe, a Cuba, y en el mundo a solo algunos países africanos como: Bangladesh, Congo, Liberia, Madagascar, Uganda y Tanzania. Es decir, el salario mínimo venezolano sumado al Cesta Ticket está entre los diez más bajos del mundo.  Lo que hace la diferencia es que en todos estos países la inflación no supera el 7%, y en dos casos se acerca al 18%, mientras que en Venezuela según el BCV en 2015 fue de 180,09%,  y según otros, cálculos privados, superó el 271%.

La mezcla de bajo salario mínimo con altas tasas de inflación, mezclado con una caída en la producción agrícola y agroindustrial, reducción de las importaciones (por otro revés del ciclo de nuestra “farmacodependencia petrolera”) y un entorno hostil a las inversiones, pulveriza el poder adquisitivo y preparan el terreno para hacer del hambre una realidad masiva. (Organismos internacionales como el PNUD consideran que uno de los indicadores de pobreza extrema es la obtención de un salario de menos de $1-2 por día).

Para el año 1998, según cifras del Instituto Nacional de Estadísticas de Venezuela (INE), Venezuela exportaba en las categorías de Animales vivos y productos del reino animal + Productos del reino vegetal + Grasas y aceites + Alimentos, bebidas y Tabaco un total de 847.311.921 kg Netos.  En 2014 (Ene-Oct)  la cifra cayó a 44.580.955 Kg Netos. Por otro lado, en 1998 se importaban del mundo en las mismas categorías un aproximado de 4.549.198.213 kg Netos. En 2012, 8.653.365.546 y en 2014 (Ene-Oct) 6.800.078.043. En otras palabras esto significa que en 1998 producíamos más alimentos, exportábamos excedentes y teníamos menos necesidad de importar. Para el 2014 la situación refleja menos exportaciones de alimentos, menos producción y una reducción importante en la capacidad de importación de alimentos, comparativamente con el año 2012, generándose una situación complicada para el abastecimiento, que por supuesto no solo obedece a factores del comercio exterior, sino a muchos más.

De más está resaltar que en el periodo de incremento de las importaciones muchas de éstas competían con los productos locales sujetos a un entorno complicado para la producción lo cual impactó sobre su competitividad, disminuyendo y en algunos casos desplazando a la producción local.

Hoy nos encontramos en una situación en la que se hace difícil conseguir los productos básicos. No hay recursos suficientes para abastecer los mercados con importaciones. Las condiciones para estimular las inversiones, especialmente en el sector de alimento no son atractivas, aunado a un poder adquisitivo de la población muy bajo y una inflación galopante. En este punto, solo queda como opción destrabar el juego y orientarlo a la generación de un clima de negocios apropiado para la producción, para evitar que el hambre diezme a la población venezolana.

Amartya Sen, premio nobel de economía de 1998, dice en su libro Teoría de la Justicia que  “existe una diferencia real entre personas que mueren de hambre por circunstancias que nadie controla y personas que mueren de hambre por decisión de alguien que busca ese resultado (ambas son, por supuesto, tragedias, pero su relación con la justicia no puede ser la misma)”

Solo queda en nuestras manos, especialmente en las de quienes nos gobiernan, evitar esta tragedia.

 

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