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In memoriam: una tarde con Jorge Spiteri

Jorge Spiteri fue pionero de la internacionalización del talento musical venezolano en el ámbito discográfico mundial. En esta entrevista, hecha en 2007, el recién fallecido músico pasa revista a sus inicios, narra su alucinante peripecia por el "Swinging London" en plena efervescencia sesentera y asume una decidida vindicación del rock como lenguaje universal

En 2007, cuando trabajaba en El Nacional, tuve la suerte de entrevistar en su casa a Jorge Spiteri acerca de su amor por los Beatles. La entrevista se convirtió en una conversación de más de dos horas acerca de toda la música de los 60 y 70, la vida en Londres y en Caracas en esos años, amores encontrados y perdidos y todas las vueltas que da la vida. Me contó que había tocado en pistas de los Sex Pistols, que a Steve Winwood le gustaba la salsa, que jammeó una vez con Mitch Mitchell y que durmió un mes en el cuarto de John Lennon en su casa de Tittenhurst Park. Me mostró álbumes de fotos, soltó algunas lágrimas por su hermano Charlie Spiteri, fallecido hacía pocos meses, y me paseó por su colección de discos e instrumentos musicales.

Al final, me preguntó si tocaba guitarra y, cuando le dije que sí, me prestó una Gibson Firebird, agarró una acústica y me enseñó a tocar “Strolling Down the Highway,” de Bert Jansch, a quien yo no conocía. La grabadora se había detenido hacía ya largo rato.

Spiteri era un tipo fantástico y lleno de esperanza. Jamás lo olvidemos.

“Los Beatles eran unos magos”
Entrevista con Jorge Spiteri

En su juventud, Jorge Spiteri formó parte de Los Juniors, The Nasty Pillow y Fantastik Guasaca. Luego formó Spiteri, la banda que le dio renombre internacional. Después vinieron Mañana y Ananta, y últimamente ha dirigido Los Buitres y El Clan Spiteri. Por si eso fuera poco, ha tocado con gente como Tyrone Downey, tecladista de Bob Marley & The Wailers; con Steve Winwood y Chris Wood, de Traffic, y con Mitch Mitchell, baterista de The Jimi Hendrix Experience. Spiteri estuvo activo en la época dorada del rock, los gloriosos sesenta: “La generación de ahora tiene al rock and roll como un sonido mainstream, pero para nosotros era un sonido completamente nuevo”.

–La primera vez que escuchaste a los Beatles te estabas bajando de un autobús…
—Me da taquicardia cuando recuerdo ese cuento… Mi hermano Charlie Spiteri, que falleció hace poco, fue mi inspiración. Cuando vivíamos en Chacao, él y yo íbamos y regresábamos del colegio en autobús. En la librería Nueva Chacao vendían discos y siempre los tenían sonando durísimo. A veces ponían Elvis y cosas así, pero la mayor parte del tiempo era música criolla. Ese día nos estábamos bajando del autobús y, justo al pisar el suelo, arrancó a sonar a todo volumen “It won’t be long, yeh, yeh, yeh…”.

Nos asustamos tanto que nos agarramos de la mano, caminamos hasta la vitrina y vimos un disco que tenía en la portada una foto de cuatro tipos con pollina larga y media cara negra y dijimos: “¡Ese es el disco!”. Sin tener manera de saberlo, lo supimos. ¿Cómo adivinamos que ésos eran los que estaban cantando? Ni idea, Los Beatles eran unos magos. Yo creo que los grupos tienen que tener magia. Creo que Traffic tuvo magia, igual que The Who y los Rolling Stones, por supuesto. Pero la magia de Los Beatles fue que ellos lo cambiaron todo.

De pequeños tocábamos guitarra en grupos folclóricos y de salsa de la Pastora. Escuchábamos Joe Cuba, y como nuestro papá era gringo, podíamos cantar las letras en inglés. “I never go back to Georgia, I never go back…”. (Esa canción es psicodélica con dos bolas…) Entonces salen los Beatles y la vida nos cambia.

En el primer video que vi de los Beatles, salen los tipos mirándose a la cara mientras tocaban. Hasta ese momento yo había visto grupos en los que el cantante estaba al frente y no interactuaba con los músicos, estaba metido en su mundo. Pero los Beatles compartían, se veían a la cara con el otro. Esa interacción, ese amor por la persona con que te relacionas musicalmente, la aprendimos de los Beatles. Y así me relaciono yo con la gente, con los ojos digo la verdad y la gente lo percibe, igual cuando estoy cantándole al público. Y esa vaina la aprendí yo de los Beatles.

Después, cuando me mandaban a la escuela en un transporte escolar, conocí a Adib Casta, porque él siempre estaba tomando café y fumando cigarros en Bello Campo, donde el autobús se paraba un rato. Él era un tipo admirado desde hace mucho tiempo. Se le conocía como Johnny Twist y cantaba con Rudy Márquez en el Club del Twist de Altamira. ¡Imagínate lo que significó Adib Casta! Y él me tomaba en cuenta a mí, que era apenas un niño, y se me acercaba al transporte escolar para enseñarme siempre alguna cosa y afinarme la guitarra. Adib Casta, “Chema” [José Manuel Arria], Carlos Moreán, Carlos “Carl Martin” Montenegro… Para mí esos carajos eran dioses.

Londres, 1969

—Cuando mi hermano empezó con Los Claners, yo formé Los Juniors y empecé a tocar en verbenas. Nos convertimos en unas estrellitas que firmábamos autógrafos y todo. En ese momento, mi mamá se desespera y me manda a vivir a Bogotá con mi papá. Él me compra una guitarra eléctrica, pero me mete otra vez en el liceo y comienzo a estudiar segundo año. Yo no quería estudiar, yo quería ser músico. Desde niñito lo sabía. Yo había conseguido trabajo en un estudio de música, pero como tenía apenas dieciséis años mi viejo me dijo que ni de vaina. Él era petrolero y me estaba dando todo, hasta una moto y un carro (un De Soto del 45). Yo era casi un niño rico.

Con mi mamá vivíamos en el centro y éramos casi pobres, pero con mi papá tuve esa experiencia de comodidad. A él le gustaba que yo cantara en mi casa y tal, pero le parecía una locura que me dedicara profesionalmente a eso. Entonces me dijo que si no estudiaba me fuera de su casa, si es que podía pagarme mi pasaje para Venezuela.

Y vendí la guitarra, con todo el dolor de mi alma. Le llegué a mi papá con el pasaje y él me llevó al aeropuerto. Pero yo no sabía que el pasaje solo era hasta Cúcuta. Cuando me bajo del avión y veo dónde estoy, digo: “¿Qué es esta vaina?”. Por suerte vi un carro que decía “Taxi-Caracas”. Me quedé junto a él hasta que empezó a oscurecer y apareció el dueño. Cuando lo vi arranqué a llorar y le conté la historia de mi vida hasta que el señor aceptó llevarme. En Caracas, mi abuela le dio cincuenta bolos. Gracias a Dios aceptó, si no yo estaría todavía en Cúcuta llorando.

Cuando llego otra vez a Caracas, en 1967, descubro una tienda que se llamaba La Casa Fender, que la atendía un baterista al que llamaban “El Gordo” Iván. Intenté estudiar bachillerato un tiempo y mientras tanto toqué con él en un grupo que se llamaba The Nasty Pillows. En esa época empecé a escuchar blues y a Ray Charles. Me apasioné mucho por el blues y por Bob Dylan. Para mí, Dylan era Dios. Me di cuenta con él de que no importaba tanto la calidad o la afinación de la voz sino lo expresivo del estilo, la manera.

Yo no soy un cantante de voz dulce, mi voz es desgastada y ronca. Por eso le meto al canto algo de Bob Dylan o de Ray Charles. Mi expresión es un poco más gritada, tirando al blues. Cuando aparece Hendrix encontré en él a Dylan combinado con lo negro. Hendrix ha debido ser una bendición para él. Dylan también influenció mucho a Los Beatles; gracias a él ellos empezaron a pensar mejor sus letras.

Nosotros cambiamos toda nuestra vida por los Beatles. En 1969, mis tres hermanos y yo nos fuimos a vivir a Inglaterra porque queríamos ser músicos. Y también porque aquí había mucha represión; Rafael Caldera odiaba a cualquier hippie o a cualquier carajo que no tuviera el pelo engominado para atrás como él. La vaina del pelo como que le afectó mucho a él… A nosotros nos paraba la policía y nos ponían las pistolas en la cara o nos las metían en la boca solo porque teníamos el pelo largo. Fueron tiempos difíciles en los que había que tomar una decisión, y la nuestra fue la de irnos. En parte por eso, pero principalmente porque queríamos seguir a los Beatles. Nosotros cambiamos toda nuestra vida por ellos.

Charlie fue el primero en irse, porque era el más valiente, a principios del 69. Estando allá nos mandó una foto donde salía con los tipos de Traffic. Cuando yo vi eso me fui para allá con Henry, porque sentíamos que la única manera de ser músicos era teniendo acceso a esa magia. Cuando llegué a Londres, a finales del 69, lo encuentro lavando platos en un restaurante. Él vivía a sus anchas en Caracas, porque había ganado plata con Los Memphis y hasta tenía un Mercedes 300SL. Pero prefirió irse para allá a pelar bolas, porque era donde estaba pasando lo importante en el mundo. Me di cuenta de que ésa era la verdad. El dinero te da seguridad, pero no es lo principal. Lo principal es que persigas lo que te apasiona.

Mis hermanos me protegieron allá, me dejaban en la casa componiendo mientras ellos salían a trabajar. Fueron muy paternales. Y funcionó, porque después de dos años fuimos con las canciones a entrevistarnos en varias compañías disqueras, hasta que una nos aceptó y ahí arrancó todo.

–¿Y cómo lograron los contratos con las disqueras?
—Fue un día que tocamos en el Marquee Club y el gerente buscó al dueño de una disquera que pertenecía a Rod Stewart y lo llevó a vernos. Estábamos tocando de banda de soporte, ni siquiera como principales. A la semana ya estábamos firmando. ¡Los milagros existen! Eso fue Spiteri, la primera banda de rock venezolana firmada internacionalmente. Pero como estuvimos como siete años ilegales en Inglaterra, no podíamos tocar los conciertos. «Spiteri», el disco, salió a la venta, pero no podíamos promoverlo.

Cuando nosotros estábamos grabando con la EMI, mi hermano tenía pinta de indio americano. Pelo largo, sombrero de ala muy ancha y un berimbau. Se veía como una estrella. Y en dos ocasiones, estando él con su novia (que después fue su esposa), se cruzó con Paul McCartney a la salida del estudio. Una vez Paul iba en su carro y frenó para saludar a Charlie. En otra ocasión hasta le dio la mano y habló con él. La novia le preguntaba: “Coño, ¿tú conoces a Paul McCartney?”. Y él: “Claro, de bolas”. Creo que Charlie Spiteri se pudo morir tranquilo después de eso, de que Paul McCartney se parara a saludarlo a él porque pensaba que era una estrella. Charlie era un tipo muy dulce, no me extraña que le hubiera pasado eso.

Un mes en la casa de John Lennon

—“Amor is to love you”, la canción que hace poco grabaron Los Amigos Invisibles, es mía. Yo la grabé en 1979 y aquí pegó como en el ‘81. Lo interesante es que esa canción la grabé en la casa de John Lennon. Nos había firmado la EMI y nos pusieron dos opciones para grabar: Abbey Road o la casa de Lennon en Tittenhurst Park, donde se grabó el disco Imagine. Por supuesto elegimos la casa y nos mandaron para allá un mes, a grabar nuestro disco. No te imaginas la joda, el despelote. Era la época hippie, una época muy bella. Durante ese mes encontrábamos, por ejemplo, libros de John que estaban subrayados por él, con anotaciones minuciosas en los bordes de las páginas. Yo dormía en su cuarto, que era muy grande y tenía espejos en el techo.

Johnny Arbiter y el bombo de Ringo Starr

—Tengo una anécdota mía, muy bella. Johnny Arbiter, mi amigo, y Joanna Arbiter, que fue novia mía por algunos meses, son los hijos de Johnny Arbiter Senior, quien era el dueño de la tienda donde se apareció Ringo y vio una batería de lujo marca Ludwig. La marca era alemana y no vendía muy bien porque era la posguerra. Pero Ringo, que conocía de baterías, quiso comprarla. Arbiter dijo que se la vendía si le permitía pintarle las letras “The Beatles” en el cuero del bombo y si le dejaba intacto el sello de Ludwig. Ringo aceptó y Arbiter se hizo millonario con las ventas. Ahora hay baterías Arbiter, tiendas Arbiter, etcétera.

Johnny Arbiter hijo, que era una belleza de persona y muy amigo mío, falleció hace dos años. Me da mucha tristeza porque lo quería mucho y él tocaba muy bien, un poco como James Taylor. Tenía un piano de cola Steinway con una adaptación MIDI. Él le vendía los instrumentos a Paul McCartney por camión. Lo llamaba para contarle lo que tenía nuevo y Paul le decía que montara todo en un camión y viniera a su casa. Mi esposa, una vez que estábamos en casa de Arbiter, se puso a revisar unos papelitos que había en la cocina y consiguió uno todo arrugado que decía algo como “Para Johnny y Joanna, gracias por venir a visitarnos en el estudio. Paul, George, Ringo y John”.

Charlie y The Wailers

—Charlie grabó bastante con Bob Marley, a quien conoció a través de mí, porque una vez en un concierto había una muchacha que salía con Tyrone Downey, el tecladista de The Wailers, mientras estaba en Estados Unidos, y salía conmigo cuando estaba en Londres (había free love). Ella lo trajo un día a un concierto de nosotros y el tipo se montó a tocar. Luego me dijo a mí que me fuera con él a grabar un disco al día siguiente. Entonces le hablé de mi hermano, de mi conguero y de mi pianista, y me dijo: “Tráemelos, pues”.

Terminó siendo mi grupo completo, Spiteri, con él como líder. Estaba también el saxofonista y flautista de Traffic, Chris Wood. Los discos que hicimos no salieron nunca, porque las compañías decidieron que lo que querían grabar era puro punk. Los grupos de jazz rock como el nuestro costaban mucho dinero, en cambio a uno de punk no tenían ni que darle adelanto. Firmaban gente que salía barata y que no tenían que saber tocar. Muchos se frustraron porque no podían tocar bien y se metieron de cabeza en las drogas. Otros evolucionaron y empezaron a tocar cada vez mejor. Eso fue como en el 76.

Love

—Ilan [Chester] me llamó un día para que fuera al Hotel Tamanaco, y cuando llegué a su habitación me dijo: ‘Te sientas y te callas. Escucha esta vaina’. Y me puso todo el disco Love. Eso te habla de la magia que siente uno en Los Beatles. Después tuve la suerte de llevarle ese disco a mi hermano al hospital cuando estaba más grave. Se lo puse y eso hizo que mejorara y hasta pudo salir del hospital por unos días.

–¿Crees que vuelva a ocurrir un fenómeno como el de los Beatles?
—Creo que sí, tengo mucha fe en eso y en el mundo. Porque, así como vuelven los Stalin y los Hitler y los Bush, volverán los Beatles. El papá de una novia que yo tenía me decía que el fenómeno Beatle viene, a lo mejor no en habla inglesa, sino española o india, pero viene. Todo es pendular.

Venezuela y el rock

—Nosotros queríamos lograr el éxito para demostrar que todos los venezolanos tenemos el talento, pero que había que ir a buscarlo. Porque en Venezuela el mercado de rock siempre ha sido mínimo. Primero está el mercado folclórico, después la cumbia, el hip-hop, los merengues, la salsa, el vallenato, el reggaetón, los boleros, las baladas, y por último está el rock. Quizá porque todavía se considera un género extranjero. Pero tocar rock en Venezuela es como tocar vals, ¿no?, que es de Viena. Entonces, ¿por qué el vals sí se toma como algo venezolano y el rock no? Eso que se lo pregunten a alguien de esos que hacen las leyes. Es importante que el rock se promueva y que se considere venezolano también, porque es un género que ya es universal.