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La mirada de Balzac y las manos de Rodin en Caracas

El Balzac de Rodin que por años se exhibió en el Ateneo de Caracas ya no está. En su lugar hay un mural de mala factura y peor contenido / Por Mariana Silva

Las últimas semanas nos han obligado a cambiar nuestros hábitos y rutinas. La permanencia en el hogar ha sido dura, y ni hablar de las consecuencias económicas, sociales y psicológicas que vendrán en el mediano y largo plazos.
Sin embargo, las circunstancias han dejado al descubierto que el arte salva. Esas carreras vilipendiadas, subestimadas y pocos deseadas por los padres para sus hijos, han hecho más humano y llevadero el encierro y las malas noticias. El caso de Auguste Rodin y su escultura de Balzac son muestra de ello.

La música, el arte, la poesía, la danza y la fotografía son un medio catalizador y revelador del lado sublime y creativo del hombre en sus peores momentos.

Recuerdo cuando al artista americano Richard Hambleton («Shadowman») le preguntaron en una de sus más fuertes entrevistas, por qué había dejado atrás las siluetas y sombras que lo llevaron a la palestra, las cuales se escondían por las calles de Nueva York, para adentrarse en paisajes de tonos pasteles, de rara belleza y tan alejados de su estética característica. En ese momento el artista vivía en una gasolinera abandonada, prisionero de una profunda adicción a las drogas, sin salud, sin dinero, sin amigos, sin nada.

Su respuesta fue contundente: “Ya mi vida es atroz, horrorosa y triste, así que tengo que pintar belleza».

Elevación de los sentidos

Buscando hacer más corto el día, alguien que ha expandido mi mundo en las artes y que sabe de los oficios de la contemplación me dice: “Grabé un documental de Rodin para que lo veamos juntos. El tiempo pasó volando. Los 90 minutos fueron un aliento cálido. La sensación de adentrarnos en el taller de un artista, así sea a través de una pantalla, es la elevación finita de los sentidos, es algo onírico desde la razón».

Al volver del viaje, es decir a las cuatro paredes que me contienen, un recuerdo me avasalla, me golpea, pero no me duele. Tendría yo unos 10 años. En una mano, un algodón de azúcar, y en la otra, la mano fuerte de mi papá sujetándome. Salíamos del Museo de Bellas Artes e íbamos al teatro Teresa Carreño. De pronto, nos detuvimos en los espacios del Ateneo frente a una figura de bronce. Subí la mirada: estaba en un pedestal y encuentro un hombre envuelto en una capa, mirando al infinito. Transmitía una lucidez inquebrantable. Recuerdo especialmente su pelo, sus cejas, su bigote.

Un Rodin en Caracas

Una voz taciturna interrumpió y dijo: “Míralo bien, hija, si quieres baila alrededor de él: Es Honoré de Balzac en las manos de Rodin. Nunca olvides que acá en Caracas tenemos un Rodin».

Un aliento fuerte es la antesala a la frase que sale de mí, diciendo: “Noel, en Caracas hay un Balzac». Él dice no recordarlo, entonces la duda hace su trabajo y cavilo, cavilo hasta que es ineludible e irrefutable ese recuerdo.
Indagando un poco, consigo que el Monumento a Balzac es una escultura en memoria del novelista francés Honoré de Balzac, obra del maestro Auguste Rodin, hecha por encargo de la Societé de Des Gens de Lettres en 1891.

El artista Rodin lo creó como un personaje, más que una efigie, lo cual hizo que en su exposición en el Salón de Campo de Marte resultara rechazada por no tener la similitud esperada.

El 2 de julio de 1939 (22 años después de la muerte de Rodin), el modelo se fundió en bronce y se colocó en el Boulevard de Montparnase. Se hicieron varias copias de una sola edición, las cuales se encuentran en el Museo de la Escultura Middelheim Open Air, el Museo Norton, el Museo de Rodin en Filadelfia, el MoMa, el Museo Guggenheim de Nueva York…y los espacios abiertos del Ateneo de Caracas.

El Balzac que ya no está

En mis últimas visitas a los museos, pues me niego a abandonarlos, como han hechos muchos con el pretexto ridículo de que son entes rojos (en vez de entender que son víctimas de ellos), no recuerdo haber visto a Balzac. En su lugar hay un vulgar mural, de muy mala factura y peor contenido…

Este texto no busca indagar, investigar ni culpar adónde se llevaron a Balzac, quiénes nos quitaron a Rodin. En algún momento lo sabremos. El tiempo pone todo en su lugar; pero con que un lector recuerde que su paso por la plaza de los museos y los espacios del Ateneo fue acompañado por la presencia de Balzac, es suficiente para mí.

Imaginen ustedes que los caraqueños teníamos el honor de rondar bailando, como lo hacía Modigliani en París, al Balzac inmortalizado por Rodin. Solo de pensar que yo pude hacerlo me lleno de dicha y, lejos de añorar un pasado, me obliga a creer y hacer desde mi pequeño escenario lo posible para que mis hijos y los suyos dancen y rían ante otra gran pieza de otro gran artista, o quizá ante el mismo Rodin, cuando se diluya esta devastadora peste que padecemos los venezolanos desde hace más de 20 años, y que de alguna manera nos aisló de nuestra propia vida, como lo hace en estos momentos el Covid-19.