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Los 5 juguetes preferidos por Mario Calderón

De su colección de 300 piezas que hasta este domingo expone el Centro Cultural BOD, el juguetero hizo una minuciosa selección y contó la historia de cada una. En el relato aparecieron las conexiones emotivas, sus sufrimientos como coleccionista y los momentos cumbres como creador.

Los 5 juguetes preferidos por Mario Calderón

Estaba trabajando en una pieza de juguete en su casa-taller de Milla, en Mérida, cuando el desafío se le planteó mediante una llamada telefónica, desde Caracas:

«Si de la colección de 300 piezas que expone en el Centro Cultural BOD tuviera que escoger sus cinco juguetes preferidos, ¿cuáles seleccionaría?». «Nunca había hecho este ejercicio –dijo el maestro juguetero-. Dame una hora para terminar una pieza y voy pensando».

A la hora citada, tenía la exclusiva lista en la cabeza. Muchas piezas las añoró, las persiguió, algunas las lloró y las debió pelear en subastas. La argumentación de las razones de la escogencia fue un maravilloso relato en el que hay historias de amor, los goce y sufrimientos de un coleccionista, pero también los momentos cumbres del creador: con sus fases de descubrimiento, formación e innovación.

La exposición Casa del Juguete. Colección Mario Calderón estará abierta hasta este domingo, 30 de agosto, en el Centro Cultural BOD, en La Castellana, Caracas.

He aquí los preferidos:

1. Los soldaditos.

Allí comenzó la historia. En la Quincallería Ostos, de Elisa Ostos, en Rubio, los reencontró y dice que le hicieron cambiar el rumbo. Estudiaba para entonces octavo semestre de Medicina y ya hacía música.

«Esa tienda era un lugar increíble, donde el mundo parecía haberse detenido. Había juguetes antiguos que ella compraba en el extranjero», describe.

Calderón había ido a San Cristóbal a hacer un recital en el núcleo de la Universidad de Los Andes y tenía pendiente de ir a ese lugar, por recomendación de una profesora amiga. Apenas tenía en la biblioteca de su casa, en Mérida, cerca de 12 juguetes de su infancia, algunos de hojalata, que se había llevado en la maleta, desde Caracas.

«Fui con mi pareja de entonces, Pilar Cabrera. La quincalla era una mina de juguetes, desordenadísima, pero había de todo, porque Elisa enamoraba a los vendedores y lograba que le mandaran juguetes desde distintos lugares del mundo.
Esos cadeticos de plástico fue lo primero que vi en la tienda y en ese momento se me volteó la vida. Eran los mismos con los que había jugado por última vez de niño. Movían el brazo en el que cargaban el fusil. Fue un retorno a la infancia, acordarme del Mario que había sido.
Enseguida me vinieron a la mente los dos paqueticos de soldaditos que había comprado, de real y medio cada uno, el día que había empezado a estudiar primer año de bachillerato. Los abrí y jugué con ellos lanzándole unas metras en el patio de mi casa. Pero ese día me dije: ‘Mario, ya estás grande. No juegues más con esto’. Me acordé en Rubio de eso, clarito».

En esa tienda compró otros juguetes de hojalata y dice que casi se vuelve loco escogiendo entre tantas piezas. Al lugar volvió, muchas veces, cada vez que acumulaba dinero, para enriquecer su colección. Allí comenzó la ambición devoradora por querer tenerlos todos.
De tanto viajar a la tienda de Rubio hizo una gran amistad con Elisa Ostos y en uno de esos periplos fue cuando Pilar le planteó que fabricaran juguetes de madera. «Hicimos unos primeros diseños de juguetes que gustaron y ese fue el primer intento. Ella vio el potencial que yo tenía», contó.

Pero Pilar murió en un accidente de tránsito, en 1989, mientras Mario Calderón hacía un largo viaje por el Sur de América. Él se enteró meses después, por las dificultades de conexión que había entonces, y cuando regresó abruptamente a Mérida, en medio de la depresión, decidió dejar la medicina y la música. “En ese instante empecé a construir ese Mario Calderón, fabricante de juguetes, que soy hoy».

Después, vino mucho trabajo como constructor de estas piezas lúdicas, búsquedas, libros, formación en el oficio, visitas a anticuarios. Así llegó el reconocimiento por su obra, y entre el año 1999 y 2000, comenzó a tener exposiciones, inclusive, en el exterior. Es cuando viaja a Miami que la historia de los soldaditos continúa.

«Allí conozco al coleccionista Ramón Rivero, quien me regala unos soldaditos de plomo -relató-. Cuando los destapé, descubro que se trataba de unos cadeticos de la casa inglesa W Britain, que habían sido fabricados en 1955 (el año en que nací) y eran los moldes originales con los que hicieron los soldados de plástico con los cuales yo había jugado la última vez, de niño. Estos eran siete cadetes de la Academia Militar de Venezuela. Este grupo de soldados de plomo y los dos de plástico que hallé en la tienda de Rubio son los que están en la exposición».

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Los soldaditos de la Academia Militar de Venezuela. Foto de Alejandro Cremades

2. Las máquinas de coser

En plural porque tiene una colección de más de 20. Solo en su casa quedaron 13 que no fueron llevadas a Caracas. Tiene de distintos países (Alemania, Argentina, Estados Unidos, Inglaterra, Italia); de varios materiales (hojalata, plástico, hierro y madera); mecanismos, colores, diseños y casas de fabricación.

“Para mí ver una máquina de coser es ver a mi mamá cosiendo. Ella trabajó muchos años cosiendo en la peletería Alaska, que quedaba al lado del Cine Ávila, en el centro de Caracas. Luego siguió cosiendo en la casa. Era una gran costurera y me enseñó a coser”.

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Foto de Alejandro Cremades

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Foto Alejandro Cremades

3. El Li-La

Es un cocherito de la casa alemana Lehman, que manejaba a lo loco y llevaba dos hermanas desagradadas por los movimientos repentinos del coche, una cuyo nombre empezaba por Li, y otra, que llevaba un paraguas, empezaba por La. Lo vio por primera vez en el libro “Antique & Collectible Toys”, que le regaló una suegra estadounidense que tuvo. Enseguida tuvo conexión con la pieza.

“Hojear ese libro por primera vez fue un disparo al corazón, porque hasta ese día mi mundo de los juguetes era el de la tienda de Rubio y de otras en Venezuela. Allí descubrí que había muchísimas piezas más, que era historia que no me pertenecía, muy anterior a lo que había visto y lejos de mí. En ese momento, los creí inalcanzables, porque no viajaba ni cobraba en dólares. Tampoco había Internet”.

Calderón cuenta que, sin embargo, lo que vio en el libro también lo hizo concentrarse en el hacedor que se estaba construyendo, aunque para ese momento no tenía conciencia de que era un coleccionista.

“Me dediqué, en mi taller, a inventar, a emular, a tratar de imaginar los mecanismos de juguetes que había en el libro”. Unió este aprendizaje con el conocimiento adquirido como músico e investigador de las tradiciones y a partir de allí elaboró piezas alusivas a las fiestas del folclore venezolano, como la de los Diablos Danzantes de Yare, que también está en la exposición del Centro Cultural BOD y que mereció premios.

La búsqueda del Li-La le llevó 25 años. Una vez la vio en un anticuario en Nueva York, pero no la pudo comprar porque no tenía el dinero. “Después de muchas exposiciones y visitas a anticuarios, volví a encontrarlo en la tienda neoyorquina Second Childhood, del señor Van Dexter, un personaje interesantísimo con el que hice una gran amistad. Qué felicidad sentí cuando lo hallé. Creí que había completado mi colección. Tenía un desperfecto y eso me permitió comprarlo por un precio menor al de su valor. Pero igual fue costoso. Lo restauramos en mi taller y luego le daba cuerda y se lo ensenaba a todo el que venía a la casa”, narró.

Esto fue hace cuatro años. En esa oportunidad, ya tenía una gran colección, por lo que paró de comprar. “Creí que ya era el fin. Pero no fue así”, confesó.

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Tardó 25 años en hallar en comprar el Li-La. Foto de Alejandro Cremades

4. Los faquires.

Hace como 30 anos, tomándose unos tragos con el pintor y amigo Francisco Itriago, este le pregunta si siendo niño no llegó a jugar con un faquir al que se le atravesaba una espada en el cuerpo y quedaba intacto. “Nunca lo vi y por eso desconfié de Francisco. Pensé que los tragos habían hecho su efecto y que estaba elucubrando”.

Diez años después, entró a la tienda “Soberbia”, en la esquina de Perico, en la avenida Universidad de Caracas, y vio el faquir en la vidriera.
“Era tal cual como me lo describió Francisco, con su espadita. Pedí que me lo mostraran y la espada atravesaba el cuerpo y quedaba intacto. El mecanismo emulaba como un acto de magia. Era una pieza japonesa de los años 50. Lo compré y llamé a Francisco. ‘Conseguí el faquir’, le dije. Y así, se lo mostré a él y a todo el que venía a la casa”.

Hasta que un día, lo tenía exhibido en una pequeña galería que montó en un rincón de una tienda que abrió en Milla, Mérida, y una niña lo rompió al manipularlo.

“Yo sí lloré esa pieza. Era muy difícil de conseguir, porque los japoneses no le ponían marcas a los juguetes para evadir el pago de impuestos. Guardé el mecanismo y también lo perdí en una mudanza. Así estuve buscándolo mucho tiempo. Compraba otros juguetes. Y nada. Un día, revisando la página web de E-bay, me aparece en la sección de ‘New list’, es decir, que lo acababan de exhibir. Sentí cómo la sangre me pasaba por las venas. Me iba volviendo loco, porque, además, el faquir tenía una compañera con el mismo mecanismo. Llamé a mi amigo Igor Manrique, quien vive en Estados Unidos y me hace estas compras por Internet, y le pedí que lo comprara. Me dijo que al llegar a casa lo haría. Al rato, volví a entrar a la web y en la pieza decía ‘Sold’ (vendido). Esa fue otra muerte. Llamé a Igor y le conté, me dijo que eso pasaba en esa sección de New List, porque eran objetos apetecidos. Cuando le describí lo que estaba sintiendo, que me iba a dar algo, fue cuando me dijo: “Tranquilo, fui yo quien lo compré”.

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En la muestra están el faquir dañado (el de pantalón verde) y la pareja nueva. Foto tomada de la fanpage de Mario Calderón.

5. Tres piezas perdidas: El Elefante, El trapecista y El Payaso en el aro

Cuando Pilar Cabrera, su gran amor, falleció en el accidente de tránsito, en 1989, Mario Calderón volvió a Mérida. Ya habían pasado varios meses. Recibió de manos de amigos una caja en la que estaban sus pertenencias, las que había dejado en la casa de ella: libros, discos y juguetes.

El dolor era tan grande, que no fue sino meses después cuando abrió la caja para ver los juguetes. Los fue colocando uno a uno. “En ese momento, me acordé de un juego que hacíamos Pilar y yo, con frecuencia. Nosotros acumulamos tantos juguetes comprados en Rubio durante un año que los colocamos en un cuarto. Entonces, yo le decía que saldría de la habitación, para que ella le diera cuerda a todas las piezas con mecanismos y a las cajas de música, que apagara la luz y que me avisara para ingresar de nuevo. Aquello era como entrar a otro mundo. Esa cantidad de juguetes moviéndose, las melodías de las cajas mezcladas formando otra música. Al reencontrarme con esa escena, evoqué juguetes que paraban antes y me di cuenta de que faltaban estas tres piezas: el elefante, por ejemplo, porque recordaba que era más lento, el trapecista y el payaso en el aro”.

Al elefante lo consiguió ocho meses antes de hallar el Li-La, en una subasta difícil que se hizo por una página web de Estados Unidos, igualito al que había comprado en Rubio. . “No lo puedes perder dos veces, me dijo Bertha Rojas, una pintora del taller. Pero lo logré comprar”.

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“Estamos felices. Ella, nuestra querida pieza, regresó a la casa”, colocó con la foto en su página de Facebook cuando la obtuvo. Foto tomada de la fanpage Juguetes del Pilar por Mario Calderón

 

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El Trapecista lo reencontró en su propia caja. Foto de Alejandro Cremades

All Payaso en el Aro lo compró en la web de un anticuario en Estados Unidos, hace un año, pero no fue sino hace tres semanas que le llegó a Mérida.  Por eso, este último no podrá ser visto en la muestra de Caracas, pero sí en la Casa del Juguete en Mérida.

 

 

 

 

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