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Diego Maradona: ¿recordamos al artista o al chavista?

Falleció Diego Armando Maradona y su muerte trajo consigo una discusión especial para los venezolanos. Después de Argentina e Italia, probablemente sea en Venezuela donde más se hable de un futbolista que fue comparado con Dios, pero que era tan humano como cualquiera

Diego Maradona: ¿recordamos al artista o al chavista?

El trato era tácito. O yo lo despertaba o lo hacía él. Porque era pecado perdernos los partidos del Nápoli, ese equipito que lideraba Maradona y que luego se hizo grande, muy grande. El Pelusa entraba a nuestra casa por el canal 8, cuando era de todos los venezolanos. ¿Ya va a empezar? gritaba alguno. Y nos metíamos en el cuarto de mi papá, muchas veces sin permiso, porque solo había un televisor de los culones, de esos que terminaban con un gancho como antena.

El canal 8 era nuestro ESPN. Gracias a él también conocimos a Careca y Alemao. Mentiría si aseguro que era un devoto de los partidos televisados. Me gustaba ver a Maradona no porque supiera mucho de fútbol, al final tenía 12 años y lo importante era jugar. Lo mío, lo confieso, era puro interés de otro tenor. Si Nápoli ganaba, lo que seguía era una visita obligada al Parque del Este.

Luego todo cambió. Llegaron los años de excesos de Maradona, el declive y el fin natural del romance. Sin embargo, heredé, por el «10», el amor a Boca Juniors y la curiosidad por Argentina.

Mi primer viaje a Buenos Aires, en el 2000, coincidió con el lanzamiento de su única biografía autorizada: Yo soy el Diego. El futbolista prometió contarlo todo. Lo hizo a medias. Si había un paso en falso, era porque alguien lo quería así, por una conspiración o un cruce del destino. «En tres años pasé de Fiorito a las revistas, a la tele a los reportajes», advertía Maradona como prueba y salvoconducto de sus desatinos.

Fiorito es Villa Fiorito, uno de los barrios más humildes al sur de Gran Buenos Aires. «Si debo definir con una sola palabra a Villa Fiorito, digo lucha”, decía Maradona también en su biografía, una sentencia que lo une con su gran amigo, Hugo Chávez. Al mandatario le encantaba contar que desde niño tuvo que meterle pecho a la vida en Sabaneta de Barinas y por eso vendía «arañitas» (pequeños dulces).

«Se fue El Diego«, me escribe por WhatsApp una de las hermosas amistades que cultivé de ese viaje a Argentina. Porteña de pura cepa. Me contactó con la música de Rodrigo («Maradó, Maradó»…) y me regaló mi primera camisa de Boca. «El Diego», le dicen allá. No Maradona. Porque es El Diego de la gente. Tristísimo le respondo. Ella no tiene la más mínima idea de que los venezolanos que adversamos al chavismo terminamos asociando cada vez más a Maradona con la dictadura venezolana, como si él fuera un embajador del militar que fue elegido con votos.

«Me duele en el alma de futbolista por el fallecimiento de un genio del fútbol, Diego Armando Maradoooona, pero descansa en paz su alma atormentada por su vida revoltosa. QEPD Diego Maradona genio y figura hasta la sepultura», me dice el técnico que más ha cultivado el amor por el balón en la Vinotinto, Richard Páez.

La periodista Carla Angola, me pide que hable para su programa en Miami del Maradona deportista porque ella no puede separarlo del político. Le respondo que no se debe separar. No es necesario. Debemos aceptar que los modelos sociales, no existen en ninguna área. Nuestros hijos no son mejores o peores porque vean un partido del Pelusa o se enteren de que era un adicto y un alcahuete de Nicolás Maduro. Si les enseñamos el gol del 86, les recordaremos por qué en ese momento fue una locura, por qué se dijo que fue una revancha por la guerra con las Malvinas y por qué desde entonces algunos le llamaron «Barrilete cósmico». Si le mostramos sus tartamudeos, el ehhh-ehhh, que le acompañó hasta los últimos días, podremos conversar sobre los peligros de los excesos.

Daniel Arcucci, uno de los periodistas que más siguió de cerca la carrera de Maradona, en su cumbre y decadencia, dijo este 25 de noviembre en un programa de ESPN: «Cuando Diego estaba en la selección iba a donde cada jugador y le decía: tú eres el mejor». Y agregó: «Nunca fue de ir aparte y comentar cosas de otro jugador a sus espaldas. Se lo decía de frente, nunca a los periodistas». ¿Eso en qué lo convierte? ¿En un buen capitán, pero un humano perverso?

En más de 20 años como periodista, vi cosas insólitas. Alcohol y drogas en camerinos y dugouts; concentraciones a las que entraban mujeres; peloteros que buscaban a periodistas con bates; técnicos que golpeaban a atletas; atletas que golpeaban a técnicos. Estrellas que no querían dar entrevistas a mujeres. Recuerdo especialmente una investigación que hice para un reportaje sobre Andrés Galarraga. Me encontré con que muchos habitantes de Chapellín sentían que, en esa época (finales de los 90), el ídolo estaba en deuda con la comunidad. Esperaban que metiera dinero en la infraestructura del barrio.

Todos terminamos un poco hartos de Maradona, es cierto. Sobre todo los que no comulgamos con su ideología. El odio, sin embargo, creo que va más allá de su militancia chavista. El odio es porque fue contracultural, choca con lo que nos han enseñado en las escuelas: que debemos portarnos bien para llegar lejos; una de las tantas reducciones que nos hacen sentir seguros. Pero la vida no funciona así. De lo contrario, Donald Trump no habría llegado a la presidencia.

«Aquellos que arrugan el rostro pensando en el último Maradona, con dificultades para caminar, problemas para vocalizar, abrazando a Maduro y haciendo de su vida lo que le daba la gana, harán bien en abandonar esta despedida que abrazará al genio y absolverá al hombre. No van a encontrar un solo reproche, porque el futbolista no tenía defectos y el hombre fue una víctima. ¿De quién? De mí o de usted, por ejemplo, que seguramente en algún momento lo elogiamos sin piedad…», escribió Jorge Valdano en su emotiva despedida.

Si yo fuera Maradona
Viviría como él
Mil cohetes, mil amigos
Y lo que venga a mil por cien
Si yo fuera Maradona
Saldría en mondovision
Para gritarle a la FIFA
Que ellos son el gran ladrón!

Cantó Manu Chao.

«En el mundo –para todos los que no son vecinos o europeos con parientes o tercermundistas más o menos cultos–, la Argentina somos él. Digo: para miles de millones de personas somos él. Es un destino. Supongo que podría ser mejor. Y podría ser, también, mucho peor. Era un modelo complicado: peleador, simpático, quejoso, drogón, desaforado, ingenioso, creído, ilimitado, machista, popular, oportunista, cálido, cursi, inteligente», reflexionó sobre el jugador su compatriota Martín Caparrós.

Antes que Chávez, Fidel Castro fue el mejor amigo de Maradona. Curiosamente, también el líder cubano fue una referencia para Gabriel García Márquez. Hoy en día, uno de los festivales que más propicia la defensa de la libertad de expresión es el Festival que lleva el nombre del escritor colombiano. Así de complejo es este mundo. Que otros solo lo vean como un enfrentamiento entre buenos y malos, explica el boom de la cultura de la cancelación.

La cultura de la cancelación, que ha conseguido un peligroso impulso desde las redes sociales, se basa en la idea de que que el artista, como escribe el periodista colombo-venezolano Sinar Alvarado, debe «ser recatado, abstemio, monógamo; un ejemplo moral sin pecados ideológicos. En resumen, un santo».

Y digo artista porque eso fue Maradona con el balón. Eso no tiene objeción, independientemente de que el jugador no represente los valores que nos enseñaron. Es más, en infinitas entrevistas, el futbolista recalcó que no se siente ejemplo de nada ni lo quería ser. Yo no separo al Diego jugador del político, ni a la estrella deportiva del adicto. Fue todo eso y más. Un ser humano con un talento excepcional, al que se le llamó Dios, pero cuya vida y destino resume la complejidad de nuestra existencia.

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