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Opinión | El poder o el país

La desazón y la angustia que invade a la mayoría de los venezolanos en los últimos meses ha aumentado, las causas son las de siempre. Es aquello que el Dr. Manuel Barroso denominó “locus de control externo”; siempre buscamos la razón de lo malo que nos sucede en otras personas, sin descartar que, además, siempre esperamos que sea otro quien venga a resolvernos nuestros problemas.

Opinión | El poder o el país

Nuestros dramas y nuestras esperanzas, siempre están en manos de otro. Pareciera ser que a los venezolanos aún nos falta por desarrollar nuestra ciudadanía individual, y nos pensamos más como un colectivo inerme; aprendimos a votar, a protestar y a ser libres, pero aún debemos fortalecernos en nuestro ámbito individual como agentes de cambio, como personas con responsabilidades con el entorno, con la comunidad y con el país.

Tal vez ahora aprendamos que es fundamental para nuestra existencia como sociedad, defender la democracia desde nuestro propio entorno. Las últimas generaciones, hemos tenido la suerte de contrastar las libertades democráticas y los horrores del autoritarismo en la peor de sus expresiones; ahora las valoraremos más y mejor.

Cuánto hubieran dado las viejas generaciones por ver al pueblo venezolano, que en medio de todos los sufrimientos, humillaciones y del éxodo en busca de la libertad, sigue en pie de lucha y decididamente opuesto a que en Venezuela se imponga el oscurantismo totalitario y comunista.

La lucha política por la democracia está llena de vaivenes; en la dinámica pareciera que hay ciclos de desánimo y euforia. Hace prácticamente un año, el desánimo invadía a mucha gente y la estampida nacional estaba en pleno apogeo. ¿Y cuál era el origen del desánimo? Sentarse a escuchar a la gente sin interrumpirlos y con sincera intención de ponerse en los zapatos del otro y empatizar, es una herramienta clave para comprender lo que sucede.

Si bien la gente no está al tanto de los intríngulis de la política pequeña, el común de la gente percibía que ellos no eran el centro del debate, sino que lo que predomina es el juego político de ver quién se toma la foto de primero o primera a la hora del inevitable cambio. La gente siente que, si para las cúpulas políticas eso es lo importante, y no dedicarse a escuchar el padecer de los venezolanos, pues poco tiene que hacer la gente común en ese juego.

Sin embargo, la esperanza renació y apareció el esperado outsider; apareció Juan Guaidó, el cisne negro; una paradoja en sí misma, pues si bien nadie sabía qué iba a pasar, muchos esperaban que algo pasara, y pasó y despertó nuevamente la emoción de la gente.

¿Y por qué Juan Guaidó despertó tanto entusiasmo desde los primeros meses de 2019?  Pues porque fue percibido como factor cambio y no como otro más al que solo le interesa el poder. Era una figura nueva, un joven humilde, del interior del país y que solo por su aspecto, además de su lenguaje llano y directo, logró conectar con el común de la gente.

Al igual que otros líderes en el pasado, asumió personalmente el reto de definir una ruta para conducir a Venezuela nuevamente hacia la democracia.

Paradójicamente, entre la emoción de tener un nuevo líder que estaba fuera del juego de las cúpulas de poder, el apoyo de 50 países y los amagues de una invasión extranjera, nuevamente nos sentamos a esperar que las cosas sucedieran por sí solas y la presión de la movilización nacional no continuó.

A lo anterior se une que, a las pocas semanas, la confusa operación pseudo militar del 30 de abril, solo tuvo un resultado: confusión y frustración. Sin duda un lamentable evento que seguramente reavivó las diferencias internas como producto del juego de los egos y las competencias propias de la política. No hubo respuestas claras para el común de la gente y esto se prestó a todo tipo de especulaciones, nuevamente la discusión de los temas vitales de la gente común y de quienes seguían abandonando el país, quedó relegada a un segundo plano.

La misma presión internacional trajo consigo un nuevo proceso de negociación, necesario en este tipo de conflictos, donde Venezuela ya pasó de ser un problema local a una pieza de la geopolítica internacional.

De manera exprofeso o no, este proceso trajo consigo la señal de que todos debíamos esperar por los resultados positivos del proceso. Un nuevo meta mensaje de paralización de la acción colectiva, con la esperanza de que nuestros negociadores tuvieran éxito en el proceso.

A pesar del excelente desempeño del equipo y de haber puesto sobre la mesa una clara propuesta para echar adelante una salida negociada hacia unas elecciones libres y transparentes, el régimen nuevamente huyó de la mesa.

Para mucha gente esto fue otra señal de frustración, pues las expectativas no se manejaron bien o la inacción colectiva contribuyó a ese sentimiento. Son situaciones propias del juego político en el que Juan Guaidó ha sabido manejarse con mucha inteligencia, valentía y prudencia.

La angustia y la incertidumbre que actualmente invade a los venezolanos, nos pone de nuevo el reto en nuestras manos, en las manos de cada ciudadano y de cada sector o institución; no será solo un líder, quien logre el cese de la usurpación, ya bastante lo ha repetido Juan Guaidó.

Lo que todavía no está claro para la gente común y para los diferentes sectores del país es saber qué es lo que prevalece en el juego de la política nacional, si la carrera por aparecer de primero en la foto final o la lucha por conformar una gran unión nacional, alrededor de una gran idea fuerza que integre definitivamente a todos los factores de presión social para generar esa gran movilización ciudadana, que dé al traste con la era del oscurantismo que somete a Venezuela.

Más que pensar en el poder, vamos a pensar en el país.

Opinión | El asesinato de Pipo… o lo que la gente siente

Los líderes son intérpretes de lo que siente la gente; esa es la creencia, el deber ser, o al menos lo que muchos suponemos. No es nada nuevo decir que la acción política no es sino el contacto y la compenetración con la gente. Especialmente con los más humildes, con todos aquellos que por cualquier razón se hacen vulnerables, se quedan rezagados o no tienen los medios o la capacidad para ser escuchados, como también lo son otros sectores de la sociedad con mayor capacidad de desarrollo y presencia.