Opinión

El fichaje de Tareck

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Creo en la sorpresa de quienes nunca han paseado sus narices por el fútbol venezolano. Es surrealista, pero ¿qué parte de nuestro país no lo es? Que un gobernador goce de los derechos que acumula un profesional después de someterse a una intensa pretemporada y mantener los registros en los entrenamientos diarios, es una radiografía del país: el poder lo disculpa; el cielo es el límite.

Tareck El Aissami puede jugar en primera división porque el ministroAntonio Álvarez también puede, aunque en otra disciplina: el beisbol (casualmente con un equipo de la misma zona: los Tigres de Aragua). Y como también pudo Alejandra Benítez, en la selección de sable. ¿Qué importa el conflicto de intereses si ellos ponen la plata de la actividad? Al final eso les enseñó su “padre” Hugo Chávez. El socialismo es la cuna de los sueños que se hacen realidad, como lanzar la primera bola de un juego en el Shea Stadium, cuna de los Mets de Nueva York.

Lo que no me creo es la indignación de quienes cubren el fútbol nacional.Desde hace tiempo se conocen las desproporciones que han hundido al fútbol venezolano, todo patrocinado desde la Federación Venezolana de Fútbol (y la que aprueba, claro, la ficha de Tareck). Sin el apoyo de las gobernaciones y alcaldías, no habría primera división. La ampliación de participantes ha aumentado esa dependencia. Se copia lo malo. Así como el Estado acumula una burocracia que lo carcome, en su constante redención de los más necesitados -lo que paradójicamete aumenta la pobreza y propicia la corrupción- el balompié criollo ha incrementado la servidumbre. De esa manera aparecen capitales fantasmas que ilusionan por temporadas esporádicas a los inocentes fanáticos. Recientemente, Maracaibo (UAM) y Lara (CD Lara) lo han sufrido.

Entonces, lo del gobernador-jugador es una consecuencia, también, del silencio. De quienes creen que cubrir una actividad deportiva es solo reseñar un resultado. De quienes se asumen como redentores al decir: “podrá ser el peor, pero es NUESTRO fútbol”. El tiempo ha terminado de darle la razón a Cheché Vidal. Había que dejar que el balompié nacional muriera para que el cambio fuera radical. Hoy es un paciente que respira por ventilación mecánica.

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