Opinión

Viendo en un espejo la cara de Rafael Esquivel

En ocasiones, por viajes de trabajo que no he pagado yo, me ha tocado quedarme solo en habitaciones de hoteles cinco estrellas, lo que he aprovechado para cometer lo que yo llamo pequeños placeres inocentes: estar metido tres horas en una bañera con agua caliente y espuma y luego echarme mojado en la cama King Size; ponerme la bata de baño blanca con lacito amarrado y sin más nada abajo, como en las películas; preparar pan tostado con la plancha para la ropa y regar las migajitas en las sábanas; poner el cartelito de “no disturb” justo cuando uno escucha a la muchacha de limpieza en el pasillo. Etcétera.

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No tengo ni la menor idea de cuáles pueden ser los pequeños placeres inocentes de Rafael Esquivel en una habitación del hotel Baur Aur Lac con vista al lago Zúrich. Me han pedido un ejercicio dificilísimo: imaginar que haría yo hoy si fuera el presidente de la Federación Venezolana de Fútbol, un señor ya mayor, seguro con algunos problemas de salud, interrumpido su reposo de cinco estrellas, detenido por la caballerosa policía suiza, acusado por la fiscalía de Estados Unidos de estar involucrado en un fraude por más de 150 millones de dólares y que podría implicar un total de 47 cargos de soborno, chantaje, fraude y conspiración para el blanqueo de dinero. No me concibo a mí mismo con pelo facial y con casi 70 años. Muchos decimos que preferimos vivir una vida corta, digna e intensa (Esquivel se ha asegurado al menos una de esas tres categorías en su edad dorada), aunque el tiempo nos enseña que raramente esa decisión está en nuestras manos.

El bombazo de hoy en la mañana cae como un regalo soñado toda una vida para los que no hemos conocido una FVF pensada con un criterio que vaya más allá de lealtades medievales. Cuando una noticia es demasiado redonda, mi primera reacción es la cautela. Existe algo que se llama presunción de inocencia y derecho a la defensa. Soy demasiado flojo para la investigación, no manejo papeles clasificados comprometedores y nunca he sido uno de esos admirables periodistas que han destapado y denunciado posibles guisos como el del Centro de Alto Rendimiento. No voy a caerle a mentiras con un “siempre lo supe”. Lo único que puedo asegurar es que, como dice la canción de Desorden Público, el poder emborracha. Y Esquivel ha tenido poder prácticamente absoluto en el fútbol venezolano desde hace casi tres décadas.

Por poner un ejemplo mínimo e insignificante que viví en carne propia, la FVF de la era Esquivel jamás desarrolló un sistema automatizado para llevar un registro histórico de los partidos profesionales que se disputan en el país. Su presidente premió la mediocridad. Evitó conceder entrevistas a periodistas que no fueran complacientes.

Es fácil decirlo desde la boca del pobre, pero en la vida hay cosas más importantes que tener dinero o apegarse infinitamente a una posición de autoridad. Todavía lo creo.

¿Qué haría yo si amaneciera y viera en el espejo la cara de Esquivel?

Aquí se abre un abanico de posibilidades:

1. El clásico “a mí que me investiguen”, “doy mi palabra de hombre de mi inocencia” y “esto es una componenda”.

2. Escribir un libro contándolo todo o dar una entrevista de dos horas a calzón quitao tipo Lance Armstrong en un canal de televisión de esos que ya no existen en Venezuela, y que caiga quien caiga.

3. Renunciar inmediatamente a la presidencia de la FVF, algo que debí haber hecho hace siglos, para no perturbar todavía más la preparación de los jugadores de la Vinotinto, que se disponen a intervenir en un torneo importante y se han enterado hoy de que el jefe de su empresa aparece en las noticias de todo el mundo como un corrupto al que ni la FIFA defiende.

4. Presenciar, maquiavélicamente, como se prolonga a partir de ahora una especie de esquivelismo sin Esquivel, sin que durante todos estos años haya podido formarse una plataforma de oposición verdaderamente seria y coherente en el tiempo.

Cualquier cosa que me disponga a hacer yo hoy, con mi cara mofletuda de Esquivel (yo también voy para allá, lo sé), todo parece sospechoso de una segunda o tercera intención oculta. No sé si podría salir a la calle solo con la bata de baño del hotel de cinco estrellas, con todas las imperfecciones e inmadureces del ser humano que soy hoy y poco más. Y no sé si esa es la manera en que quiero que la gente me recuerde. Prefiero que mis cenizas salgan volando y que ni siquiera me recuerden.

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