Pocos autores consiguieron reflejar las contradicciones de los regímenes opresivos a través de historias protagonizadas por ciudadanos de a pie como Milan Kundera. En «La broma», calificada como una de las grandes obras de Europa, un simple chiste se convierte en la condena de Ludvik Jahn, un militante del partido comunista checoeslovaco.
Movido por los celos, Ludvik envía una postal en la que se burla del optimismo ideológico que domina todas las esferas del país, incluido el reciente interés de su destinataria por la política. A partir de allí, y debido a una serie de equívocos, el protagonista de la novela termina execrado del partido y aislado en un campo de trabajo forzado.
Presentada en Estados Unidos por el mismo Philip Roth y llamada «La biblia de la contrarrevolución», «La broma», que fue publicada en 1967, refleja de manera aterradora las consecuencias de un mundo sin sentido del humor, en el que una cúpula decide si un simple chiste es un peligro para la sociedad.
Lento, pero progresivo, en Venezuela los programas de humor fueron desapareciendo después de 1998, a pesar de que Hugo Chávez Frías apelaba siempre al chiste fácil («María Isabel, te voy a dar lo tuyo») y confesaba su admiración por Joselo. De hecho, si se revisan muchas de las alocuciones del expresidente, pueden comprobarse los gags copiados del humorista.
Las imágenes de Chávez, pito en boca, anunciando la expulsión de trabajadores de Petróleos de Venezuela bien podrían haber sido parte de un «The Oficce» endógeno (y habría encajado en la historia de Kundera), una broma barata si no fueran el preámbulo del destrozo de una de las industrias más productivas del país y cuyas consecuencias son palpables hoy con la detención o exilio de al menos cinco presidente de PDVSA y el despilfarro de miles de millones de dólares.
Es cierto que la censura ya pululaba antes de que Radio Rochela y RCTV se despidieran. Las imitaciones de Chávez en la pantalla chica se esfumaron, cortándose así una tradición en la televisión venezolana con la que el espectador hacía catarsis ante los innumerables y reiterativos problemas que se repetían gobierno tras gobierno.
A diferencia de los presidentes de la llamada cuarta república, que incluso llegaron a aparecer en estos programas humorísticos y que dejaron encuentros para la historia como el de Cayito Aponte y Carlos Andrés Pérez, el chavismo fue creando leyes y ejecutando sanciones que minaron cualquier critica humorística, con el beneplácito de ciertos intelectuales resentidos que se refugiaban en el machismo y los clichés de los guionistas para aprobar un macartismo de izquierda reinante.
Hubo cierto «pataleo» rochelístico cuando actores afectos al gobierno, que surgieron gracias a los programas de RCTV y Venevision, como Nelson Paredes y Nené Quintana intentaron recrear el modelo en Venezolana de Televisión. Desangelados por la ideología reinante, estos shows no tuvieron mayor trascendencia. Sin embargo, sí que funcionaron para exponer a cualquier opositor o rival del chavismo.
El humor, pues, fue execrado de la televisión venezolana en su formato tradicional. No obstante, el cinismo, la ironía y el desprecio, disfrazados de broma sí continuaron en VTV, desde «Zurda Konducta» hasta «La Hojilla», impulsados por el carisma de los anfitriones. En este último, era aún más evidente la copia a los movimientos de cámara que hacía Joselo.
En la prensa pasaba algo muy parecido. De «El Camaleón», el fantástico suplemento de El Nacional creado por Graterolcacho y Lumute, a la viñeta, el humor gráfico cedió ante la seriedad de Miraflores. Sin embargo, «El Chigüire Bipolar» apareció como relevo para las nuevas audiencias que no vivieron los picos estelares de los medios tradicionales.
Al Chigüire se le fueron uniendo una camada de jóvenes actores, podcasters y standuperos, muchos de ellos nacidos y criados durante el chavismo. Todos ellos encontraron la manera de sortear la censura, jugándosela a diario. No los voy a nombrar para no cargarlos con más responsabilidades de las que ya llevan encima, pero quiero creer que quienes están leyendo estas líneas sabrán identificarlos.
Hoy, cuando la noticia de la cancelación de los conciertos de Rawayana y el boicot a la actividad seria y constructora de Cusica, parecen haber sumido a una buena parte del país en una nueva ola pesimista, es importante recordar que la resistencia a la uniformidad de pensamiento sigue allí y es mayoría. Tal vez no la veamos en la televisión o en los periódicos comprados por el Estado, pero sigue allí, en las redes sociales, en los shows que se hacen en Mérida, Maracaibo, Lechería y Caracas. Y también, como diría Rawy, fuera del país porque «somos internacional».
Escribe Kundera en «La broma»: «No tenía entonces muchas tristezas interiores, por el contrario, tenía un considerable sentido del humor, y sin embargo no se puede decir que ante el rostro alegre de la época tuviera un éxito indiscutible, porque mis chistes eran excesivamente poco serios, en tanto que la alegría de aquella época no era amante de la picardía y la ironía, era una alegría, como ya he dicho, seria, que se daba a sí misma el orgulloso título de ‘optimismo histórico de la clase triunfante’, una alegría ascética y solemne, sencillamente la Alegría».
Gracias a «Veneka» -56 años después de publicada la ficción- comprendamos exactamente la diferencia entre la alegría despreocupada y la «solemne» de la que habla Kundera. Hoy, en Venezuela, es la segunda la que define si un grupo de muchachos puede volver al país para que sus coterráneos, la mayoría sin pasaporte o sin ahorros para viajar, puedan disfrutar en vivo de una canción que nació solo para hacernos reír y bailar.