En un país donde cunde la sospecha y florece el temor, se ha hecho habitual no responder números telefónicos no registrados. La llamada vía WhatsApp de un número desconocido me iba a llevar a lo que es una respuesta automática, rechazar la llamada. Me quedé viendo el avatar de aquella persona que llamaba. Era el sagrado corazón de Jesús. Decidí responder.
“Me dicen que usted ayuda a denunciar los casos de personas detenidas y desaparecidas”, me dijo a modo de saludo la voz. Era una voz femenina serena, pero que iba a lo suyo: “Necesitamos que usted nos ayude, no sabemos nada de mi hermana”. Su hermana es Diliángela Guédez, quien cumplió sus 47 años, este 22 de agosto, en situación de detención-desaparición.
Sobre Diliangela Guedez se cebó el aparato represivo. Antes de lograr su detención, en dos ocasiones los uniformados se llevaron a sus otras dos hermanas para presionarla, aunque fueron liberadas horas después. Enconchada estuvo, con ayuda de otros ciudadanos, en una urbanización de Cabudare, en el municipio Palavecino de Lara, pero el poder hasta envió una cuadrilla de Corpoelec para dejarla sin electricidad y obligarla a salir.
Diliángela Guédez fue finalmente detenida el 25 de julio, se hospedaba junto con otra mujer que le acompañaba por solidaridad en un hotel, tratando de despistar a los efectivos que iban tras ella. A esa otra persona luego la liberaron. Buscaban era a Diliángela Guédez.
Antes de que concluya julio logró comunicarse con el esposo de la hermana que me cuenta esta tragedia de dolor e impotencia que los envuelve como familia. Diliángela confirmó que estaba detenida en la sede de la DGCIM en la urbanización El Parral de Barquisimeto. Y ya nada más supieron.
Ni le han informado dónde está y obviamente ellos no han podido verle desde el 25 de julio. La preocupación ya no es solamente porque tenga un abogado y derecho a defenderse, que no los tiene, sino cosas más básicas de las que justamente una hermana está pendiente. Diliángela Guédez sufre de hipertensión y necesita estar medicada y con anterioridad se le practicó un cateterismo. Debe estar bajo supervisión médica.
“No sabemos si come o qué está comiendo, ella debe cuidarse de la sal”, precisa la hermana en la llamada.
Madre de dos hijos, el mayor de apenas 25 años está en EEUU, hay otro hijo menor que tras un accidente presenta una condición que requiere atención y cuidados. Están las hermanas, dos de ellas detenidas y la otra que ahora llama a personas en busca de ayuda.
Le pregunto a su hermana porqué se llevaron a Diliángela Guédez. Y me cuenta que en su comunidad siempre fue una promotora del voto, generalmente actuaba como testigo de mesa.
En las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024 se le impidió acreditarse para estar dentro del centro electoral, pero con su convicción de que las elecciones eran la mejor manera de salir del atolladero que vive Venezuela, estuvo actuando el año pasado como coordinadora electoral y movilizadora comunitaria. Esto evidencia el trasfondo político de su persecución, sostiene el Comité por la Libertad de los Presos Políticos en Venezuela.
No es Diliángela Guédez una figura pública, ni militante política destacada. Ha sido y es una ciudadana que sencillamente creyó en el voto y que actuó en consecuencia, en el marco de lo que dice la Constitución vigente.
“Ayúdeme para al menos saber dónde está”, me suplica la hermana. Cuando le digo que yo apenas escribo, pero no soy ni abogado ni represento a ninguna organización de derechos humanos, ella insiste, quiere que se hable de su hermana, que no se le olvide. Y, entonces, aquí estoy, interpelado por esa llamada, quiero saber: ¿dónde está Diliángela Guédez?.