Opinión

¿Y si no pasa nada?

Se tejen diversas proyecciones y escenarios, abundan las miradas favorables a que de una u otra manera ocurrirá un cambio en Venezuela. Sin embargo, cabe pasearse por la posibilidad, tan válida como las otras, ¿y qué pasa si nada pasa?

Publicidad

Estados Unidos ha desplegado una fuerza naval y militar inusual en el sur del Mar Caribe. Pero al cumplirse ya casi dos meses del inicio de la misma, y ante la ambigüedad que sigue caracterizando a la Casa Blanca sobre qué es lo que viene a continuación sobre Venezuela, resulta necesario poner sobre la mesa un escenario que puede ser impopular entre muchos venezolanos: ¿y si después de todo nada cambia?

No se trata de ser pesimista u optimista. El chavismo siempre ha demostrado capacidad de reinventarse y de adaptarse. Sobrevivió a la ola de sanciones iniciadas por Donald Trump en su primer gobierno y trasladó a la población el costo de estas restricciones. La elección de la Asamblea Nacional Constituyente de 2014 fue ampliamente rechazada por la comunidad democrática de Occidente. La propia reelección de Maduro en 2018 no fue reconocida como legítima por unos 60 países, que meses después siguiendo la estrategia de entonces de la Casa Blanca, pasaron a dar la condición de “presidente interino” a Juan Guaidó.

Ha sido un proceso de años que amalgamó a quienes ocupan el poder en Venezuela. No es un secreto que existen diferencias entre importantes figuras de la cúpula política y militar, pero siguen juntos y remando en la misma embarcación.

Después de dos meses de presión de EEUU, ciertamente no han ocurrido ni deserciones masivas dentro de las fuerzas armadas -donde puede que existan descontentos de distinto tipo-, no se han producido fugas del país de figuras relevantes del gobierno; y lo más importante para el proyecto de supervivencia de Maduro en el poder, no ha ocurrido al día de hoy una fisura entre quienes componen el alto mando cívico-militar.

Todos los elementos mencionados deben ser relevantes, especialmente en la medida que ha pasado el tiempo y que Estados Unidos no tiene ya para sí el factor sorpresa.

El paso del tiempo se puede interpretar dentro del chavismo como una etapa dubitativa de la administración Trump sobre qué hacer. EEUU tiene ciertamente el mayor poderío militar del mundo hoy, pero también el presidente de origen empresario se ha caracterizado por evitar meter a su país en situaciones militares que puedan ser engorrosas, prolongadas o que le impliquen despliegue en el terreno de uniformados estadounidenses.

Dos medios internacionales han puesto en días recientes las cartas sobre la mesa, de lo que teóricamente está ocurriendo tras bambalinas.

Fuentes cercanas a la Casa Blanca revelaron, según The New York Times, que Maduro le propuso a EEUU destinar la vasta riqueza petrolera y mineral de Venezuela a empresas estadounidenses, redirigir exportaciones que ahora van en su mayoría a China, y desmantelar alianzas con rivales geopolíticos de Washington (Beijing, Teherán y Moscú), todo a cambio de un respiro en las sanciones y la amenaza militar.

La respuesta de Trump, según este periódico, fue un rotundo no, porque la condición puesta por Miraflores era la permanencia de Maduro y su séquito en el poder.

En el otro extremo, cualquier insinuación de una transición que lo desaloje del cargo es descartada de plano, como apunta El País, con fuentes dentro del Palacio de Miraflores, lo cual nos deja ante un chavismo que prioriza la perpetuación en el poder por encima de todo, cosa que no debería sorprender ya que fue la tesis que se impuso tras las elecciones presidenciales del año pasado.

Así las cosas, en una suerte de punto ciego y sin tener certeza de qué pasos se preparan en Washington, un escenario a tener en cuenta es que Maduro se quede donde está.

Finalmente, el premio Nobel a María Corina Machado anunciado el viernes pasado podría tener un impacto, especialmente fuera de Venezuela, pero aún es temprano para saber si producirá implicaciones políticas reales, más allá de darle protección y respaldar moralmente la lucha democrática que le tiene a ella como principal referente.

La concesión de un Nobel de la Paz, por más relevante que sea, no es una garantía de nada. Es larga la historia de merecedores de este galardón que siguieron con libertades restringidas y en la acera de la oposición a regímenes antidemocráticos. Pero es verdad que el otorgamiento de este premio, justamente en la actual coyuntura de tensión con Washington, envía un mensaje de respaldo a quienes apuestan por el cambio.

Publicidad
Publicidad